“Es muy triste, muy triste, porque San Martín es grande”. La frase, dicha en una cocina decorada con escudos y banderines del “Santo”, resume lo que se respira por estos días en el barrio de La Ciudadela. LA GACETA recorrió las calles que rodean el estadio para escuchar a vecinos, comerciantes y trabajadores que viven el club desde muy cerca, a pocos días de una despedida sin nada en juego: el domingo, San Martín recibirá a Colegiales en el cierre de una temporada que se le terminó antes de tiempo, sin Reducido y sin lugar en la Copa Argentina 2027.
El movimiento es escaso, lejos del bullicio de los días de partido. En cada charla aparecieron la tristeza, el enojo y la búsqueda de responsables, pero también una preocupación que excede lo futbolístico: cuando la gente deja de ir a la cancha, los negocios de la zona también lo sienten.
Un barrio que lo sufre
A metros del estadio, sobre Pellegrini, Alberto Miranda atiende su negocio junto a un mural con el escudo del club y la leyenda “Un barrio popular”. A los 60 años, está convencido de que el domingo el hincha dirá presente. “El domingo se va a llenar. La gente de San Martín tiene ese sentimiento: va a ir a despedir al equipo para que todo el mundo vea lo que verdaderamente es San Martín”, aseguró.
Esa confianza en la tribuna convive con la decepción por el equipo. “Como hincha, la desilusión es total. Ya se veía venir: un equipo mal formado”, afirmó. Para él, el problema nació en el armado del plantel, a cargo de Facundo Pérez Castro, el director deportivo que en junio terminó desvinculado del club. “El error fue el armado del equipo, con Pérez Castro como mánager. Creo que fue lo peor que se sumó. Que venga un técnico y que arme él el equipo como quiera, hermano”, reclamó.
Miranda también recordó las promesas de comienzo de año. “Como socio de San Martín, yo lo escuché a Oscar Mirkin decir que iba a ser la mejor campaña, que íbamos a estar mejor”, contó. Además, apuntó contra la falta de reacción ante los arbitrajes. “Los dirigentes tendrían que haberse plantado mucho. Esto viene de hace rato”, sostuvo. En su memoria todavía pesa la temporada 2019/20, interrumpida por la pandemia cuando San Martín lideraba su zona con 44 puntos. “No te olvides de que nos quitaron un campeonato”, recordó.
Desde el mostrador, además, sigue de cerca cómo cambió el barrio. “Después de Rosario, bajó mucho la concurrencia. Esa final le dolió mucho a la hinchada de San Martín”, explicó.
A pocos metros, Víctor Hugo Vázquez, de 42 años, atiende desde hace cuatro años “Punto Ciudadé”. Simpático y siempre con un plato de comida para los vecinos que más lo necesitan, el cocinero es el autor de la frase que abre esta nota.
Para él, la culpa no tiene un solo dueño. “Los responsables son todos. Imagínate que hasta el hincha dejó de apoyar porque hubo malas decisiones”, sostuvo. Sin embargo, matizó las críticas a la dirigencia por los arbitrajes. “Yo creo que hicieron lo que pudieron”, opinó. El impacto, en cambio, sí se siente en su cocina. “Los días de partido son los que más trabajamos, pero el negocio bajó mucho”, contó.
Sobre calle Lavalle, Juan Francisco Lagarrigue Randazzo, de 27 años, atiende un local de hojas de coca y santería. Vive en la zona desde siempre y su diagnóstico fue tajante. “Hay que mejorar y trabajar bastante, porque no rendimos en todo el torneo: no hay juego, no hay posesión, no hay nada. El plantel no era acorde a San Martín. Faltaron jugadores de jerarquía en los laterales, el medio campo y puedo seguir...”, enumeró.
La baja de público también se nota en su caja. “Antes San Martín traía mucha más gente. Ahora ya no: ¿para qué va a ir a gastar si no rinde en la cancha? La gente anda caliente y se va”, describió.
La búsqueda de culpables
La pregunta por los responsables se repitió en cada esquina. Álvaro Navarro, vecino de la zona, caminaba con el pantalón y las medias del club y no se sorprendió por el desenlace. “Ya veníamos pensando que podía llegar a pasar, por cómo venía el equipo. Institucionalmente no se están haciendo las cosas bien. Las cosas no salieron como mínimamente esperábamos. Es un fracaso rotundo”, afirmó.
Para él, la mayor carga recae sobre la conducción del club. “La responsabilidad es compartida, pero la mayor es de los dirigentes. También influyó el contexto social que estamos viviendo, pero la dirigencia podría haberlo gestionado de otra forma, tomando como modelo a otros clubes”, planteó. Su crítica apuntó, sobre todo, a la falta de rumbo. “No hubo algo bien planificado, sino mucha improvisación: hoy hago esto, hago esto otro. Eso no es un proyecto”, cuestionó.
Además, advirtió sobre la distancia con los socios. “Ese alejamiento entre el hincha y lo institucional no fomenta la masa societaria”, señaló. Tampoco absolvió al plantel. “También hay parte de conformismo del plantel. No son tipos que tengan la entrega que se necesita en San Martín”, disparó.
Lagarrigue Randazzo repartió las culpas entre el banco y los escritorios. “La responsabilidad es de la directiva y del técnico. El técnico tiene que preparar bien al equipo para la Primera Nacional, que es la liga más fuerte que hay en Argentina”, sostuvo.
