Le escribo movido por una profunda preocupación ante el tono y el carácter del discurso público que emana de la máxima investidura de nuestro país. En los últimos meses, el presidente Javier Milei ha protagonizado reiterados agravios y descalificaciones explícitas hacia los trabajadores de prensa, utilizando términos fuertemente ofensivos que dañan los estándares mínimos de la convivencia democrática. La violencia verbal ejercida desde el poder no se limita a un ataque directo contra la libertad de expresión y la pluralidad de voces; tiene un impacto directo y nocivo en la salud emocional de la ciudadanía. Al institucionalizarse el insulto como método de respuesta ante la crítica o el disenso, se propaga un clima de hostilidad, desamparo y crispación social que permea en la vida cotidiana de los argentinos. Asimismo, la aparente actitud de indolencia o desdén ante problemáticas sensibles del tejido social -un “qué me importa” que se traduce en descalificaciones hacia quienes exponen realidades desfavorables- profundiza la angustia y la polarización en la sociedad. Cuando los ciudadanos perciben que la empatía institucional es reemplazada por el hostigamiento, se deteriora el sentido de comunidad y el respeto mutuo. La crítica periodística y el cuestionamiento a la gestión de gobierno son pilares fundamentales de la república. Quien ejerce la presidencia representa a todos los ciudadanos y tiene la responsabilidad constitucional y ética de mantener la templanza y el decoro indispensables para el cargo. Es imperioso exigir un retorno al diálogo respetuoso, la tolerancia y la cordura institucional, elementos indispensables para preservar nuestra democracia y la paz social.
Juan Carlos Romero Abadie
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