El último tramo del año sirve a las personas y a las organizaciones para realizar un balance de lo que cumplió para el período respeto de lo proyectado. En tiempos de crisis persistentes, estos análisis son recurrentes y, en muchos casos, encuentran a la comunidad al borde de un ataque de nervios. El sueldo no alcanza, pese a que la inflación ha cedido. Los trabajadores están pendientes de sus actividades propias, pero también de los exámenes si aún cuentan con hijos en edad escolar. El tiempo no alcanza y, así, se alimenta el estrés.

Esta acumulación de situaciones expone a la población económicamente activa a un problema cada vez más consolidado: el  burnout. Conocido también como síndrome del quemado, se caracteriza por un desgaste físico y emocional que puede afectar a todos los sectores. Generalmente hace eclosión cuando una persona encuentra  dificultades para conciliar la vida laboral y la personal. Todo esto causa agotamiento emocional, distanciamiento psicológico con respecto al trabajo y pérdida de realización profesional.

Ninguna organización, pública o privada, está exenta de este flagelo común en estos tiempos. Un estudio realizado por la Universidad Abierta de Cataluña, España, plantea tres ejes fundamentales para tratar de disipar el efecto del burnout en el trabajo.

* Desmontar el mito de la “fortaleza individual”. La investigación señala que la protección no puede recaer exclusivamente en los recursos personales del empleado. A pesar de que la estabilidad emocional y el optimismo son factores protectores, estos no pueden sustituir unas condiciones de trabajo adecuadas.  

* La importancia decisiva de los factores organizativos. El buen trato, el reconocimiento por parte de la organización y la sociedad, y un liderazgo cercano, claro y empático constituyen los predictores más robustos para evitar el agotamiento.

* La necesidad de proteger a los jóvenes. El estudio también lanza una alerta generacional ya que los profesionales más jóvenes presentan una prevalencia más alta de burnout. Esto refuerza la idea de la necesidad de llevar a cabo intervenciones próximas en el paso de la formación al mundo laboral real, combinando tutorías de calidad, espacios de supervisión y apoyo emocional con condiciones de trabajo que favorezcan el aprendizaje seguro, una autonomía progresiva y la conciliación.

En la Argentina las empresas están actuando para evitar que su dotación de personal llegue al cierre del año sin fuerzas suficientes para el cumplimiento de la mayor cantidad de los objetivos. Las prioridades de los trabajadores están cambiando y el equilibrio entre la vida personal y laboral gana protagonismo en un mercado donde cada vez más personas replantean qué esperan de su empleo. Mientras las empresas compiten por atraer talento, el desafío ya no pasa solo por cuánto pagan, sino por la experiencia laboral que son capaces de ofrecer, advierte un estudio de Adecco Argentina.

La salud física, el bienestar emocional y la prevención se consolidan como herramientas para mejorar la experiencia de los colaboradores, reducir el ausentismo y fortalecer el desempeño de las organizaciones. La tendencia es clara: las empresas entienden que cuidar la salud y el bienestar de sus colaboradores no solo mejora la calidad de vida de las personas, sino que también impacta en el compromiso, la experiencia laboral y el desempeño de los equipos. Esa es la primera acción para mitigar los efectos del síndrome del quemado.

La gestión del estrés, la prevención del burnout y el acompañamiento emocional de los colaboradores conforman un aspecto central en la agenda de las áreas de Recursos Humanos. Se trata de una herramienta estratégica de gestión que, a su vez, se constituye en un valor agregado para las organizaciones.