Por Gustavo Martinelli para LA GACETA

Hay cosas que no hacen ruido y, sin embargo, pueden cambiar una vida: un olor de infancia, una música bajo una bóveda, el humo de una resina o el recuerdo de alguien que ya no está. Tal vez por eso existe el arte: para darle cuerpo a lo invisible.

Filippo Sorcinelli lleva más de tres décadas persiguiendo esas presencias que no pueden ser vistas. Organista y compositor de música sacra, creador de las vestiduras litúrgicas que lucieron los papas Benedicto XVI, Francisco I y León XIV, fotógrafo, artista visual y creador de una perfumería radical, ha hecho de su vida un territorio donde las disciplinas no se contradicen, sino que dialogan.

Su historia con los aromas comenzó con un gesto casi secreto: perfumaba las cajas de las vestiduras sagradas que enviaba al Vaticano y a otras catedrales, entre ellas la del Santo Sepulcro. Hasta que, en 2013, aquel hábito secreto se convirtió en una casa de perfumería disruptiva: un universo de incienso y deseo, de música y memoria, de muerte y belleza.

Profundamente católico, Sorcinelli habla en sus obras tanto de la Pasión de Cristo como de un órgano de Notre-Dame, de la magia de Caravaggio o del vínculo inquietante entre Hannibal Lecter y Clarice Starling. En “Haec Dies”, por ejemplo, recrea la resurrección de Cristo con notas de jazmín, aloe vera, mirra, almizcle y sándalo. En “Vlad”, en cambio, se interna en el mito de Drácula para explorar el miedo como arte bajo el concepto de “contratema”, donde chocan notas de sangre, rosa, incienso, pachuli y ajenjo. Así, en Sorcinelli, lo sagrado y lo profano forman parte de una pregunta esencial: ¿cómo dar forma a aquello que no vemos?

Desde su atelier en Santarcángelo (Romaña), el artista italiano habló en exclusiva para LA GACETA Literaria sobre el perfume, la belleza, la espiritualidad y la libertad creativa con la misma profundidad con la que concibe cada una de sus obras. Más que responder preguntas, Sorcinelli abrió las puertas de un universo donde la música, la fotografía, la liturgia y el perfume se convierten en distintas maneras de nombrar aquello que no puede verse.

-En su obra habla de espiritualidad, arquitectura, música y silencio. ¿Cuándo comprendió que podía decir aquello que las palabras no consiguen?

-Esa conciencia nació de una lenta estratificación interior, casi litúrgica. Desde niño viví rodeado de lenguajes sin palabras: los tejidos en el taller de mi familia, el órgano y el aroma ancestral de resinas y maderas sagradas de los altares. La palabra define y clasifica, pero el olfato es preverbal: precede al pensamiento. Por eso creo que el perfume puede dar forma a lo invisible y voz al silencio. Ya no es un accesorio ligado al lujo o a la seducción, sino una prolongación del espíritu, una arquitectura aérea. Como sucede con un acorde musical o la bóveda de una catedral, una fragancia también eleva la mirada hacia el Misterio.

-¿Cree que la belleza necesita convivir con cierta oscuridad para ser auténtica?

-Sí. Una belleza sin sombra corre el riesgo de convertirse en esteticismo estéril. La autenticidad del arte reside precisamente en la tensión entre luz y oscuridad. En mi experiencia —ya sea en la pintura, la música, la perfumería o la sastrería— la luz solo adquiere verdadero sentido y profundidad cuando rasga una oscuridad preexistente. En una catedral gótica o una partitura barroca, la luz existe porque la oscuridad la recibe. En el perfume ocurre lo mismo: cítricos y flores necesitan las raíces de maderas, resinas e incienso para encontrar gravedad. La oscuridad representa nuestro laberinto interior: dolor, fragilidad, nostalgia. Aceptar esa dimensión significa proponer una visión real y honesta de la existencia humana. La verdadera belleza está herida. Por eso creo que la autenticidad nace cuando habitamos nuestras sombras y permitimos que dialoguen con la belleza.

-A la hora de concebir la perfumería, ¿qué le enseñó la liturgia?

-Me enseñó que cada elemento participa de una narración superior. En la liturgia, cera, oro, madera e incienso se convierten en vehículos del espíritu. De esa escuela aprendí dos lecciones esenciales: la sacralidad del tiempo y el ritual. Un perfume, al igual que una acción litúrgica, necesita tiempo para revelarse y desaparecer. Por eso, para mí, crear una fragancia significa oficiar un pequeño rito. Hay una solemnidad casi sacerdotal en pesar materias primas, componer acordes y esperar el milagro invisible de la maceración.

-¿Cree que la memoria olfativa es la forma más profunda y duradera del recuerdo?

-Lo creo y lo ratifico. La memoria olfativa posee un privilegio único: está libre de los filtros intelectuales y de las censuras de la lógica. Mientras la mirada interpreta y clasifica, el olor nos atraviesa sin pedir permiso. Entra con la respiración —el acto vital por excelencia— y deposita su carga emocional en los rincones más profundos de la memoria. Por eso digo que el olfato es una forma de arqueología del alma. Un aroma puede permanecer dormido durante décadas y despertar intacto, devolviéndonos la temperatura emocional exacta de un recuerdo. Mientras las imágenes y los sonidos se desvanecen, el olor permanece.

-¿Puede un perfume convertirse en un espacio de introspección, como una composición musical, una pintura o una oración?

