En su columna “Nueve dedos…” (30/10) Daniel Dessein desarrolló con mayor profundidad la vida de Lula (fascinante y alucinante, por cierto), pero considero que no profundizó en la gravedad de la situación judicial del “Clan Bolsonaro”. Tras ser derrotado en el balotaje presidencial de octubre de 2026 frente a Lula da Silva, Flávio Bolsonaro desobedeció una orden judicial y huyó de forma clandestina a Miami (vía Argentina, con la complicidad del gobierno de Milei y Caputo), para evadir a la Justicia. Reitero: a Bolsonaro no lo persigue Lula o la Política, sino que lo hace la Justicia Brasilera. Hoy, el Supremo Tribunal Federal le mantiene tres causas penales abiertas por delitos sumamente graves, que incluyen “lavado de activos” por 130 millones de reales vinculados a apuestas digitales y “evasión de divisas y presunta corrupción” en el desvío de 11 millones de dólares (de una película biográfica sobre su padre), a cuentas extranjeras. No estamos ante sospechas superficiales, sino frente a un prófugo acusado de corrupción activa. Esta impunidad refleja el poder corporativo de las élites de la derecha brasileña, que durante años protegieron y naturalizaron las conductas de una dinastía familiar. No obstante, el desgaste es total. El patriarca, Jair Bolsonaro, se ha convertido en un peso muerto absoluto para su propio sector político. El golpe de realidad es tan severo, que incluso medios de corte profundamente conservador como O Estado de S. Paulo (Estadão), expresaron con firmeza que romper con el bolsonarismo es un imperativo para la supervivencia de la derecha, calificando la influencia del clan familiar como un lastre insostenible, que fue impuesto a la fuerza. El caso de Brasil expone con contundencia la matriz de la actual extrema derecha global: a) es pésima ganadora, porque desmantela la institucionalidad cuando gobierna; quita derechos; persigue a los opositores con una dictatorial estructura mediático judicial y b) es una peor perdedora, dado que recurre a la narrativa del fraude infundado; desobedece fallos judiciales y huye del país cuando le toca rendir cuentas, principalmente al Imperialismo estadounidense del también desgastado Trump, pensando que Lula correría con igual destino que el del secuestrado presidente Nicolás Maduro y su esposa. Es hora de que se analicen estos procesos con la profundidad y rigor democrático que ameritan, en lugar de matizar las graves conductas de quienes hoy escapan de la ley y que tienen otra pasión oscura: atacar la libertad de prensa y el pensamiento crítico.
Javier Ernesto Guardia Bosñak
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