Por José María Posse
Abogado / escritor / historiador
Las antiguas crónicas, que se remontan al Siglo XVIII, denominaban a la hoy populosa ciudad con el nombre de Estancia de Yerba Buena, La Aguada de Yerba Buena o simplemente Yerba Buena. Se debería el vocablo a la fertilidad del suelo, donde se conseguían hierbas suficientes para el ganado. Todas estas tierras pertenecieron a la Orden Jesuita hasta su expulsión en 1767, por mandato de la Corona Española.
Entre las primeras familias que habitaron la zona de la actual Plaza Vieja se registran a los Vera, grandes latifundistas, benefactores e impulsores de la primitiva población. También deben señalarse a las familias Domínguez, Sosa, Leal, Ayala, Bustos, Jiménez y Andrade entre los primeros habitantes del pueblo.
En 1834 Juan Bautista Alberdi escribió maravillado en sus Memorias que, “penetrando en los bosques del oeste de la ciudad, a través de una calle estrecha de cedros y cebiles de 15 cuadras, se abría repentinamente a los ojos una plaza de figura irregular, en ese lugar denominado la Yerba Buena”. La describe extasiado: “por los lados redondeados de muchas islas de laureles por entre las cuales a veces pasa la vista a detenerse a lo lejos en otros bosques y prados azules. Al oeste el cuadro se coronaba con las montañas, cuyas amenas y umbrosas faldas principian en el camino mismo. Al penetrar en sus bosques se pasmaba ante la audacia de los gigantescos árboles que pretendían ocultar sus cimas en los espacios del cielo”.
Los Vera
Era perteneciente a la antigua familia de los Vera, quienes estuvieron en la fundación misma la ciudad de Tucumán; el capitán don José Manuel Vera nació en la Yerba Buena hacia finales del siglo XVIII, dedicándose desde muy joven a las actividades agropecuarias en los campos heredados de sus mayores. Desde la adolescencia sirvió en las milicias de Tucumán, con diversos grados, figurando en 1811 entre los milicianos regimentados de la provincia por el departamento Yerba Buena.
Cuando los sucesos de septiembre de 1812, llamado por el líder gaucho don Bernabé Aráoz, tomó las armas a favor de la patria naciente, encabezando la partida de yerbabuenenses que formó el ejército del general Manuel Belgrano y que se llenó de gloria un 24 de Septiembre de 1812 en la Batalla de Tucumán. Es tradición familiar que, con el grado de capitán de milicias, peleó también en la Batalla de Salta, Vilcapugio y Ayohuma donde sufrió heridas, por lo que regresó a Tucumán con honores. Su nombre se pierde en el fragor de las luchas posteriores entre unitarios y federales, siempre del lado de su líder federal, el coronel mayor Aráoz, quién lo tuvo entre sus más leales.
El capitán Vera simboliza la participación activa y decisiva de los vecinos de Yerba Buena en la gesta por nuestra independencia. Hoy una calle del municipio lo recuerda, como así también la avenida Solano Vera honra a uno de sus generosos vecinos. Don Solano donó una importante fracción de sus tierras para abrir las primeras calles de la primitiva urbanización, algunas de ellas hoy convertidas en transitadas avenidas.
Octaviano
Otro de los representantes destacados de la familia fue don Octaviano Vera. Productor agropecuario, procurador y periodista que fue electo en representación de la Unión Cívica Radical como Gobernador de la provincia de Tucumán (1922-1926). También fue electo por la UCR como Diputado Provincial (1917-1921) y Diputado de la Nación por la provincia (1918-1922), pero renunció al cargo el 1 de febrero de 1922 para asumir la gobernación tucumana.
Desde muy joven incursionó en la política tucumana, primero en el partido Unión Liberal y en 1912 se sumó al radicalismo integrando más tarde el sector antipersonalista. El “Gobernador de la alpargata”, al como se lo supo llamar por enarbolar ese calzado en franco apoyo a los sectores más castigados de la provincia, tuvo que sufrir durante su gestión al frente de la gobernación tucumana diversos conflictos, en especial en lo político tanto con los sectores más conservadores de la provincia como también en el marco partidario donde el enfrentamiento permanente entre su sector denominado “varelista” o “azules” y el “bascarystas” o “rojos”, liderado por el ex Gobernador Juan Bautista Bascary, que respondía al sector personalista de la UCR.
Los enfrentamientos culminarían con la intervención de la provincia decretada en Octubre de 1923. Hombre sencillo de gran calidad oratoria, invirtió y gastó toda su fortuna y bienes en la actividad política muriendo casi en la pobreza. Falleció a los 49 años en agosto de 1927.
