A un año exacto de las elecciones en las que buscará revalidar su investidura, el Gobierno parece haber tomado nota de una exigencia implícita: hay que aflojar con la rigidez del esquema para sumar apoyo popular, aunque cuidando que se note lo menos posible. Es el momento exacto en que en la cabina se decide y se anuncia el procedimiento de "estamos iniciando nuestro descenso..." pero ya no se pide un ajuste interminable de los cinturones, una maniobra inevitable para garantizar la continuidad política y no poner en riesgo el aterrizaje electoral. El problema es que el Manual de Vuelo del presidente Javier Milei no contemplaba amansar las pautas ortodoxas para contentar la calle.
La maniobra que ha comenzado no es especulación: es la que diagramó la propia Mesa Política del Gobierno y la que los mercados reclaman sin rodeos. Para asegurar la gobernabilidad y la continuidad en el poder, entienden, hay que bajar un cambio. El dilema que cruza hoy a la Casa Rosada no es solo el timing, sino la imperiosa necesidad de completar un aterrizaje seguro sin que parezca que se entregan las banderas más apreciadas. A gestiones anteriores este tramo de la travesía les costó demasiado caro; a alguna, directamente la Presidencia.
Toda la incógnita política que empieza a desgranarse de aquí en adelante se resume en una sola pregunta: ¿sabrá, podrá o querrá el comandante del avión —economista ultraortodoxo además— ejecutar la maniobra a tiempo? La duda no es gratuita. La muestra de que no todo lo que toca Milei se convierte en oro son sus recurrentes periplos internacionales. El más reciente a España volvió a dejar en evidencia su afán por subirse al escenario de la derecha y la ultraderecha global, con un estilo tan estridente que terminó dejándole servidas las réplicas en bandeja a la propia izquierda. En lugar de tejer alianzas pragmáticas o blindar la imagen del país, sus incursiones suelen cosechar tanto ruido ideológico como costo político.
Que en este contexto él se vaya de boca ya no escandaliza a nadie, porque la sociedad ha normalizado la cuestión. Mucho menos que insulte a diestra y siniestra a opositores —cuanto más a la izquierda, peor— o a periodistas, es casi un rito. Lo que no se había visto hasta ahora ha sido un derrape manifiesto del Milei-economista al intentar descalificar con argumentos muy endebles un modismo popular que sintetiza la realidad de la calle: "la gente no llega a fin de mes y la plata alcanza hasta el día 20".
Con toda la mandíbula a la vista para pegar un golpe de knockout desde su conocida versación teórica, el Presidente prefirió tirar zapallazos al aire. En lugar de apelar a su formación técnica, cayó en un embarre impropio de un especialista y buscó acorralar la frase bajo una interpretación absurdamente literal, argumentando que si la gente se quedara sin dinero el día 20 sería imposible sobrevivir diez días "sin comer ni beber", cuando un economista de su talla contaba con herramientas de sobra para abordar la discusión con seriedad.
Bien pudo mencionar el endeudamiento con tarjeta, la ayuda familiar, el fiado o, más técnicamente, el desfase de la recomposición salarial dentro de un proceso de estabilización. Sin embargo, prefirió la vía rápida de la improvisación: reducir el debate a la chicana no una sino dos veces (en Neuquén y en Madrid), agredir al periodismo que repreguntaba sobre el consumo y mostrar una alarmante falta de empatía con la cotidianeidad de la gente. En su afán por ganar la discusión desde la tribuna, Milei terminó eligiendo el recurso retórico más pobre para disimular que le ha llegado la hora a él de tocar las clavijas de la economía en función electoral.
Aquí es donde el Presidente se encuentra atrapado en una encrucijada inédita. A diferencia de cualquier gobierno anterior, Milei no necesita ocultar que está haciendo un ajuste; su verdadera necesidad es disimular que está dejando de hacerlo. La motosierra no es solo una medida económica: es su marca registrada, su credencial de pureza y el motor de su mística. Tener que guardarla en el galpón por un frío recálculo de supervivencia electoral (como haría cualquiera de esa "casta" que tanto denostó) le genera una profunda vergüenza doctrinaria.
