Por Fabián Soberón
Para LA GACETA - TUCUMÁN
Es cierto que el Nobel le da luz a autores que, de otro modo, permanecerían en silencio. Por eso el premio no es solo bienvenido sino que es auspicioso ya que ha sido otorgado a una autora que lee en el mundo antiguo algunas claves para pensar en el presente, en el dolor más íntimo, en las formas de la tragedia contemporánea y que escribe versiones díscolas de las historias antiguas. La inteligencia de Carson intersecta géneros, alumbra zonas del arte (y el mundo) con sus intervenciones críticas y experimenta con la ruptura de la sintaxis y de las palabras que a veces parecen dormidas si no fueran trabajadas como ella lo hace.
Eros, el dulce amargo
En Eros, el dulce amargo (Ed. Fiordo, 2015) Anne Carson analiza un poema de Safo y elabora una hipótesis sobre la fuerza ciega de Eros. El dios del deseo funciona según la disposición de un triángulo. La forma geométrica designa el comportamiento y la lógica del deseo. El amante, el amado y aquello que se interpone entre ambos son los puntos fugaces de la figura huidiza del Eros amoroso. Carson es especialista en la cultura clásica. Su estudio la lleva a indagar en múltiples poetas y autores antiguos, pero su sabiduría basada en el griego antiguo no se estanca en la erudición. Con lucidez inusual, conecta lo antiguo con lo moderno, el análisis experto con la ruptura. Carson ha reescrito dos grandes tragedias: Las bacantes y Antígona. Tanto en una como en otra Carson subvierte el argumento e inserta reflexiones propias, cita autores, piensa el deseo, ensaya sobre la filiación y la pérdida. Carson toma los argumentos antiguos y escribe poemas díscolos: inserta problemas que no existen en el original, destaca personajes y le adjudica parlamentos innovadores.
Bakkhai: el extranjero y las bacantes
“Dionisio es dios/ del comienzo/ antes del comienzo”, dice el texto en el inicio de Bakkhai (Ed. La pollera, 2020), la versión de Carson de Las bacantes, de Eurípides. Cadmo, el padre de Ágave, le dice a Ágave que ella cometió hybris, que ella negó que Dionisio fuera un dios. Por esa desmesura el dios del vino y del sexo se venga. Ella, enloquecida y entorpecida, mata a su propio hijo, el rey Penteo.
Ágave no sabe que está cometiendo un delito. Ella se une a las Bacantes y con ellas asalta pueblos, arrasa con los bienes y con las personas, destruye lo que existe. Ciegas por el frenesí de Dionisio, avanzan y destruyen todo lo que tocan. Nada queda indemne frente a la fuerza invisible de la pasión.
Dionisio es el dios del deseo originario, nos dice la versión de Anne Carson. Nadie puede ir en contra del dios extranjero. El extranjero y los extranjeros se rebelan frente a aquellos que no siguen la pasión prístina. El dios está por encima de todas las cosas y de los hombres. ¿El sexo y el placer están por encima de la civilización? ¿Qué les ocurre a aquellos que no escuchan la flauta de las Bacantes?
Hay una pregunta que está por debajo de estas: ¿la música del placer es el sonido originario y, por tanto, es una música imposible de rechazar?
Ni el adivino Tiresias ni el pastor ni las Bacantes pueden ir en contra de la seducción del extranjero. ¿Por qué le llaman extranjero? ¿Es solo porque viene de otra cultura o es extranjero porque está fuera del orden civil?
Anne Carson -a través de Eurípides- nos dice que el placer y la ley civil no pueden convivir bajo el mismo cielo protector.
Antigo Nick
Antigo Nick (Ed. La pollera, 2022) traduce de forma creativa el nombre Antígona, la tragedia de Sófocles. “Antigo” es Antígona y “Nick” es un personaje mudo (uno que no existe en el orden griego), pero que en la pieza inclasificable de Carson tiene un lugar: Nick es “nick of time”, el filo del tiempo, el último momento. Nick no tiene parlamento pero aparece para reforzar la tensión que se arma en la pieza. Creonte (quien se desplaza en un bote a motor) es no solo un tirano sino que también es el que dice: “Aquí está Creonte/al filo de la hora”. En un gesto evidente de referencia intertextual (citando las múltiples interpretaciones que se hicieron de ella), Creonte le dice a Antígona: “tú eres autónoma/ autárquica/ autodidáctica autodoméstica/ autoempática/ autoautoterapéutica/ autohistórica/autometafórica/ autoerótica/ y autoengañada”.
La renovación más contundente aparece con Euridiké (ella “deshizo sus ojos en la oscuridad”), quien tiene un largo monólogo que revisa las palabras adjudicadas y que tarda en salir de escena, a pesar de que todos adelantan su huida. Es como si Carson rechazara las convenciones de la tradición y forzara a los lectores a otorgar a Eurdiké el lugar que se merece.
“Ninguna ciudad le pertenece a un solo hombre”, dice Hemon, el hijo de Creonte. Este verso está cargado de futuro. Hemón se opone al padre y ve en él un dictador, pero el destino de Hemón no es la vida sino la muerte.
“Creonte o no Creonte”, pronuncia Antígona en la versión de Carson. La duda del personaje es una evidente cita del bardo inglés. Carson piensa a Sófocles con la tradición poética de Occidente en sus espaldas y reescribe un clásico desde una posición de ruptura: rompe el tiempo y el punto de vista. En un diálogo con su hermana Ismene, Antígona anuncia: “Hegel dice que estoy equivocada”. En un superlativo gesto anacrónico el personaje de Carson tiene reúne fuerza antigua y el ímpetu divergente del arte innovador.
El mensajero le pide a Creonte que expanda su mirada, pero el tirano no puede hacerlo. El coro le pide sabiduría, pero Creonte ya no tiene tiempo ni vida. La tragedia se acaba. Nick sigue midiendo el tiempo de lo que se pierde.
Las piezas de Anne Carson están hechas de metaficción y metalenguaje. Se apropia de los textos clásicos y escribe poemas que siguen el eco de la furia de Antígona y el fervor insepulto de Ágave.
¿Eros es más amargo?
Hacia el final de Eros, el dulce amargo, Anne Carson imagina cómo sería una ciudad sin deseo. Sostiene que sería una urbe plana, sin imaginación. Siguiendo a Aristóteles, dice que sería una ciudad aquinética (sin kinesis), sin fantasía, abúlica, desprovista de vida.
Sin proponérselo, Anne Carson piensa en la sociedad contemporánea: una sociedad sin Eros es la nuestra, en la que las personas han dejado que la imaginación y la poesía sean trituradas por la lógica de lo repetitivo.
Eros -el deseo originario- nos impulsa a romper la lógica del consumo; Eros nos invita a ir de lo conocido a lo desconocido. Hoy Eros ¿es más amargo que dulce? Safo ha muerto dos veces -parece decirnos Carson- y su obra canta el silencioso dolor por la tragedia contemporánea.
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Fabián Soberón - Escritor, cineasta y docente.