Para cualquier deportista de club, los días se organizan pensando en el fin de semana. El entrenamiento, la táctica y los nervios antes de entrar a la cancha. Para Mónica Ruesjas (abogada, exconcejal y jugadora de hockey en Tucumán Rugby), el calendario también giraba en torno al sábado. Pero durante sus tratamientos oncológicos, el punto de partida era otro; recibir la quimioterapia los martes para llegar recuperada al partido.
“Era el único momento en el que estaba abstraída absolutamente del tratamiento, de los análisis y de las aplicaciones. El deporte ha sido una soga a la cual me aferré”, recuerda.
El recorrido de Mónica incluye dos diagnósticos de cáncer. El primero en 2012 y, tras más de una década de tregua, un segundo golpe en 2023 que demandó una mastectomía, sesiones de quimioterapia e inmunoterapia.
En medio del tratamiento, siguió compitiendo en la categoría preintermedia del club “verdinegro” y sumándose a los partidos semanales de fútbol con su grupo de amigas. En su casa, el deporte es rutina. Su esposo Juan, su hijo “Juanchi” y su hija Mili también compiten. “El deporte te salva porque te da otro espíritu, te enseña a luchar”, dice.
La pelea contra la enfermedad se cruzó con pérdidas sucesivas y demoledoras. Entre ambos procesos oncológicos, Mónica despidió a su padre (“Pichón”), a su hermano “Pecas” (que en el primer cáncer se había rapado la cabeza en solidaridad) y a su madre Cristina. La muerte de Cristina fue la más cruel en el tiempo. Ocurrió el 16 de agosto de 2025, nueve días antes de que Mónica recibiera la última aplicación de inmunoterapia. “Estaba peleando para terminar con la enfermedad y tenía en la cabeza que no me podía caer. Pero el dolor era inmenso. Me agarré de pensar que tiene que tener algún sentido que yo siga acá y que ellos estarían felices de verme bien”, dice.
“Creer una vez más: Cáncer, duelo y el arte de habitar un cuerpo nuevo”, el libro que escribió, no nació durante la vorágine de los tratamientos sino con la llegada de la remisión. Fue entonces cuando apareció una pregunta tan inesperada como paralizante: ¿Y ahora qué?
Mónica desarma el mandato que impone festejar de inmediato, como si nada hubiera pasado. “Uno no queda bien, a uno le ha pasado un camión por encima. No es solamente estar vivo: es volver a vivir con cómo tu cuerpo quedó después de los tratamientos”, relata.
En sus 146 páginas, el libro aborda el impacto psicológico de la mastectomía con una franqueza que incluye la escena más íntima: el tiempo que le llevó poder pararse frente al espejo. “Me bañaba rápido, sin querer mirarme. Y la primera vez que me vi la cicatriz... Fue impactante”, relata.
Hija de un periodista y de una locutora, Mónica encontró en la escritura el modo de ordenar lo vivido y de devolver algo de la contención que recibió. Aclara que su libro no apunta solamente a los pacientes oncológicos, sino a cualquiera que necesite creer que puede seguir adelante.
“Por más golpes que te dé la vida, siempre te va a dar una revancha. Soy una convencida de que siempre lo mejor está por venir”, dice.
Con el libro en la calle y la bocha todavía en movimiento cada sábado, Mónica mantiene abiertas sus redes sociales para escuchar a quien lo necesite. La misma frase con la que resume la entrevista es, al mismo tiempo, la razón del libro: “No lo escribí para buscar compasión ni para dar lecciones, sino porque estoy viva”.