Novela
DESPUÉS DEL ANOCHECER
STEPHEN KING
(Sudamericana - Buenos Aires)
Para andar y desandar la nueva antología de Sthepen King (Después del anochecer) resulta inestimable la colaboración de las palabras que el propio autor formula en los anexos de introducción y de epílogo. Dice King que en la vida hay muchas cosas que jamás se olvidan, como por ejemplo andar en bicicleta, pero escribir relatos es otra cosa: "uno puede olvidar cómo lo hace".
De allí que aun cuando ya había escrito más de 40 novelas y un par de cientos de relatos, llegó a pensar, a imaginar, o en todo caso a temer (si se permite la terrorífica clave que con tanta baquía maneja nuestra personaje) que su habilidad de narrador se hubiera disipado por siempre jamás.
Pero resulta que invitado a editar una serie de relatos cortos descubrió, para su regocijo, que la llama seguía intacta, que tenía algunas historias que contar y que sólo se trataba de lo de siempre: ir detrás de una imagen por irrelevante que pareciera, de una anécdota, de un sueño, en fin, de la zanahoria que adviniera, y avanzar como quien sin preámbulos despeja la maleza. Así, sentado frente a su moderna Macintosh -y no ya frente a la pequeña Olivetti portátil que años ha le prestaba su esposa, la también escritora Tabitha King- fueron tomando forma, creciendo, consumándose, uno a uno (a excepción de El gato infernal, que data de 1977 y fue llevado al cine en 1990) los textos de que consta Después del anochecer. Y confiesa el Rey del Terror que le encantó escribirlos, que es un hombre feliz cuando las palabras se juntan, cuando la gente ficticia, así la llama, hace cosas que lo sorprenden.
Es que si de algo toma distancia King es del célebre tópico de que entre el escritor y su obra se libran batallas cruentas, fatigosas y fatigantes horas de hastío, de imposibilidad, de desencanto. Si el acto de escribir es el acto del puro sufrimiento, pues no cuenten con él. King es capaz de entretener porque antes que nadie disfruta y se entretiene él. ¿Cómo? Pues trasladándole sus propios miedos al que da en llamar Lector Constante. Y, desde luego, operando con maestria en las diferentes capas de la realidad, que, como concluye en las Notas al anochecer, "es delgada (la realidad) pero no siempre es oscura".
Hasta el menos avisado del autor de la celebérrima Carrie estará persuadido de que hablamos de un pertinente amanuense de tifones en el vaso con agua. Nadie como Stephen King para dar cuenta de la calma que precede a las tormentas o, para que sea dicho en estricta clave King, nadie como él para convertir una realidad descafeinada en una travesía verdaderamente escalofriante.
Solidez poco reconocida
Mejor mirada la cuestión, es probable que nos encontremos con que Después del anochecer no constará entre sus producciones más impactantes. Hay más de un relato en los que el desenlace si no se presagia al menos se intuye. Son relatos en los que el suspenso sufre una especie de agotamiento prematuro. Pero eso no quiere decir, ni de lejos, que King decepcione en términos de criaturas concebidas con ajustado cincel, o en fluidez, o en prosa cuidada. Por el contrario: más bien diríase que se trata de una versión corregida y aumentada de lo que ya conoce el gran publico, su gran público. De modo que todo miembro del club de admiradores de King (que los hay) está en posición favorable para disfrutar los flamantes textos de su maestro (que así lo consideran unos cuantos miles de seguidores) y los eventuales iniciados se encontrarán con un escritor de una solidez escasamente reconocida, o incluso negada, por no pocas parroquias. Típico autor, King, desdeñado por el género que le atañe y por sus copiosos éxitos editoriales. Se le aplica un silogismo tan añejo como la literatura: venta mayor equivale a escritor menor. Tal vez ha llegado la hora de volver a examinar en detalle la obra de King y la vara de sus fiscales. El Rey del Terror, siempre fiel a sí mismo, lo merece, y con creces.
