La fertilización debe evaluarse por su efecto sobre el rendimiento y el resultado económico del cultivo, y no solo por el costo de los nutrientes. Ese fue el eje del encuentro con la prensa realizado por Fertilizar Asociación Civil (Fertilizar AC) bajo el título “La matemática del lote”, en el que se vincularon los fundamentos agronómicos de la nutrición con las cuentas que utilizan la empresa agropecuaria y el productor para tomar decisiones.
La jornada se organizó en dos partes para presentar los datos de “la matemática biológica” y “la matemática económica”. La primera abordó los requerimientos nutricionales de los cultivos, la extracción de nutrientes a través de las cosechas, los modelos de diagnóstico y la eficiencia agronómica de uso de los nutrientes. La segunda se concentró en las relaciones entre el costo de los fertilizantes y el precio de los granos, y en cómo las decisiones de manejo se trasladan al margen bruto.
La gerente ejecutiva de Fertilizar AC, María Fernanda González Sanjuan, explicó que el objetivo fue aportar herramientas cuantitativas para relacionar la respuesta biológica de los cultivos con el análisis económico de la actividad. “La idea es contar con elementos más precisos para evaluar situaciones en las que se plantea que ‘los números no dan’”, afirmó.
Por su lado, el coordinador técnico, Esteban Ciarlo, señaló que el primer paso consiste en conocer los requerimientos nutricionales del cultivo y cuántos nutrientes se extraen efectivamente con la cosecha, dado que las plantas toman nutrientes que no necesariamente terminan en el grano, debido a que una parte permanece en los residuos vegetales.
En el caso del maíz, por cada tonelada de grano producida el cultivo requiere 20 kilos de nitrógeno (N) y 4 kilos de fósforo (P), mientras que la extracción por el grano es menor: alrededor de 14 kilos de N y 3 kilos de P por tonelada.
Con un rendimiento promedio nacional de 7,7 toneladas por hectárea en la campaña 2025/26, la extracción estimada alcanzó unos 105 kilos de N y 23 kilos de P por hectárea. Esos valores permiten medir la cantidad de nutrientes que salen del lote con la producción. El problema se da cuando el aporte de la fertilización queda por debajo de lo que se extrae: en ese caso, parte de la producción se sostiene con los nutrientes que aporta el propio suelo, un insumo que no figura directamente en las facturas de la campaña.
Ciarlo también analizó el comportamiento de los nutrientes en un contexto de campaña con elevadas precipitaciones. “El nitrógeno es móvil y puede perderse por lavado, por lo que su disponibilidad debe evaluarse en relación con el ciclo del cultivo”, advirtió. El fósforo, en cambio, tiene menor movilidad y puede acumularse en el suelo, por lo que su manejo tiene relación con la disponibilidad en las campañas posteriores (medición que aporta el índice de P Bray).
El especialista introdujo el concepto de eficiencia agronómica, que definió como los kilos adicionales de grano que se obtienen por cada kilo de nutriente aplicado, y resaltó la importancia de la nutrición balanceada. “Aplicar un nutriente de manera aislada no siempre permite aprovechar todo su potencial si otros elementos limitan el crecimiento. La dosis, la fuente, el momento y la forma de aplicación también condicionan la eficiencia de la fertilización”, agregó.