Hay una deliciosa escena en el filme "Shakespeare enamorado", que da una idea cabal de la esencia íntima de los actores: un veterano integrante de la compañía que ensaya "Romeo y Julieta" en "La Rosa", el teatro en el que se estrenaban las piezas del Bardo de Avon, está bebiendo junto a sus compañeros en una taberna. Su papel es el de la nodriza de la heroína; ya se sabe que en la época isabelina no había actrices, y los roles femeninos estaban a cargo de actores. Cuando le cuenta el argumento de la pieza a una mujer a la que pretende seducir, dice: "se trata de una nodriza que...", dándole a su papel un protagonismo que el autor nunca soñó.

Resulta maravilloso ver cómo los actores filtramos la obra que estamos leyendo o ensayando a través del personaje que nos toca interpretar (o que nos gustaría hacer); no importa el calibre del rol, para nosotros es lo más importante de la pieza. Si es el protagonista, reclamamos que la puesta gire alrededor de nosotros; si es uno de los papeles "de reparto", sentimos que son centrales las escenas en las que interviene nuestro personaje; si es un rol menor, nos dedicamos a inventar todas las circunstancias que el autor no describe, pero que imaginamos como justificativo para nuestra presencia dentro de la escena. He tenido compañeros de elenco que fabricaban verdaderas novelas alrededor de personajes mínimos, y que eran capaces de justificar a través de complicadísimas tramas paralelas una simple aparición casi en el fondo del escenario.

Quien considere que esto es una muestra de egolatría, debería examinar la alternativa opuesta; los actores necesitamos de todos los apoyos y reaseguros posibles porque, de otro modo, no nos animaríamos a subir a un escenario o enfrentar una cámara para despojarnos de nosotros mismos y fingirnos otros ante la mirada del público. "Hemos dado nuestra identidad en prenda para que alguien nos mire". Lo dice Tom Stoppard por boca del personaje del Primer Actor en la excelente "Rosencrantz y Guildenstern han muerto".

Y, claro, hace falta una buena dosis de vanidad para convencerse de que uno será capaz de inducir a cientos (ojalá, miles) de espectadores a pensar que la ficción que proponemos debe ser tomada como cierta, por lo menos por el tiempo que dure la pieza o la película.

Se atribuye al gran Marlon Brando la siguiente definición: "un actor es un tipo que, si no estás hablando de él, no escucha". Así somos.