© LA GACETA
Walter Vargas
DESPUÉS DEL ANOCHECER
STEPHEN KING
(Sudamericana - Buenos Aires)
Para andar y desandar la nueva antología de Sthepen King (Después del anochecer) resulta inestimable la colaboración de las palabras que el propio autor formula en los anexos de introducción y de epílogo. Dice King que en la vida hay muchas cosas que jamás se olvidan, como por ejemplo andar en bicicleta, pero escribir relatos es otra cosa: "uno puede olvidar cómo lo hace".
De allí que aun cuando ya había escrito más de 40 novelas y un par de cientos de relatos, llegó a pensar, a imaginar, o en todo caso a temer (si se permite la terrorífica clave que con tanta baquía maneja nuestra personaje) que su habilidad de narrador se hubiera disipado por siempre jamás.
Pero resulta que invitado a editar una serie de relatos cortos descubrió, para su regocijo, que la llama seguía intacta, que tenía algunas historias que contar y que sólo se trataba de lo de siempre: ir detrás de una imagen por irrelevante que pareciera, de una anécdota, de un sueño, en fin, de la zanahoria que adviniera, y avanzar como quien sin preámbulos despeja la maleza. Así, sentado frente a su moderna Macintosh -y no ya frente a la pequeña Olivetti portátil que años ha le prestaba su esposa, la también escritora Tabitha King- fueron tomando forma, creciendo, consumándose, uno a uno (a excepción de El gato infernal, que data de 1977 y fue llevado al cine en 1990) los textos de que consta Después del anochecer. Y confiesa el Rey del Terror que le encantó escribirlos, que es un hombre feliz cuando las palabras se juntan, cuando la gente ficticia, así la llama, hace cosas que lo sorprenden.
Es que si de algo toma distancia King es del célebre tópico de que entre el escritor y su obra se libran batallas cruentas, fatigosas y fatigantes horas de hastío, de imposibilidad, de desencanto. Si el acto de escribir es el acto del puro sufrimiento, pues no cuenten con él. King es capaz de entretener porque antes que nadie disfruta y se entretiene él. ¿Cómo? Pues trasladándole sus propios miedos al que da en llamar Lector Constante. Y, desde luego, operando con maestria en las diferentes capas de la realidad, que, como concluye en las Notas al anochecer, "es delgada (la realidad) pero no siempre es oscura".
Hasta el menos avisado del autor de la celebérrima Carrie estará persuadido de que hablamos de un pertinente amanuense de tifones en el vaso con agua. Nadie como Stephen King para dar cuenta de la calma que precede a las tormentas o, para que sea dicho en estricta clave King, nadie como él para convertir una realidad descafeinada en una travesía verdaderamente escalofriante.
Solidez poco reconocida
Mejor mirada la cuestión, es probable que nos encontremos con que Después del anochecer no constará entre sus producciones más impactantes. Hay más de un relato en los que el desenlace si no se presagia al menos se intuye. Son relatos en los que el suspenso sufre una especie de agotamiento prematuro. Pero eso no quiere decir, ni de lejos, que King decepcione en términos de criaturas concebidas con ajustado cincel, o en fluidez, o en prosa cuidada. Por el contrario: más bien diríase que se trata de una versión corregida y aumentada de lo que ya conoce el gran publico, su gran público. De modo que todo miembro del club de admiradores de King (que los hay) está en posición favorable para disfrutar los flamantes textos de su maestro (que así lo consideran unos cuantos miles de seguidores) y los eventuales iniciados se encontrarán con un escritor de una solidez escasamente reconocida, o incluso negada, por no pocas parroquias. Típico autor, King, desdeñado por el género que le atañe y por sus copiosos éxitos editoriales. Se le aplica un silogismo tan añejo como la literatura: venta mayor equivale a escritor menor. Tal vez ha llegado la hora de volver a examinar en detalle la obra de King y la vara de sus fiscales. El Rey del Terror, siempre fiel a sí mismo, lo merece, y con creces.
© LA GACETA
Walter Vargas