¿Cuántas veces pasamos delante del antiguo edificio ubicado en San Martín y Marco Avellaneda? Pues bien, ese edificio es parte de nuestra historia y tiene 150 años. Allí llegó, por primera vez, una locomotora a San Miguel de Tucumán desde Córdoba y, al día siguiente, se inauguró oficialmente el Ferrocarril Central Norte. Fue el 30 de octubre de 1876. Y no fue simplemente la llegada de un tren: fue la llegada de una nueva época para Tucumán. Hasta entonces, nuestra provincia estaba unida al resto del país por caminos difíciles y largas caravanas de carretas. Los productos tucumanos debían recorrer enormes distancias hasta alcanzar los mercados del Litoral. El ferrocarril modificó esa realidad y abrió una comunicación más rápida con Córdoba, Rosario y Buenos Aires. La idea venía de años atrás. Durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento se había autorizado el tendido del ferrocarril Córdoba-Tucumán. En 1871 se avanzó en la contratación de las obras y, al año siguiente, se aceptó la propuesta de Télfener y Compañía. Comenzaba así una verdadera epopeya del riel. Fueron más de 500 kilómetros de vías atravesando territorios difíciles, construyendo puentes, terraplenes y estaciones. Entre quienes participaron de aquella empresa estuvo un joven francés, Clodomiro Hileret, quien años después sería uno de los grandes protagonistas de la industria azucarera tucumana. Sarmiento tendría todavía un papel especial en esta historia. Ya no era presidente cuando el ferrocarril llegó a Tucumán, pero acompañó a Nicolás Avellaneda en el viaje inaugural. Viajó en aquel primer convoy y participó de los actos del 31 de octubre. Para el sanjuanino, el ferrocarril era mucho más que una obra de ingeniería: formaba parte de su idea de una Argentina moderna, comunicada por los rieles y el telégrafo y transformada por la educación y el progreso. Nicolás Avellaneda, tucumano y entonces presidente de la Nación, fue la gran figura de aquella jornada. La ceremonia oficial se realizó el 31 de octubre de 1876. La llegada del primer convoy había ocurrido el día anterior, 30 de octubre, pero un fuerte temporal obligó a postergar los festejos. El ferrocarril permitió transportar con mayor rapidez la producción tucumana y facilitó la llegada de máquinas, herramientas y combustibles. La industria azucarera encontró en el tren una herramienta decisiva para su crecimiento. Tucumán comenzó a integrarse de manera mucho más estrecha con el resto de la Argentina. Las distancias comenzaron a medirse de otra manera. Viajar dejó de ser una aventura de muchos días en carreta. Personas, mercancías, noticias, libros e ideas comenzaron a circular a una velocidad desconocida. Tengo la dicha de ser amigo de toda la vida de Luis Hugo Mena. Su abuelo materno, José Augusto Ghio, hijo de italianos, nació en Valparaíso, Chile, y luego se radicó en Tucumán, donde se nacionalizó argentino en 1932. Trabajó en el ferrocarril durante 52 años, desde 1922 hasta 1974, entregándole buena parte de su vida. Amó profundamente aquella institución ferroviaria, primero vinculada a capitales británicos y luego nacionalizada. Murió todavía en funciones, fiel hasta el último día a su trabajo y a su ferrocarril, me lo cuenta orgulloso su nieto. Su historia es, de alguna manera, la de tantos ferroviarios que hicieron del riel una vocación y acompañaron el crecimiento de Tucumán y del norte argentino. A instancias de mi querido amigo Luis Hugo Mena, cierro estas líneas con un afectuoso homenaje a José Augusto Ghio y, a través de él, a todos los ferroviarios que durante generaciones hicieron del tren una parte entrañable de nuestra historia. Hoy vemos el gran deterioro que sufren tanto el ferrocarril como las vías en nuestro país. Yo me pregunto ahora: ¿volveremos algún día en Argentina a tener aquel transporte ferroviario por el que sentía tanto orgullo José Augusto Ghio y tal como lo tienen tantos países de la tierra? Yo hago votos porque sí.

Juan L. Marcotullio

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