Al fondo del predio municipal de Banda del Río Salí, detrás de un arco y de la tierra que levanta el trote de decenas de chicos, camina Mario Páez. Con las manos en los bolsillos, recorre el lugar sin apuro. Un par de adolescentes lo cruzan, le tiran una broma futbolera al pasar y se ríen. El entrenador les devuelve la chicana con una sonrisa y sigue derecho hacia el equipo de LA GACETA que va a entrevistarlo.

Aunque formalmente es el director técnico de la Primera División de Fundación Mapa, esa descripción le queda corta. El hombre que fundó la institución en 2011 llega a las cuatro de la tarde (a la misma hora que los primeros Cebollitas) y se va pasadas las nueve de la noche, cuando el último jugador del plantel superior termina de elongar. “Esto es una pasión, acá no se gana mucha plata, tampoco se vive de esto. Pero estamos de lunes a lunes”, afirma.

Para aprovechar la luz de la tarde y hacer unas fotos antes de que el sol caiga, camina hacia la otra punta del predio. El DT no deja de mirar lo que pasa alrededor. Clava la vista en una mujer que camina algo perdida por el lateral y le habla: “¿Usted es la mamá de fulano? Vaya para allá, que ahí la anotan”, dice. La mujer asiente agradecida y él retoma el paso.

Vocación de formador

Lleva 30 años enseñando fútbol. La mitad de ese camino la hizo en las divisiones formativas de Atlético y de San Juan, hasta que sintió que el molde tradicional no alcanzaba. “Veía que no le daban a los chicos lo que realmente necesitaban”, recuerda. Entonces armó algo propio. Gestionó para obtener personería jurídica, consiguió el espacio municipal y puso a rodar la pelota, y 15 años después, la escuelita inicial se convirtió en un club que contiene a 300 chicos.

“Trabajamos bajo una regla: primero se forma la persona, segundo el deportista y al último el futbolista”, repite Páez. Aunque suena a frase hecha, explica cómo actúa en la práctica. “Si un chico no aparece a entrenar, preguntamos qué pasó, si tiene problemas en la escuela o en la casa. Yo siempre me voy a los extremos: 300 chicos metidos dentro de un club son 300 menos que pueden caer en la delincuencia. Si no van a ser futbolistas el día de mañana, por lo menos que sean buenas personas”, asegura.

HOMENAJE. Páez decidió fundar Mapa en honor a su hijo fallecido. LA GACETA / Osvaldo Ripoll

A puro pulmón

La charla se da cerca del centro de operaciones del club, en medio de un tablón largo con carpetas gastadas, planillas, certificados médicos y carnets de la Liga Tucumana. Sostener todo eso implica cálculos muy difíciles, asegura. 

El predio no les cuesta un solo peso. El municipio se los cede sin cargo reconociendo el valor de contener a 300 chicos de la zona, un gesto que Mario no pasa por alto. “Hoy en día tenés que tener más de $ 800.000 por partido de local para poder abrir la cancha y recaudás 150.000 o 200.000", explica. "No le cobramos cuota a los chicos; nos movemos con lo que los padres hacen: rifa, bingo, empanadas. Y la Municipalidad también nos está ayudando con la indumentaria para Primera y Sub-20, y para pagar los árbitros o la policía. Estamos muy agradecidos por el espacio y por la ayuda, porque saben que trabajamos con seriedad”.

Si un conjunto de camiseta y pantalón cotiza en $ 30.000, el DT negocia hasta sacarlo por $ 25.000. “Hay gente que nos dice ‘te voy a hacer un descuento para que los chicos tengan su ropita y salgan bien vestidos’. Ponemos propaganda en las camisetas y a cambio siempre nos dan cosas para los chicos. Cada uno se compra la ropa, se la lleva a su casa y la cuida”, agrega.

Hace cinco años Mapa ingresó formalmente a la Primera B de la Liga Tucumana y empezó a meterse en la discusión con clubes de historia. En las últimas campañas dejó en el camino a La Florida y a Unión Aconquija, alcanzó instancias decisivas y dio pelea por el ascenso. Más del 80 % del plantel superior aprendió a parar la pelota en este mismo terreno hace algunos años.

Con esa misma base de chicos criados en la casa, el club atraviesa días decisivos. A falta de apenas dos fechas para el cierre de la segunda fase, disputa mano a mano con Independiente de Tafí Viejo el último boleto a los cuartos de final. Con siete equipos ya clasificados, el sueño de meterse otra vez en los playoffs por el ascenso a la máxima categoría está al alcance de la mano.

El origen del nombre

“No tenía opciones -dice, y por un instante la emoción lo desborda-. Mi primer hijo falleció antes de cumplir tres años por un problema en el corazón que no pudimos salvar nunca. Él se llamaba Mario Páez, igual que yo. Por eso le puse MAPA. Yo trabajo todos los días pensando en que mi hijo está acá, a la par mía, y nos da una mano”. A unos metros de la mesa, mezclado entre los otros niños, corre Lihué, su nieto de seis años, mientras él lo mira de reojo: “Lo veo a él y veo a mi hijo”.

La base familiar sostiene toda la estructura: sus otros dos hijos varones, Lucas (33) y Gastón (30), dirigen las infantiles; su amigo Marcelo Gómez comparte la conducción de la Primera y la Sub-20, y su esposa Nancy junto a su hija Luciana (31) se encargan de la organización diaria.

El mandato familiar

Con la luz de la tarde que se extingue, llega la hora de la foto grupal. Los futbolistas del plantel superior se amontonan frente a la cámara entre empujones y risas. Páez da dos pasos al frente y corta el murmullo: “Bueno, acomódense bien que estamos trabajando”. En un segundo la tropa se alinea y levanta la cabeza, aunque por lo bajo se sigan escapando sonrisas.

“En 10 años voy a cumplir 70 -dice mientras mira cómo se dispersa el grupo hacia el portón-. Mi único deseo es que mis hijos y mi familia sigan con el legado de lo que tanto costó”, lanza. 

Para él, sin embargo, la jornada está lejos de terminar. Acomoda un par de pelotas y reúne al plantel para iniciar el último turno de la tarde. Recién pasadas las nueve de la noche, cuando el predio quede en silencio, revisará que no quede ningún cono olvidado en el pasto y caminará despacio hacia la salida.