El 13 y el 22. En la jerga popular de nuestra quiniela, la yeta y el loco, respectivamente. Con esos números se identificaban las listas de Luis Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro para competir en aquella reñida segunda vuelta del balotaje que definió la presidencia del gigante de Sudamérica. En aquella jornada complicada, el líder del PT y actual presidente de Brasil dio vuelta un resultado que sobre el papel y tras una primera vuelta adversa, parecía muy difícil de remontar. Lula se impuso nuevamente y aseguró su regreso al poder por cuarta vez. Más allá de la anécdota electoral, este escenario nos obliga a reflexionar sobre cómo será de aquí en más la relación con nuestro país vecino y principal socio comercial, especialmente teniendo en cuenta cómo nuestro propio mandatario se cansó de insultar al líder brasileño durante su campaña. Ya conocemos los malos modos que Javier Milei suele prodigar contra quienes piensan diferente o se atreven a formularle alguna crítica, ya se trate de políticos opositores, periodistas independientes o presidentes extranjeros que no comulgan con sus ideas. La investidura presidencial y el trato institucional con los pares de la Región y el mundo exigen una altura diplomática que va mucho más allá de las diferencias ideológicas. Al mismo tiempo, resulta de un absurdo insostenible ver cómo en la Argentina el kirchnerismo intenta apropiarse de la victoria de Lula como si fuera un triunfo propio. Es una ceguera política preocupante. Festejan banderas ajenas para disimular su propia falta de propuestas y el fracaso de los años en los que nos gobernaron. Pretender subirse a las victorias internacionales de otros dirigentes no tapa los errores del pasado ni borra los problemas reales que nos dejaron. A mis 71 años, casi 72, con una vida transitada y la mirada puesta en el porvenir, confieso que falta un año para las próximas elecciones en la Argentina y no quiero que vuelva ese pasado. Solo quiero vivir con la dignidad que corresponde, deseando lo mejor para el presente de mis hijos y el futuro de mis nietos. Mirando el espejo brasileño, vale la pena analizar cómo se gestó aquel triunfo. Lula, para remontar el balotaje, supo apropiarse hábilmente de las críticas de su adversario para sostener su campaña y, sobre todo, supo leer los reclamos profundos de su pueblo. De ahí a que logre llevar a cabo todas sus promesas de campaña, será otra historia. Lo que verdaderamente importa y nos interpela es qué será de nuestra propia patria dentro de un año, cuando debamos acudir a las urnas para decidir nuestro rumbo. Este resultado en el país vecino debe ser tomado como una clara señal de alarma y un llamado urgente a la reflexión para el gobierno de Milei. Creer que el electorado dará cheques en blanco indefinidos o tolerará la confrontación constante es un error de cálculo muy peligroso. Al final, Lula no resultó ser tan yeta, y el 13 terminó siendo su número de la suerte (yo nací un 13).  Del otro lado, el "loco" brasileño deberá barajar y dar de nuevo dentro de cuatro años, si decide presentarse nuevamente. A nuestro propio presidente también le cabe ese mote; esperemos que este reflejo en la Región lo haga recapacitar sobre sus formas y modales para con el prójimo, y que tenga, al fin, un necesario ataque de cordura para con toda la población, especialmente con los jubilados, que tanto sacrificio vienen sosteniendo.

Francisco Manuel Silva

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