-Yo concibo cada fragancia como una arquitectura inmaterial en la que uno puede entrar; una habitación interior donde aislarse del ruido. Es un espacio para habitar, más que un objeto para poseer. Una fragancia meditativa ralentiza la vida, nos obliga a escucharnos y nos ancla al presente. Cuando un perfume provoca ese silencio interior que dispone al asombro y al examen de nosotros mismos, la química se eleva hasta convertirse en una oración laica del olfato.

-¿Un territorio es capaz de conservar su identidad a través de un perfume?

-Yo diría que un territorio se define más por el aire que lo envuelve que por los límites de un mapa. Por eso el olfato es un instrumento privilegiado para preservar la identidad secreta de un lugar. Traducir un paisaje en una fragancia es destilar el genius loci, el espíritu del territorio, su atmósfera. Mientras las fotografías muestran su superficie y los libros cuentan la historia de un lugar, el perfume conserva su alma. Puede volver eterno un territorio, rescatándolo del desgaste del tiempo y la uniformidad global. Crear una colección inspirada en el norte argentino, por ejemplo, significaría erigir un monumento invisible a la memoria de esa tierra. Y permitiría que cualquier persona pueda atravesar sus fronteras con una sola respiración para descubrir que la identidad de un lugar no se posee con la mirada, sino que se acoge en el pecho.

-Vivimos dominados por la velocidad. ¿Cree usted que la perfumería puede enseñarnos otra manera de habitar el tiempo?

-Absolutamente. La perfumería artística tiene hoy el deber político y subversivo de enseñarnos a desacelerar. El perfume se opone a la dictadura de la velocidad porque es, por naturaleza, un arte lento. Pedirle a alguien que escuche un perfume significa invitarlo a un acto de resistencia contra el tiempo lineal del consumo para entrar en un tiempo cualitativo y circular. Mientras la perfumería comercial responde a la urgencia del mercado creando fórmulas fáciles y de reconocimiento inmediato, que tienden a la masificación de un aroma, la perfumería que yo concibo se ofrece como un ejercicio de paciencia y contemplación. Por eso creo que aprender a habitar el tiempo a través del olfato significa reconciliar al hombre moderno con el ritmo natural de su propia alma.

-¿Considera que el perfume es la forma más íntima de preservar una historia?

-La imagen contemporánea ha dejado de ser archivo de la memoria para convertirse en un instrumento de exhibición y de consumo inmediato destinado a la mirada de los demás. En esa bulimia visual, la historia pierde su densidad sagrada. El perfume, en cambio, sobrevive en la invisibilidad del recuerdo y exige intimidad. Una huella olfativa devuelve cuerpo y misterio a una historia. Mientras la fotografía inmoviliza un instante desde afuera, el perfume lo reactiva desde adentro y devuelve la temperatura de nuestra alma. Así que creo que un perfume es la forma más íntima de preservar una historia, porque permanece inmune a la falsificación, a la mercantilización y a los archivos artificiales.

-En todas sus creaciones conviven la espiritualidad, la muerte, el arte sacro, el misterio y la belleza renacentista. ¿Crear perfumes es para usted una forma de resistencia contra el olvido?

-Para mí, la creación es una rebelión consciente contra el olvido y la disolución. Abordar la muerte o el misterio no significa complacerse en la oscuridad, sino proyectar luz sobre la densidad de la existencia. He aprendido que la espiritualidad y la sacralidad revelan la vida en su verdad más frágil. Por eso cada fragancia que nace en mi laboratorio guarda una vibración vital contra la nada. El perfume puede volver tangible lo perdido, hacer resonar una ausencia y devolver cuerpo a un recuerdo que el tiempo se empeña en borrar. Embotellar una emoción significa sustraerla a la linealidad de la muerte y entregarla a una permanencia cíclica.

-¿Pueden los perfumes convertirse en documentos culturales de una época?

-Sí. Totalmente. Los perfumes registran y cristalizan las respuestas emocionales, espirituales y filosóficas de una época: son testimonios culturales. Un libro narra una época con palabras; una fotografía congela su estética; la música traduce sus tensiones. Pero un perfume captura el estado de ánimo más profundo, el inconsciente colectivo y la búsqueda de sentido. A lo largo de la historia, las grandes transformaciones culturales siempre estuvieron acompañadas por profundos cambios olfativos. Los períodos de opulencia y de ruptura social buscaron estelas audaces y exuberantes. En cambio, los momentos de desconcierto o de crisis espiritual llevaron al hombre a reencontrarse con aromas antiguos, meditativos y sagrados, como el incienso o las maderas. Por eso, una fragancia artística contemporánea es un espejo inmaterial donde se reflejan nuestros temores, nuestro deseo de belleza, nuestras nostalgias y nuestra necesidad de trascendencia.

© LA GACETA

PERFIL

Filippo Sorcinelli estudió arte en Fano y órgano en el Conservatorio Rossini de Pesaro, y completó su formación musical en Roma. En 2001 fundó LAVS, un taller especializado en vestimentas y ornamentos religiosos. Su trabajo llegó al Vaticano, donde confeccionó numerosas piezas para Benedicto XVI, las vestiduras utilizadas por Francisco en la misa inaugural de su pontificado y prendas para León XIV. Paralelamente, desarrolló una carrera como perfumista con su marca UNUM, cuyas fragancias se inspiran en la espiritualidad, el arte gótico, la música y la memoria.