Hubo quienes faltaron al trabajo, quienes postergaron exámenes y hasta quienes recurrieron a alguna mentira para justificar su ausencia. Cada uno encontró la manera de llegar a Salta, impulsado por una ilusión compartida: ver a Atlético clasificarse a la final de la Copa Argentina. Pero el fútbol, tan capaz de movilizar multitudes como de frustrar sus sueños, les tenía preparado otro desenlace. Después de una jornada marcada por los viajes, los festejos y la expectativa, miles de tucumanos emprendieron el regreso bajo la lluvia, con la tristeza de una eliminación que todavía costaba asimilar.
La movilización había comenzado mucho antes de que la pelota rodara en el Padre Ernesto Martearena. Desde la madrugada, colectivos, automóviles particulares y grupos de hinchas se trasladaron hacia la capital salteña. Algunos habían partido incluso el martes, mientras otros aprovecharon hasta las últimas horas del miércoles para viajar. La Policía provincial estimaba una convocatoria cercana a los 10.000 simpatizantes del “Decano”, una cifra que permitía dimensionar la magnitud de aquel éxodo.
En las concentraciones cercanas al estadio, la espera tuvo todos los ingredientes de una fiesta popular. Había colectivos estacionados, parrillas encendidas y grupos que compartían asados, tomaban algo y conversaban antes de ingresar a la cancha. Entre camisetas, banderas y cánticos, la ansiedad por el partido convivía con la satisfacción de haber llegado. Porque detrás de cada uno de esos hinchas había una historia, y muchas comenzaban con la misma pregunta: ¿qué habían dejado de lado para estar allí?
“Yo sacrifiqué dos días de laburo: el de hoy y el de mañana. Pedí permiso y, si no me dejaban, igual venía. Esto no se negocia”, contaba Santiago Anzoren, convencido de que no podía perderse semejante ocasión. A su lado, Ignacio Baud, estudiante de Administración de Empresas, había tomado una decisión parecida, aunque relacionada con sus obligaciones académicas. Debía rendir parciales al día siguiente, pero la solución parecía sencilla: rendiría los recuperatorios.
La historia de Pedro Torres tenía un condimento todavía más particular. Vive en Buenos Aires, desde donde sigue habitualmente al equipo, y decidió viajar para no perderse la semifinal. El problema fue encontrar una explicación para ausentarse del trabajo. “Dije que tenía que vender un terreno en Tucumán, pero ni bicicleta tengo”, confesó entre risas. Para él, la distancia hacía todavía más importante la oportunidad. “Los que vivimos lejos lo sufrimos desde allá. Venimos y nos jugamos todo”, resumió.
Tampoco faltaron las historias familiares. Rubén Carrizo, de 44 años, consiguió licencia en su trabajo, donde lleva 25 años, y organizó el cuidado de sus hijos para poder viajar con su esposa. “Por Atlético se deja todo”, afirmaba. Otros encontraron en Salta la posibilidad de reencontrarse con viejos compañeros de aventuras futbolísticas, como Alberto, que volvió a viajar con amigos con quienes había vivido la histórica clasificación del “Decano” en Quito, en 2017.
Pese a semejante movimiento, el traslado se desarrolló sin mayores inconvenientes. Desde el área de prensa de la Policía de Salta informaron, durante el operativo de ingreso, que no se habían registrado siniestros viales ni incidentes de consideración. Los controles detectaron algunas irregularidades y dos colectivos fueron retenidos por falta de documentación, aunque el grueso de la hinchada logró completar el viaje con normalidad.
Después llegó el momento de trasladar aquella expectativa a las tribunas. Atlético copó la cabecera norte del Martearena y también tuvo una presencia importante en la platea techada, mientras que la preferencial ubicada enfrente mostró una concurrencia menor. El recibimiento estuvo a la altura de las circunstancias: una enorme bandera celeste y blanca, con la inscripción “La Inimitable”, se desplegó sobre la popular. Por momentos, entre los cánticos, el movimiento de la multitud y la expectativa, el estadio salteño parecía vivir una de esas grandes noches que quedan grabadas en la memoria del pueblo “decano”.
El gol de Renzo Tesuri desató la explosión de alegría que tantos habían viajado para experimentar. Pero la ilusión comenzó a desdibujarse durante el complemento. La lluvia obligó a los hinchas a cubrirse con pilotos y el entusiasmo de la tribuna también perdió intensidad, al mismo tiempo que Atlético retrocedía en el campo. El empate de Platense terminó por cambiar el ánimo de una noche que hasta entonces parecía encaminarse hacia la alegría.
La definición por penales consumó el golpe. En la cabecera norte, las manos en la cabeza, las miradas perdidas y el silencio reemplazaron a los festejos de las horas anteriores. Cuando los futbolistas se acercaron a saludar, la hinchada respondió con un reconocimiento por el camino recorrido: “La banda te lo agradece, te lo agradece hasta el final”. Después, los simpatizantes comenzaron a abandonar las tribunas entre cánticos tímidos, todavía golpeados haber quedado tan cerca de la clasificación.
Y así llegó el momento de volver. Los mismos hinchas que habían reorganizado trabajos, estudios y compromisos familiares emprendieron el camino hacia Tucumán bajo la lluvia. Atrás quedaban las parrillas, los colectivos llenos de ilusión y aquella bandera desplegada sobre la popular. Por delante esperaba la ruta y, para muchos, una nueva jornada laboral, apenas unas horas después de una noche difícil de olvidar.