Este domingo 25 octubre  quedó demostrado en la elección llevada a cabo en Brasil que nunca hay que dar por vencido al oponente. En este caso, el presidente Lula da Silva -contra todo pronóstico- derrotó al senador Flávio Bolsonaro por más de tres puntos, obteniendo 10,3 millones de votos más que en la primera vuelta. Así, dio vuelta una elección que parecía perdida: nunca en la historia de la democracia brasileña un candidato había remontado una desventaja en el balotaje. Hasta aquí los hechos. Ahora queda analizar por qué se dio esta situación, impensada semanas atrás. Claramente, las últimas medidas del presidente fueron claves para revertir el descontento social que atravesaba su gestión: la condonación de deudas a cuatro millones de emprendedores, la reducción de la jornada laboral sin bajar el salario, el boleto gratuito los fines de semana y la suba de la Bolsa Família representaron un alivio inmediato para esa clase baja y media que supo acompañarlo en sus anteriores mandatos. También fue determinante lograr que la ciudadanía que se había abstenido en la primera vuelta concurriera a las urnas. El mensaje que se impuso desde el oficialismo a través de las redes sociales -las cuales jugaron un papel estratégico- se centró en “cuidar la democracia”. Como lo adelanté en mi carta anterior, la ciudadanía premia al candidato que respeta las instituciones y hace funcionar la microeconomía; de lo contrario, castigará con su voto a quien no lo cumpla, sin importar sus preferencias ideológicas.

Santiago Llapur                                           

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