Durante décadas, cada 12 de octubre las escuelas argentinas se poblaron de afiches que mostraban, de manera propositiva, el encuentro entre dos mundos, entre dos culturas. La fecha se llamaba entonces Día de la Raza y el relato que la sostenía parecía incuestionable.

Hacia 1992, con el quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América, esa certeza se resquebrajó. Cuestionamientos que seguramente existieron desde siempre, aunque en tono de susurro -sobre todo entre descendientes de pueblos originarios-, se hicieron oír con más fuerza y encontraron eco en la academia. En 2010, con un continente mayormente orientado hacia la centroizquierda se decretó el cambio de nombre: desde entonces, la efeméride es el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Hay otras denominaciones: Día de la Hispanidad (España); Día de la Nación Pluricultural (México); Día del Encuentro entre dos mundos (Chile); Día de las Culturas (Costa Rica) y Día de la Diversidad Cultural (Uruguay).

Ahora hay posturas como la del Gobierno nacional de retornar a la denominación Día de la Raza. El clima actual es extraño. En los últimos años, a la par de un crecimiento electoral de la derecha y la extrema derecha en distintas partes del mundo, el extranjero pasó a ser blanco de duras críticas, y no solo de grupos radicalizados: también por parte de los propios gobiernos. Se registran actos de violencia contra los foráneos y, desde hace tiempo, la situación de los migrantes, empujados en muchos casos a condiciones infrahumanas, es noticia mundial. Al mismo tiempo hay quienes responsabilizan al inmigrante de los problemas socioeconómicos de cada país, una explicación simple que alimenta a los sectores extremos.

Hay en ello una paradoja. Cualquiera sea el juicio que merezca el 12 de octubre de 1492, fue el comienzo de un contacto entre pueblos que costó, y mucho, a los más débiles. Que hoy vuelva a trazarse la línea entre quienes pertenecen y quienes no, y que se señale al más vulnerable, debería ponernos en alerta. La Argentina no es ajena a ese clima. Las fechas conmemorativas nos invitan siempre a la reflexión, y esta obliga a mirar la propia historia. La Argentina se construyó, en buena medida, con el esfuerzo de los inmigrantes que llegaron con la idea de mejorar su situación y que, en paralelo a su proyecto personal o familiar, fueron haciendo grande al país. Son los padres y abuelos de los argentinos de hoy. Su aporte no fue un favor que se les concedió: fue una apuesta mutua entre quien llegaba y quien recibía, y de ella salió buena parte de lo que somos. Así lo refleja la misma Constitución Nacional.

Revisar la mirada hostil hacia el ciudadano de otro país no es una concesión a la corrección política: es un ejercicio de memoria. Una sociedad que olvida que fue construida por quienes llegaron de afuera corre el riesgo de cerrarles la puerta a otros y, sin saberlo, a su propia historia. Que este 12 de octubre sirva, entonces, para preguntarnos qué clase de encuentro queremos ser: uno que acoge y se enriquece, o uno que se defiende de quien necesita, simplemente, un lugar donde vivir.