La geografía de Tucumán tiene una particularidad que define su paisaje y su identidad. La montaña se eleva al oeste de la capital tucumana y otros cerros y picos se divisan hacia el noreste y hacia los Valles Calchaquíes. Esa cercanía hace que los cerros formen parte de la rutina deportiva de cientos de tucumanos y del itinerario frecuente de quienes visitan la provincia. Sin embargo, cada vez que la naturaleza impone sus reglas y un senderista queda desorientado o atrapado en la altura, como ocurre en estas horas con la búsqueda de Raúl Moyano en el cerro Ñuñorco, el territorio expone una deuda estructural que no puede seguir atendiéndose únicamente desde la emergencia.
El Ñuñorco Grande, con sus más de 3.300 metros sobre el nivel del mar, es uno de los objetivos clásicos de la media y alta montaña local. Quienes transitan sus filos conocen las dificultades del terreno: desniveles pronunciados, cambios bruscos de temperatura, vientos intensos y el ingreso repentino de nubosidad baja que puede borrar cualquier referencia visual en cuestión de minutos. Pero el riesgo no es exclusivo de esta cumbre. Se repite en los senderos que trepan hacia Tafí del Valle, en las quebradas de El Cadillal, en los accesos a Mala Mala o en las sendas más concurridas de Las Yungas. La belleza del entorno convive con una severidad que no admite improvisaciones.
Frente a esta realidad, la respuesta del Estado suele activarse con notable profesionalismo y entrega humana en la fase más crítica: la búsqueda. Policías, rescatistas, bomberos y baqueanos despliegan operativos complejos, con helicópteros, drones y rastrillajes a pie en quebradas de acceso casi imposible. Pero la pregunta que debe interpelar a las autoridades de los distintos niveles de gobierno es qué se hace antes de que suene la alarma.
En otras provincias argentinas con tradición de montaña como Mendoza, Córdoba, Neuquén o Río Negro, el uso recreativo y deportivo de los cerros está encuadrado en políticas públicas preventivas de largo plazo. En esos distritos existen registros obligatorios y digitalizados de trekking en los accesos principales, donde cada caminante debe consignar su itinerario, hora estimada de regreso, equipo básico y contactos de emergencia. Asimismo, los senderos más transitados cuentan con señalética estandarizada según niveles de dificultad, marcas visuales reflectivas en las piedras para condiciones de escasa visibilidad y postes indicadores de distancia y altitud.
En Tucumán, por el contrario, la infraestructura preventiva sigue siendo fragmentaria y, en muchos casos, inexistente. La mayoría de los accesos a los cerros carecen de puestos de control fijos donde se informe el estado meteorológico del día o se verifique si quien asciende cuenta con la indumentaria y los elementos mínimos necesarios. La señalización depende con frecuencia de iniciativas particulares, marcas precarias de pintura que se desgastan con las lluvias o registros informales en libretas vecinales. En una provincia que busca posicionarse de manera constante como un polo de turismo de naturaleza y de aventura, esa orfandad de infraestructura representa un contrasentido evidente.
Diseñar una política integral de seguridad en montaña no requiere inversiones desmedidas ni implica prohibir el acceso a la naturaleza, que constituye un derecho y una práctica saludable. Supone, en cambio, articular la labor entre áreas de Turismo, Seguridad, Medio Ambiente y los municipios involucrados para establecer tres o cuatro pautas básicas: señalizar con claridad los senderos habilitados, delimitar las rutas no recomendadas, implementar un sistema unificado y ágil de registro previo de ingreso y educar al visitante sobre los límites que impone la geografía.
La desaparición de un deportista en el Ñuñorco conmueve a la comunidad y concentra todas las energías en el rescate. Es el momento de la solidaridad y del esfuerzo operativo. Pero también debe ser el punto de inflexión para que los organismos estatales asuman que la cordillera tucumana no puede gestionarse sola.