Hay escenas que la medicina no consigue borrar de la memoria. Pasan los años, cambian los hospitales y aparecen nuevas tecnologías, pero algunas imágenes permanecen intactas. Hace algunos años, durante una guardia hospitalaria, viví una de esas experiencias. Un joven de poco más de veinte años había sufrido un grave accidente de motocicleta. Llegó con un traumatismo encefalocraneano severo, una hemorragia intracraneana y lesiones abdominales con sangrado interno. Estaba semiconsciente y su vida corría peligro. Había que preparar el quirófano y conseguir sangre compatible: el paciente era Rh negativo. Cada minuto contaba y el equipo debía atender simultáneamente lesiones que comprometían su vida. Pero, en medio de aquella urgencia, algo llamaba poderosamente la atención. El joven repetía una sola palabra: “mamá”. Una y otra vez, casi a los gritos, sin descanso. No parecía escuchar nuestras preguntas, no dirigía la mirada hacia quienes intentábamos comunicarnos con él ni respondía a indicaciones sencillas. Su voz reproducía aquella palabra de manera monótona, casi mecánica. No parecía tratarse de una conversación ni de una respuesta dirigida a alguien: era una vocalización persistente que continuaba mientras el equipo intentaba salvarlo. Finalmente, fue trasladado a quirófano. Allí murió. Su voz, sin embargo, permaneció en mi memoria. ¿Qué sucedía en el cerebro de aquel muchacho? Después de un traumatismo craneoencefálico grave pueden aparecer alteraciones de la conciencia y de la conducta, así como manifestaciones verbales repetitivas. La neurología describe fenómenos como las estereotipias y la perseveración verbal, aunque no son términos equivalentes y no podemos asegurar, a partir de un recuerdo clínico, cuál de ellos explicaba exactamente lo que observé. Tampoco es posible establecer si aquella repetición obedecía a un mecanismo neurológico específico o si existían otros factores. Lo prudente es reconocer que su estado cerebral podía haber alterado profundamente su capacidad de responder y comunicarse. Pero esa explicación posible no resuelve la pregunta que, con los años, adquirió para mí otra dimensión: ¿por qué precisamente “mamá”? No sabemos si el joven llamaba conscientemente a su madre o si la palabra surgía de manera involuntaria, sin una intención comunicativa reconocible. La observación médica permite describir lo que sucedía; no alcanza para conocer qué significado, si alguno, tenía aquella palabra para él. Ese interrogante me lleva a una figura del campo de la psicología: Arthur Janov, psicólogo estadounidense creador de la llamada terapia del grito primal, fallecido en 2017. Su nombre se hizo conocido, entre otras razones, por haber tratado a John Lennon mediante ese método a comienzos de la década de 1970. Janov sostenía que experiencias dolorosas de la infancia podían dejar huellas emocionales profundas y que, durante la terapia, su expresión intensa podía contribuir a hacerlas conscientes. Sus ideas tuvieron repercusión cultural, aunque sus interpretaciones y la eficacia de su método no cuentan con un respaldo científico suficiente para considerarlas una explicación general del sufrimiento psicológico. En los relatos de Janov, el grito y la pronunciación de palabras como “mamá” o “papá” podían adquirir un significado emocional dentro de la experiencia terapéutica. Al recordar al joven accidentado, encuentro una coincidencia que me resulta imposible ignorar: en circunstancias radicalmente diferentes, la misma palabra ocupaba el centro de una expresión intensa. En el consultorio, Janov interpretaba una manifestación surgida durante una terapia; en el hospital, yo presenciaba la repetición de una palabra en un paciente con una lesión cerebral gravísima. La semejanza es evocadora, pero no demuestra que ambos fenómenos tuvieran una causa común. Tal vez aquel “mamá” fuera únicamente una vocalización automática vinculada con la alteración neurológica. También cabe preguntarse, sin convertirlo en una afirmación científica, si la palabra podía tener alguna asociación afectiva o autobiográfica. No tenemos pruebas para sostenerlo. Es una posibilidad que nace de la reflexión posterior, no de algo que pudiera comprobarse durante aquella guardia. Muchos años después, aquella escena conserva su fuerza. La medicina puede describir mecanismos y proponer hipótesis, pero no siempre consigue esclarecer el significado de una conducta individual. En mi memoria sigue resonando la voz de aquel joven: una palabra repetida entre la vida y la muerte, cuyo sentido nunca llegué a conocer.
Juan L. Marcotullio
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