Ponerse flexible para Milei es una píldora amarga de tragar. Por un lado, reaparece el fantasma de Mauricio Macri, cuya pérdida de firmeza terminó licuando la gestión y lo llevó a la derrota; por el otro, opera un cálculo profundamente pragmático: Milei sabe que en la Argentina mostrar debilidad es peligroso. Si los gobernadores huelen que la motosierra se melló, irán por más fondos; si la calle percibe flojera, la presión se multiplicará. Por eso sobreactúa. El problema es que evitar que la nave entre en pérdida exige pulso firme y sangre fría: un buen comandante sabe que suavizar la inclinación a tiempo no es debilidad, sino la única forma de mantener el avión sustentable en el aire.
Los hechos de los últimos días no hicieron más que confirmar que el piso de la intransigencia empezó a ceder. La semana dejó como saldo una derrota de alto impacto político y fiscal en Diputados, donde el Gobierno tuvo que ceder ante la presión combinada de la Iglesia y la oposición para sostener la Ley de Discapacidad. Aceptar un costo que hasta hace poco la Casa Rosada calificaba de innegociable demostró que la amenaza del veto ya no opera como un cheque en blanco. A esta concesión se sumó la restitución de los límites a la Ley de Tierras —un acatamiento a la Corte Suprema que retrotrae normativas del kirchnerismo— dejando en evidencia que cuando la gobernabilidad apremia, los dogmas deben dar un paso al costado.
A las complicaciones en el Congreso se sumó un freno en el frente externo: el reparo explícito de los EEUU sobre la futura Ley Malvinas, exigiendo no perjudicar a las empresas de ese país proveedoras de las petroleras en las islas. El apercibimiento de Washington expuso los límites de los alineamientos automáticos y dejó al desnudo que la diplomacia real exige un pragmatismo que no se resuelve con discursos para la tribuna. El canciller Pablo Quirno quedó una vez más desairado, ya que primero desmintió el diferendo y luego tuvo que poner la cara a la hora de blanquearlo junto al número 2 del Departamento de Estado.
Sin embargo, el dato más inquietante para la cabina de mando provino de la economía real, donde las estadísticas macro mostraron casi todos sus indicadores en dificultades. Salvo por el impresionante impulso del sector exportador, la actividad económica volvió a replegarse, la inflación mayorista (la que suele leer Milei como predictora del IPC) dio un rebote de advertencia y el consumo masivo (en supermercados también) profundizó su caída. La teoría de que la recesión ya había quedado atrás chocó de frente con las planillas de los comercios y el bolsillo de los consumidores.
Los mercados financieros, siempre atentos al timing y a la sustentabilidad política del plan, leyeron el combo completo de la semana y pasaron factura sin demora. La incertidumbre generada por el costo fiscal de las concesiones en el Congreso, sumada al persistente enfriamiento de la economía real, tuvo un impacto inmediato en el tablero: el altímetro del Riesgo País trepó por encima de los 700 puntos básicos. El salto hacia la cota más alta en meses encendió luces de advertencia que la cabina de mando no puede permitirse ignorar.
En definitiva, la semana dejó al desnudo que el camino hacia el año electoral exige una maniobra de descenso tan helada como imperiosa. El verdadero dilema para Milei no es si decide olvidarse de la ortodoxia por un tiempo, sino si será capaz de comprender que aflojar la presión sobre los mandos no es rendirse, sino evitar el colapso de su avión. Entre la presión parlamentaria, los límites de la geopolítica y el consumo en rojo, el margen para la pureza dogmática se le ha agotado. Si pretende asegurar la continuidad política y alcanzar un aterrizaje firme, el comandante deberá entender que, a veces, disimular la maniobra y emprolijar el descenso es la única diferencia entre adaptar el plan o terminar estrellando la nave.