Si se observan los números que muestra el Ministerio de Economía de la Nación la sensación es de una economía pujante, con un superávit fiscal blindado, la inflación planchada en niveles que hace un par de años sonaban a delirio y el riesgo país desplomándose. El problema es cuando la vista se aparta de la pantalla, se recorre la calle y se dialoga con el que maneja un camión, atiende una ferretería o tiene un taller con 10 operarios. Ahí “los números” cambian por completo. La economía real no arranca.

El economista Marcos Cohen Arazi lo puso en blanco y negro en un informe reciente del Ieral de la Fundación Mediterránea: la actividad económica se quedó sin nafta. En agosto creció apenas un 0,1% desestacionalizado y quedó al borde de lo que los manuales llaman "recesión técnica", que es cuando acumulás dos trimestres seguidos con números en rojo. Pero discutir si técnicamente da o no para ponerle esa etiqueta es una discusión de café para economistas. Lo complejo pasa por el nivel general de actividad, que está apenas un 2,4% arriba de noviembre de 2023, el mes previo a que asumiera Javier Milei.

En términos sencillos, ello significa que pasaron casi tres años de ajuste durísimo, de devaluación y de licuadora, para terminar parados casi en la misma baldosa de largada.

Un poco de historia

Para entender esa dicotomía hay que rebobinar un poco. Cuando La Libertad Avanza llegó a la Casa Rosada en diciembre de 2023, la hoja de ruta fue de shock: devaluación brutal del tipo de cambio oficial, freno de mano total a la obra pública, tijera implacable a las provincias y liberación casi automática de tarifas y prepagas. Aquel fogonazo de diciembre, con la inflación arriba del 25% en un solo mes licuó salarios, jubilaciones y ahorros de un plumazo. El objetivo de corto plazo se cumplió con creces: el déficit fiscal desapareció de un mes para el otro y el Banco Central frenó en seco la emisión descontrolada.

La consecuencia inmediata, previsible pero feroz, fue un desplome histórico de la actividad entre el verano y el otoño de 2024. La industria y la construcción se fueron al subsuelo de un día para el otro.

Ahí vino la segunda etapa del libreto oficial. El Gobierno prometió una recuperación en "V": caer rápido para rebotar con la misma fuerza ni bien bajara la espuma de los precios. Y la inflación efectivamente cedió. Pasó de aquel 25% demencial a un dígito bajo, y el oficialismo usó ese logro como su principal bandera política para atravesar las elecciones legislativas de 2025. Hubo, es cierto, meses de alivio estadístico donde la curva amagó con despegar.

Sin “V” y con “pipa” corta

Pero la famosa "V" nunca existió. Fue, a lo sumo, una pipa de marca deportiva: un rebote inicial que recuperó el piso del pozo y después se transformó en una meseta chata. El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que publica el Banco Central ya recortó el crecimiento para 2026 a un 1,5%. Si a esa cifra se resta el crecimiento de la población, el PBI por habitante sigue planchado en los mismos valores que hace una década y media. No hubo despegue; hubo estancamiento, según el informe del Ieral.

Lo que terminó pasando es que la economía argentina quedó fracturada en dos mundos que ni se tocan.

Según detalla la Fundación Mediterránea, por un lado está los sectores estrella, los que Milei y su equipo suelen mostrar con orgullo: Vaca Muerta perforando récords de producción petrolera, la minería en el norte y el complejo agroexportador liquidando granos. Son sectores híper competitivos que traen los dólares frescos que sostienen las reservas del Central. Pero tienen una particularidad que en los despachos oficiales prefieren no enfatizar: son actividades intensivas en capital. Compran maquinaria importada, usan tecnología de punta y necesitan poca gente en relación a los millones de dólares que mueven. No le dan trabajo a la masa de gente que vive en los cordones urbanos del Gran Buenos Aires, de Tucumán o de Córdoba.

Una postal de posguerra

En la otra vereda, la que sostiene el empleo masivo, el panorama que describe el Ieral parece sacado de un parte de posguerra. La industria textil acumula un derrumbe del 42,8%. Productos de metal cayó 28%. Maquinaria y equipo, otro 28%. Y los minerales no metálicos (cemento, ladrillos, cal, todo lo que quedó paralizado tras cortar de cuajo la obra pública) arrastra una baja del 27,1%. Nueve ramas manufactureras enteras acumulan desplomes de dos dígitos.

Las estadísticas del Indec terminan de confirmar el diagnóstico de la calle. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) sigue mostrando signos de fatiga interanual. Y en el mercado de trabajo se ve una trampa silenciosa: la desocupación abierta ronda el 7,9%, un número que a simple vista no parece desbordado, pero la subocupación demandante supera el 11,5%. Eso significa que hay cientos de miles de personas atrapadas en changas o laburos de pocas horas que buscan desesperadamente otro ingreso porque lo que ganan no les alcanza ni para la canasta básica.

Y ahí radica el verdadero callejón sin salida del modelo: el consumo interno está roto.

El Índice de Salarios muestra que, en el último tiempo, los sueldos en blanco lograron empatar o rasparle algún punto a la inflación mensual. Pero vienen de una fosa tan honda por el golpe de 2024 que la recomposición real no se siente. Las familias siguen endeudadas, tapando agujeros con el pago mínimo de la tarjeta de crédito o recortando consumos básicos. Si la gente no tiene un peso en el bolsillo, no gasta; si el comercio de barrio no vende, no le pide mercadería al fabricante; y si la fábrica trabaja al 50% de su capacidad instalada, no toma un solo empleado nuevo ni compra una máquina.

El informe de la Fundación Mediterránea da en el clavo con una advertencia sensata: ordenar la macroeconomía y terminar con el déficit fiscal era una condición previa indispensable. Con una inflación viajando al 25% mensual cualquier país vuela por el aire. Pero una vez que apagaste el incendio, la sola prolijidad fiscal no genera riqueza ni inversión por arte de magia.