Los Domínguez
La antigua familia Domínguez tiene su origen en un capitán de la Conquista, don Diego Chávez Domínguez, llegado al Tucumán en la primera mitad del siglo XVIII. Uno de sus descendientes, Don José Lorenzo Domínguez, nacido en 1785, fue adquiriendo desde 1810 vastas extensiones de tierras en Yerba Buena (monte de los naranjos y ojo del agua de Cuchillazo), Lules, Mancopa, Río Colorado y en la estancia Río Blanco del Cerro Negro, también llamada Simbol Yacu, ubicada en la provincia de Salta cerca de Rosario de la Frontera. En 1812 se unió en matrimonio con María de La Trinidad Molina Rubert (1793-1840), sobrina carnal de dos célebres hermanos: el Obispo José Agustín Molina y el Diputado Manuel Felipe Molina. De este matrimonio nacieron don Zoilo José Antonio (1826-1884), Isabel (1830), Gregorio, Félix José (1835) y Zoila.
Además de dedicarse a actividades agropecuarias tuvo una intensa actividad política. Como estrecho colaborador en Tucumán de Don José de San Martín y tras la victoria de Chacabuco (febrero de 1817), Lorenzo junto a Bernabé Araoz y José Víctor Posse, en sesión del Cabildo del 26 de Febrero, resolvieron homenajear al General por unanimidad, nombrándolo “Regidor Más Antiguo con Voto Perpetuo”. En tiempos del gobernador federal Celedonio Gutiérrez, ocupó el ministerio de Gobierno, el que ejerció con absoluto decoro. Le tocó ser gobernador delegado del titular del ejecutivo, hasta el derrocamiento de Gutiérrez. Luego de estos acontecimientos, sufrió cárcel, persecuciones y la expropiación de sus bienes. Años más tarde, logró recuperar sus tierras de la Yerba Buena ya de vuelta en Tucumán. Don Lorenzo Domínguez falleció el 19 de diciembre de 1860. Uno de sus hijos, el Presbítero Doctor Zoilo Domínguez (1816-1865), fundó la villa (hoy próspera ciudad) de San Isidro Labrador de Lules el 20 de noviembre de 1851 y otra de sus hijas, Isabel, fue la madre del célebre luleño, médico científico y político Eliseo Cantón (1861-1937).
La villa
El 31 de octubre de 1906, el gobernador de Tucumán, ingeniero Luis F. Nougués, con la firma de su ministro de Gobierno, doctor Julio López Mañán, elevaba a la Legislatura un minucioso proyecto. Se trataba de “la fundación de un pueblo sobre la avenida Mate de Luna, en los terrenos de propiedad particular que expresa el plano levantado por el departamento de Obras Públicas”. En esa época, la arteria se llamaba Mate de Luna desde la ciudad hasta el pie del cerro.
Con ese destino, se aceptaba la donación de 80.000 metros cuadrados que hacía el vecino don Fermín Cariola, y se aprobaba la reserva de propiedad, que formulaba dicho donante, de 15.000 metros cuadrados dentro del trazado del pueblo, a condición de que los lotes que con ellos se formaran se sujetasen a las prescripciones de la ley.
La extensión total del nuevo pueblo sería de 336.000 metros cuadrados. Para completarla, se declaraba sujeta a expropiación un área de 241.000 metros cuadrados, medida que afectó propiedades del mismo Cariola, de Manuel Matos, de Benedicto Salinas, de Marcial Imbaud y de Miguel Muro. Se formarían lotes de 48 metros de frente por 48 metros de fondo, que el Poder Ejecutivo “enajenará en remate público, por un precio no inferior a su costo, en una sola vez o progresivamente, según las demandas de los mismos aconseje”. El texto reglamentaba otras condiciones del loteo, como la forma de pago de los adquirentes, la exención de impuestos, la inversión en apertura de calles, etcétera. Todo comprador, estaba obligado a edificar en su lote “dentro de diez años contados desde el otorgamiento de la escritura”. El célebre martillero don Alejandro Sancho Miñano, fue el encargado oficial de la subasta.
Los considerandos del gobernador Nougués expresaban que “la amplia y bien conservada avenida” en cuyo extremo poniente se proyectaba el nuevo pueblo, ofrecía “la posibilidad de ampliar los medios ordinarios de transporte para trasladarse a la ciudad; lo que significa una especial ventaja para la mayor parte de la gente de negocio y de trabajo”. Ventaja que “será aun mayor el día, no lejano, en quede ligada por la línea de tranvía eléctrico que debe establecerse en la capital”. Añadía que “la elevación del paraje, su proximidad a las sierras, la facilidad de dotarlo de aguas corrientes con fuentes propias y la gran subdivisión de la propiedad en las zonas adyacentes, aseguran al nuevo pueblo una vida y desarrollo ciertos”. Esto debido “no sólo a la población de la capital, que buscará en él un punto fácilmente accesible, sino al comercio y las industrias de la región, que necesitan un centro de población para concentrarse y crear el mercado de sus transacciones diarias”.
La iniciativa sería sancionada el 7 de diciembre de 1906, y Nougués y López Mañán la promulgaron como ley el 10. Cinco meses más tarde, ambos firmaron el decreto del 27 de mayo de 1907, que bautizó “Marcos Paz” a la nueva villa, en honor al ex vicepresidente tucumano, quien había ejercido la presidencia de la República muchos años, en ausencia del titular Bartolomé Mitre, durante la Guerra del Paraguay. El casco histórico de la villa de Marcos Paz, hoy es parte esencial de la pujante ciudad de Yerba Buena.