A diferencia de los destinos brasileños caros por el consumo de una gran urbe tropical (como Río de Janeiro o San Pablo en temporada alta), Fernando de Noronha es tope de gama por su condición de santuario ecológico de acceso restringido. En lugar de pagar por infraestructura de mega-resorts, en Noronha se paga por la exclusividad de estar en un parque nacional marino con cupos diarios de visitantes y un ecosistema hiperprotegido.

Fernando de Noronha no es una ciudad ni un pueblo común, sino un archipiélago volcánico de 21 islas e islotes ubicado en el océano Atlántico, a unos 350 kilómetros del litoral noreste de Brasil (perteneciente al estado de Pernambuco). Es considerado la joya ecológica del país y Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO. 

No hay grandes resorts ni cadenas hoteleras. Toda la vida se concentra en la isla principal (la única habitada, de unos 18 kilómetros), con posadas familiares de estilo rústico y caminatas rodeadas de naturaleza virgen.

En ese sentido es que la isla adquiere tanta exclusividad como si fuera una ciudad con altos edificios, vida activa y multitud de personas. El control de turismo es muy estricto para preservar el ecosistema: el acceso de visitantes está limitado por día y se pagan dos tasas ambientales de ingreso y la entrada al Parque Nacional Marino.

A pagar

Viajar a Fernando de Noronha exige una planificación más detallada y un presupuesto significativamente más alto que para cualquier otro destino de Brasil. Los dos tributos son independientes y el proceso para tenerlos van por canales distintos.

La Tasa de Preservación Ambiental (TPA) la cobra el gobierno del Estado de Pernambuco por cada día de permanencia. Según figura en las redes sociales el valor actual es de R$105,79 por persona y por día. Se puede abonar con anticipación a través del sitio web oficial del gobierno de Pernambuco o directamente al aterrizar en el aeropuerto de la isla. Tanto es el instinto de conservación que tienen en Brasil del lugar que la tasa aumenta progresivamente si la estadía se prolonga por más de 10-15 días, medida que sirve para desincentivar el turismo masivo.

La entrada al Parque Nacional Marino depende del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad. El ingreso (para las playas protegidas Baía do Sancho, Baía dos Porcos, Praia do Leão) y senderos controlados tiene un costo de R$384,00 por visitante extranjero (los brasileños cuentan con un descuento tarifario). El boleto es personal, intransferible y sirve por 10 días consecutivos. Se gestiona de forma digital o en el Centro de Visitantes de la isla.

Como en Tailandia, pero protegido

El parecido visual entre Fernando de Noronha con las postales icónicas del sudeste asiático como es asombroso. Esta semejanza no es casualidad; responde a características geográficas y geológicas muy concretas.

En tierras tailandesas predominan los acantilados verticales de piedra caliza (karst) que emergen del mar cubiertos de selva. En Noronha, el paisaje lo definen morros de origen volcánico (como el famoso Morro do Pico), pero el efecto visual es casi idéntico: paredes rocosas oscuras cubiertas de vegetación tropical que caen en picada sobre el agua.

En ambas costas, las bahías están protegidas del oleaje abierto por formaciones rocosas. Esto permite que la arena blanca y fina se asiente en el fondo sin enturbiar el mar, logrando esa tonalidad turquesa y esmeralda hipertransparente. La combinación de aguas cálidas, arrecifes de coral y la presencia de acantilados genera un refugio natural para tortugas, peces tropicales y tiburones pequeños que nadan muy cerca de la orilla.

Mientras que muchas playas famosas de Tailandia han sufrido el impacto del turismo masivo y las embarcaciones a motor ruidosas, Fernando de Noronha mantiene un control ambiental sumamente estricto que la hace un destino exclusivo.