Finalmente, lo tuvieron de frente, cara a cara, pero poco y nada pudieron aprovechar de semejante presencia. El arco productivo de Tucumán logró sentarse en la última semana nada menos que ante el ministro de Agricultura de la Nación, Julián Domínguez, quien encima jugó de visitante en nuestra provincia. Pero no la pasó mal aquí; en función de la forma en que eludió cualquier crítica, consulta u objeción que se le planteara en torno de la política agropecuaria nacional, si de fútbol se tratara, se diría posiblemente que el funcionario kirchnerista se llevó de Tucumán un valioso empate.

El compromiso de traer a Domínguez a la provincia había sido asumido semanas atrás por el gobernador, José Alperovich, quien parece definitivamente encarrilado a limar asperezas con un sector que le trajo a él -y al Gobierno nacional- varios y diversos dolores de cabeza (las elecciones de 2011 están más cercanas de lo que parecen). La idea del mandatario -y de los productores- era sacarle un "quiero" a Domínguez en el remanido planteo por la compensación a los fletes, para que un agricultor de nuestra región no pague más que sus pares del centro del país cuando envíe su producción de granos a los puertos. La reunión era a agenda abierta, de manera que se podían plantear todos los temas y todas las quejas. Y Domínguez escuchó los problemas y percibió el malestar de la gente que trabaja el campo tucumano. Pero también demostró que es un especialista en salir del paso ante disquisiciones que en mayor o en menor medida se repiten en cada reunión que mantiene con el ruralismo de cualquier zona del país. Tuvo respuestas -extensas y redundantes- para cualquier observación que se le formulara, y dejó en claro que no hay problemas para la exportación de maíz y de trigo, y que las dificultades que se venían denunciando para la confección de las cartas de porte ya fueron resueltas. De paso, aprovechó para confirmar que no está en los planes del Gobierno la modificación del actual esquema de retenciones a las exportaciones -en especial, de soja- y que mientras no esté debidamente incluido en el Presupuesto nacional, no habrá apoyo federal para abaratar los fletes, aunque la realidad de hoy afecte a centenares de productores de las regiones más alejadas del país. En definitiva, la visita de Domínguez dejó un verdadero "sabor a nada" (al decir del cantautor Palito Ortega), y que muy bien reflejara el productor de la Federación Agraria Rafael Sánchez, al evaluar los resultados de esta importante presencia en la provincia.

La prensa tucumana aprovechó para preguntarle a Domínguez sobre el controvertido tema de la posible suspensión de las importaciones de ciertos alimentos a la Argentina, y el funcionario volvió a insistir con una definición que ya había manifestado pocos días antes de su llegada a Tucumán: dijo que la Argentina no tiene pensado en frenar importaciones, porque el país se rige bajo las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esta expresión volvió a chocar con el mensaje que recibieron los supermercadistas de Buenos Aires, referido a que vayan preparándose para interrumpir las compras de alimentos importados, medida que provocó duras reacciones en contra de los países del Mercosur. Aparentemente, la cuestionada iniciativa surgió del no menos polémico secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quien, según el ministro de Agricultura, es sólo un miembro más de un equipo que comanda la presidenta Cristina Kirchner. Justamente, la mandataria le tiró algunas flores al campo el viernes, cuando admitió que sin este sector no se habrían logrado ni los superávits fiscales ni la acumulación de reservas en poder del Banco Central. Lo dijo al encabezar el lanzamiento del Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial Participativo y Federal 2010-2016, iniciativa que fue calificada por el verborrágico presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biolcati, como "una cáscara vacía".

Como sea, la sensación permanente de los ruralistas es que pasa de todo, se anuncia mucho, se prometen cosas específicas, pero nunca pasa nada, y el malestar en el campo parece convertirse en una sensación crónica.