[9:03 a.m., 22/10/2026]: Familia; hice quedar doce sifones sodas, no seis. Ok?

[9:04 a.m., 22/10/2026] Se toma hasta el final y se guarda en la heladera. No se compra más en el almacén. Dos cosas que les queden muy claras. La primera es que se toma hasta el final del sifón, no quiero que quede soda cuando compramos otra. y la otra es que se guarda en la heladera en un número no menor ni mayor a dos. El que no guarda soda en la heladera tomará agua del caño bajo mi supervisión así como el que deja medio sifón sin usar entre las botellas a descartar.

Con este mensaje mi mujer inauguró la temporada de soda en casa. Es sabido que el calor hace que el líquido refrescante y alegre tenga enorme demanda en Tucumán. Ahora bien, esa mezcla de agua y aire que como que se derrite en la boca hasta lo esencial es un asco que le hierve a uno en la garganta cuando está a temperatura ambiente. Entra entonces en funciones la institución mencionada por mi esposa, una especie de ministerio de la soda que vela por la cadena de frío y no perdona a quien la interrumpe. Tener soda y no haberla enfriado debería ser un delito no excarcelable. Mayor debe ser la pena de quien saca un sifón frío, se sirve y lo deja calentándose sobre la mesa, de modo que el próximo encuentra soda, pero la versión Hyde, caliente y sin el empuje fresco de las burbujas.

¿Qué puede hacer el pobre miembro que ha sufrido el destrato de la soda a temperatura ropero? Debe recurrir a otra institución con similares falencias: el hielo. Queda asentado que no es lo mismo soda fría que soda con hielo, pero es una esperanza. Con el hielo hay una perversión parecida. Lo más común es que los sátrapas que derrochan el frío de la soda saquen hasta el último cubito y vuelvan a poner la cubetera vacía. El que venga detrás sólo va a encontrar helafríos y los cuadrados con aire seco dando esa impresión que producen las películas del mundo después del hombre. Quizás lo peor es que la víctima de la soda caliente se convirtió en verdugo del hielo.

Atención: puede haber una botella de hielo, pero ese camino lleva, no lo dude, a perder dos dedos para lograr una pepita.

Este panorama dantesco debe ser cortado de raíz. Pero detrás de todas estas coerciones subyace la sodaridad que es digamos la empatía hacia la sed futura. Hay ahí un asunto moral, más profundo que el del castigo y el premio: el del bien. Poner otro sifón a enfriar, o llenar la cubetera, es una manera de preocuparse por alguien que todavía no tiene sed y que a lo mejor ni siquiera está en casa. El que repone prepara el vaso de otro, en un momento que no va a presenciar. Por eso encontrar todos los sifones calientes duele un poco más de lo que parece. A la sed se le suma la sospecha de que nadie nos tuvo en cuenta.

Es necesario entonces un urgente llamado a la sodaridad. En algunas casas como la que habito se apela a un conductismo bastante tosco, amenazando en este caso por ejemplo con llenar como bombuchas con agua del caño a los que profanen la soda. Igual no funciona, y no sólo por alguna constante antropológica hobbesiana de egoísmo esencial de los consumidores irresponsables, sino porque todos saben que la legisladora draconiana será la primera en ir al almacén de la esquina si el chiquito tiene sed. Lo cual nos retrotrae al viejo problema del trecho entre el dicho y el hecho.