Enzo Nahual Zurita, de 19 años, que acomodaba gaseosas en un kiosco de calle Lavalle, puso la lupa en el plantel. “Los responsables son los jugadores. Los veo muy blanditos para ir a jugar. Muy, muy blanditos”, insistió. Desde el kiosco, además, mide el humor de la gente. “Se nota cuando pierde. Cuando gana, se nota mucho la felicidad de cada uno”, describió.
Un hincha “Decano” se sumó al balance
Hasta un hincha de Atlético se sumó a la charla. Lucas Matías Arreyes visitaba a un amigo “santo” y, mientras cambiaba una rueda frente al estadio, habló de lo que ve en su padre y en su hermano, los dos hinchas de San Martín. “Es una pena, porque es un club tan grande. Creo que no respetan al hincha y no tienen sentido de pertenencia, eso es lo principal”, opinó. Para él, también hubo errores de gestión. “Fueron equivocaciones de los dirigentes”, se lamentó.
Para Arreyes, el error futbolístico fue claro. “El principal error de San Martín es no traer un técnico experimentado en la categoría o, en su defecto, alguien que haya estado en Primera y que ya tenga una idea de organización”, analizó. También contó lo que escucha en su casa. “Mi hermano va a todos los partidos y le molesta la falta de compromiso. Me dice que es un desorden, porque no tenés un técnico acorde”, relató. El ejemplo es gráfico. “El ‘3’ quiere meter el gol, el ‘4’ quiere tirar el centro y descuida la marca. No tiene volantes con gol”, describió. Lejos de la rivalidad, dejó un deseo. “Me gustaría que los dos estén en Primera, más allá de la chicana: que un fin de semana venga Boca, el otro River, y tener un clásico en Primera con todo lo que lleva”, aseguró.
Orfila, Mirkin y lo que viene
En el barrio, Alejandro Orfila conserva crédito: varios coinciden en que no tuvo las herramientas necesarias. “Es un buen técnico. No tenía plantel, no se le puede pedir. Es una persona seria, trabajadora; creo que tiene que seguir”, defendió Miranda. Navarro fue por el mismo camino. “Hay que entender que el proceso no lo empezó él. Capaz que hay que darle alguna chance más, pero también hay que ver qué pide como técnico y si podemos darle lo que necesita para laburar”, planteó. Diego Argañaraz también confía en él. “Con un buen plantel, puede andar”, dijo. Lagarrigue Randazzo, en cambio, pidió un cambio profundo. “Hay que cambiar todo. El técnico también”, sentenció.
Sobre la dirigencia, las posturas fueron distintas. Miranda pidió que Mirkin complete su gestión, aunque con cansancio. “Yo quisiera que lo dejen a Mirkin, que por lo menos cumpla el mandato que tiene, y de ahí que se vea lo que se va a hacer. Ya estamos cansados de todo esto”, admitió. Incluso fue más allá. “Estamos cansados de los errores de la dirigencia. Siempre la dirigencia”, remató. Lagarrigue Randazzo, en cambio, reclamó otro perfil. “Hace falta alguien fuerte, que dé todo por el club y que piense en los hinchas”, afirmó.
Navarro, por su parte, pidió un cambio de método. “Hay que sentarse y armar una planificación sólida, tomar como modelo a algunos clubes que vienen haciendo las cosas bien, como muchos clubes del interior que están llegando a Primera”, propuso. A la hora de pensar en el plantel, eligió a los que sienten la camiseta. “Me quedaría con los jugadores que son del club. Los grandes momentos de la historia fueron de jugadores que se pusieron la camiseta, literalmente”, explicó. Lagarrigue Randazzo, en tanto, solo salvó a uno. “Me quedaría con Luca Arfaras, el único”, dijo, mientras que Argañaraz apostó por Bruno Cabrera. “Cabrera, quizás”, respondió.
El sentimiento, intacto
Navarro también piensa en el domingo. Un comerciante del barrio le aseguró que la cancha se va a llenar, y él propuso un gesto de la dirigencia. “Estaría bueno que abran las puertas o cobren una entrada mucho más accesible para que la gente pueda venir a ver al club, porque no sabemos cuánto tiempo va a pasar hasta que lo volvamos a ver. Por lo menos, para mantener el espíritu de la gente”, sugirió.
Detrás del enojo, aparece el sentimiento. “Me levanto y pienso en San Martín. Veo un video de lo mal que estamos, se me cae un lagrimón y me acuerdo de los buenos momentos. También me recuerda a mi familia, a mis amigos. Es mucha identidad”, confesó Navarro.
El recuerdo de los peores años todavía está presente. “San Martín se va a levantar, como siempre. El tema es cuánto tiempo más tenemos que esperar. Pasamos horrores: cuando la gente no venía a la cancha, cuando nos juntábamos en la plaza, cuando éramos 300 y terminamos en el Argentino A. Espero no tener que llegar a eso. Vemos otros clubes, más chicos, que pueden, y nosotros estamos estancados. Eso me da un poco de impotencia”, advirtió.
Entre los vecinos, la ilusión resiste, aunque golpeada. “Siempre está la ilusión del hincha cuando se arma un equipo, cuando comienza todo de nuevo”, aseguró Miranda. “Golpeado, pero con corazón”, resumió Argañaraz. Vázquez, desde su cocina, eligió mirar hacia adelante. “Tiene que ser una cosa a largo plazo, bien armada. Que pase este tiempo y que empiece el otro, con un poco más de esperanza”, cerró.