Tengo exactamente 71 años, 10 meses y 7 días. Cuento con estudios universitarios, crié a dos hijos, disfruto de dos nietos, planté un árbol en la plaza de Caballito que hoy da sombra a nuevos caminantes, escribí un libro e integré la autoría de varios otros. Domino herramientas e infraestructura informática moderna y le di pelea a dos carcinomas. Sin embargo, para la maquinaria productiva e institucional de la Argentina, pasé a integrar la mal llamada “clase pasiva”. Traducido sin eufemismos: material descartable. Esta es la cara más amarga y cotidiana del edadismo, una discriminación silenciosa, hipócrita y fuertemente arraigada en el mercado laboral local. Se habla continuamente de inclusión, diversidad e innovación, pero al momento de contratar, mantener o convocar a un profesional senior, la fecha de nacimiento opera como una guillotina, una motosierra que tala las extremidades. Mientras que en las economías más desarrolladas del mundo la longevidad activa se entiende como una ventaja competitiva donde la visión estratégica, el pensamiento crítico, la resiliencia y el acervo de conocimientos de la tercera edad son respetados e integrados en comités directivos, asesorías y mentorías, en Argentina prevalece una miopía cultural alarmante. Aquí se asocia erróneamente la madurez con la obsolescencia. Se asume desde un prejuicio ignorante que rebasar cierta barrera etaria implica quedar desconectado de la tecnología o carecer de dinamismo. Mi propio trayecto desmiente esa falacia, el conocimiento no expira con el almanaque y la capacidad de adaptarse a la era digital es una cuestión de actitud y formación, no de partida de nacimiento. El edadismo no solo hiere la dignidad y vulnera el valor intrínseco de quien lo sufre a nivel individual; empobrece a toda la sociedad. Al marginar sistemáticamente a ciudadanos con una vasta trayectoria laboral, se dilapida capital intelectual; se descartan décadas de resolución de problemas, gestión de crisis y liderazgo probado. Se interrumpe la transmisión intergeneracional, se priva a las nuevas generaciones del padrinazgo y la guía de quienes ya recorrieron el camino. Se perpetúa un modelo desechable, consolidado una cultura empresarial cortoplacista que valora el envoltorio por encima del contenido. Restringir el valor de un ser humano a su estatus contributivo o a un rango etario arbitrario es un error ético y económico que no podemos seguir tolerando. La experiencia no es una carga, es el activo más valioso que una comunidad puede ostentar. No duele únicamente el portazo en la cara ni la fría respuesta del sistema que ignora el currículum de una vida; duele ver cómo mis nietos me miran con orgullo mientras un mercado ciego me trata como una sombra inservible. Duele saber que el árbol que planté en la plaza del Caballito seguirá creciendo, firme y ofreciendo sombra durante  décadas, mientras que a mí, con la mente intacta y la pasión encendida, me borran de un plumazo por el simple delito de acumular inviernos. Meten la pata hasta el cuadril. No me declaro vencido ni pido limosna institucional. Mi historia no es un desecho del pasado, es un testimonio vivo de resistencia y capacidad. Que les quede claro a los burócratas del descarte y a los ejecutivos de visión corta que mi experiencia no es una condena, es una conquista; y no voy a pedir perdón por haber vivido, aprendido y seguir estando de pie.

Francisco Manuel Silva                                         

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