Stephen King tenía 26 años cuando publicó “Carrie”, su primera novela, en 1974. Dos años después, en 1976, Brian De Palma llevó la historia al cine con Sissy Spacek en el papel protagónico, en una película que se convertiría en un clásico del terror. Cincuenta años después de aquel estreno, la historia regresa en una miniserie dirigida por Mike Flanagan, adaptada a los tiempos de las redes sociales y de la viralización de contenidos que pueden convertir la humillación ajena en un espectáculo público. La nueva “Carrie” conserva los elementos sobrenaturales de la obra original, pero permite detenerse en un problema de enorme actualidad: el bullying. Su protagonista es una adolescente tímida, ingenua y vulnerable, sometida en su hogar a una madre autoritaria y fanática que transforma la religión en una fuente de represión, miedo y culpa. Cuando llega al colegio, su dificultad para relacionarse y su desconocimiento de los códigos sociales la convierten en blanco de las burlas y el ensañamiento de sus compañeras. La serie está muy bien llevada y cuenta con interpretaciones convincentes. Su mérito consiste en mostrar cómo las humillaciones reiteradas pueden transformar la vida de una persona en una experiencia de angustia, aislamiento y desesperación. Lo que para algunos adolescentes es una broma, para quien lo padece puede convertirse en un sufrimiento profundo. El bullying no es una travesura ni una diversión inocente. Es una forma de hostigamiento que puede expresarse mediante insultos, burlas, amenazas, exclusión o agresiones físicas. Las víctimas suelen ser elegidas por alguna característica que las distingue: su aspecto físico, una discapacidad, una enfermedad, su timidez o su ingenuidad. En ese escenario, el sufrimiento ajeno se convierte en espectáculo y la humillación, en entretenimiento colectivo. Hoy, además, los celulares y las redes sociales multiplican el alcance de esas agresiones. Una fotografía, un video humillante o un mensaje ofensivo pueden difundirse en segundos y llegar a cientos de personas. El acoso ya no termina necesariamente al salir de la escuela: puede continuar en el hogar y a cualquier hora. Es el ciberbullying, que debe distinguirse del grooming, una conducta diferente que implica el acercamiento de una persona adulta a un menor por medios digitales con fines sexuales. ¿Puede una serie de terror convertirse en una herramienta educativa? Creo que sí. “Carrie” ofrece una oportunidad para debatir estos problemas en las escuelas, especialmente en el nivel secundario, aunque el acoso también puede comenzar en la primaria. No bastaría con proyectarla: sería necesario conversar sobre la responsabilidad de quienes se burlan, de quienes observan en silencio y de quienes deben intervenir, sean compañeros, docentes, directivos o familiares. La película de 1976 impactaba principalmente por su atmósfera de terror y su desenlace. La miniserie actual permite mirar también las conductas y los vínculos que conducen a la tragedia. Aunque la ficción sobrenatural no debe confundirse con la realidad, su advertencia permanece vigente: la crueldad reiterada y la indiferencia pueden agravar profundamente el sufrimiento de una persona. Si esta historia consigue que un alumno se detenga antes de humillar a un compañero, que otro se anime a denunciar una agresión o que un docente advierta a tiempo el dolor de un chico, habrá cumplido una función que trasciende el entretenimiento. Porque el verdadero desafío no consiste en impedir que existan personas diferentes, sino en educar para que nadie tenga que sufrir por serlo. En las aulas, como en la vida, combatir el terror significa aprender a reconocer el dolor ajeno antes de que sea demasiado tarde.
Juan L. Marcotullio
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