Este domingo tiene una significación muy especial para los argentinos. Mientras Jesús nos invita, mediante la parábola de las diez vírgenes, a mantener encendidas nuestras lámparas y estar preparados para recibir al esposo, nuestro país se dispone a recibir al papa León XIV. Hay una coincidencia providencial entre el Evangelio y este acontecimiento: Jesús nos habla de la importancia de estar preparados para recibir a quien viene, y la Argentina se prepara para recibir al sucesor de Pedro.
Pero ¿qué significa verdaderamente prepararnos? La parábola nos presenta diez mujeres que esperan la llegada del esposo. Todas tiene lámparas, todas esperan, todas desean participar de la fiesta. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: cinco son prudentes porque llevan aceite suficiente; las otras cinco se conforman con tener las lámparas, pero no se preocupan por mantenerlas encendidas. ¡Qué imagen tan actual para nuestra Iglesia y para nuestra Argentina! Podemos tener templos, celebraciones, estructuras pastorales, acontecimientos multitudinarios y manifestaciones religiosas. Pero la pregunta fundamental es otra: ¿tenemos aceite? ¿Está encendida nuestra fe? ¿Conservamos la esperanza? ¿Tenemos suficiente amor para iluminar las oscuridades de nuestro tiempo?
La llegada del Papa no puede reducirse a un acontecimiento histórico, una celebración multitudinaria o una fotografía para el recuerdo. Tiene que convertirse en una oportunidad de renovación espiritual, de conversión personal y de reencuentro como pueblo.
1. Necesitamos volver a encender la lámpara de la fe
La Argentina tiene profundas raíces cristianas. Nuestra historia, nuestra cultura y nuestra identidad están atravesadas por el Evangelio. Sin embargo, no podemos vivir solamente de las reservas espirituales de nuestros antepasados. La fe no se hereda como una propiedad: se recibe, se cultiva y se transmite. El desafío de nuestro tiempo es volver a descubrir la alegría de creer, la belleza de encontrarnos con Jesucristo y la responsabilidad de vivir una fe que transforme nuestra existencia. El Papa viene a recordarnos que la Iglesia no está llamada simplemente a conservar lo que ha recibido, sino a anunciarlo con renovada creatividad y valentía. Necesitamos una Iglesia con las lámparas encendidas: menos preocupada por conservar posiciones y más comprometida con iluminar la vida de las personas; menos encerrada en sus propias preocupaciones y más cercana a quienes sufren, buscan y esperan.
2. Necesitamos recuperar el aceite de la fraternidad
La parábola nos deja una enseñanza muy profunda: hay cosas que nadie puede hacer por nosotros. El aceite de nuestra lámpara es una responsabilidad personal. Nadie puede reemplazarnos en el amor, en la conversión, en la reconciliación y en el compromiso con los demás. La Argentina necesita recuperar ese aceite. Venimos atravesando años de desencuentros, confrontaciones, desconfianzas y heridas sociales. Nos cuesta escucharnos, reconocernos y caminar juntos. Muchas veces hemos convertido las diferencias en enfrentamientos y las legítimas discrepancias en motivos de división. La llegada del Papa debería ayudarnos a comprender que no podemos construir una nación enfrentándonos permanentemente unos con otros. La unidad no significa pensar todos igual, sino reconocer que tenemos una responsabilidad común por el destino de nuestra patria. Necesitamos empresarios con sensibilidad social, dirigentes con sentido de servicio, educadores que formen personas y familias que vuelvan a ser escuelas de amor y solidaridad. Necesitamos recuperar la convicción de que el otro no es una amenaza, sino alguien con quien estamos llamados a construir el bien común.
3. El Papa viene a despertar nuestra esperanza
Hay una frase de la parábola que merece nuestra atención: «¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!». Es el grito que despierta a quienes esperan. También nosotros necesitamos escuchar un grito que nos despierte de la resignación, del cansancio y de la indiferencia. El Papa León XIV llega a una Argentina que tiene muchas preguntas, dificultades y expectativas. Una Argentina que necesita recuperar horizontes, cuidar la dignidad de cada persona y volver a creer en la posibilidad de un futuro compartido. No viene a resolver mágicamente nuestros problemas. Tampoco viene a sustituir nuestras responsabilidades. Viene como pastor universal, como sucesor de Pedro, para confirmarnos en la fe, alentarnos en la esperanza y recordarnos que el Evangelio tiene una palabra para las circunstancias concretas de nuestra vida. Su presencia debe ayudarnos a mirar más allá de nuestras urgencias y recuperar las grandes preguntas: ¿qué país estamos construyendo?, ¿qué sociedad estamos dejando a nuestros hijos?, ¿qué lugar ocupan los pobres?, ¿qué valor le damos a la vida humana?, ¿qué futuro estamos preparando para las nuevas generaciones? La esperanza cristiana no consiste en esperar que otros hagan lo que nosotros debemos hacer. Consiste en descubrir que Dios sigue trabajando en la historia y nos convoca a ser protagonistas de su obra.
4. Que no encuentre lámparas apagadas
Hay algo particularmente importante en el Evangelio: las vírgenes prudentes no solamente tenían lámparas; tenían reservas de aceite. Esto nos invita a pensar en la profundidad de nuestra vida cristiana. No alcanza con entusiasmarse durante unos días. No alcanza con participar de una misa multitudinaria, emocionarse al ver al Papa o escuchar un mensaje que nos conmueva. La verdadera preparación se mide por lo que sucede después. ¿Seremos mejores cristianos después de su visita? ¿Seremos más hermanos? ¿Estaremos más cerca de los pobres? ¿Trabajaremos más por la unidad? ¿Tendremos más pasión por anunciar a Jesucristo? La visita del Papa debería dejar en nosotros una reserva nueva de aceite espiritual para seguir iluminando la historia. Que encuentre una Iglesia viva, con capacidad de escuchar, de dialogar, de salir al encuentro y de anunciar. Que encuentre sacerdotes con renovado entusiasmo evangelizador, jóvenes capaces de soñar, familias que defiendan la vida y empresarios y dirigentes que comprendan que toda responsabilidad social es también una vocación de servicio. Que encuentre una Argentina que no haya perdido su capacidad de esperar.
5. Una visita que debe convertirse en misión
El lema de la visita, «Bienvenidos todos. Vayan y anuncien», contiene una invitación que va mucho más allá de los días de su presencia entre nosotros. El Papa llega, pero también nos envía. Porque la Iglesia no existe para organizar acontecimientos, sino para anunciar a Jesucristo y transformar la vida de las personas y de la sociedad desde el Evangelio. Quizás la mejor manera de recibir a León XIV sea preguntarnos qué estamos dispuestos a cambiar después de escucharlo. Que su visita no sea solamente un acontecimiento para recordar, sino una gracia para comenzar algo nuevo. Que no nos quedemos contemplando las lámparas de quienes nos visitan, sino que volvamos a encender las nuestras. La Argentina necesita aceite nuevo para sus lámparas: aceite de fe para superar la indiferencia, de esperanza para vencer la resignación, de fraternidad para superar las divisiones y de caridad para no olvidarnos de quienes más sufren.
Este domingo, cuando llegue el Papa, recibiremos al sucesor de Pedro. Pero, sobre todo, tendremos una oportunidad para volver a encontrarnos con Cristo, que sigue saliendo a nuestro encuentro y nos invita a mantener encendida la lámpara de nuestra vida. Porque lo verdaderamente importante no es solamente que el Papa llegue a la Argentina. Lo verdaderamente importante es que, con su llegada, la Argentina vuelva a ponerse en camino hacia Dios y hacia sus hermanos.