Por Mario Flores


Hay dos cuestiones básicas a la hora de preguntarnos el por qué de una feria de libros. Como evento primordial en la agenda cultural de una provincia como Salta, anclada en el paisaje de una tradición valiosa y a la vez problemática, y también como plataforma (no en el sentido tecnocrático) de encuentro y lectura.


La primera es una conversación que tuve con un amigo, Diego, que lo bautizaron con ese nombre ya que nació en la primavera del año 86. Los amigos sienten curiosidad con respecto al oficio cuando se trata de un cercano. Aunque no necesariamente sean lectores. Y preguntan: ¿qué hace un escritor?, ¿cómo vive un escritor?, o ¿de qué vive un escritor? Pero la pregunta de Diego, en un tercer tiempo de una lejana cancha de fútbol cinco a las afueras de Tartagal, fue: ¿dónde se reúnen los escritores? Seguramente pensando (y retrotrayéndose) a aquel imaginario fílmico de Leonardo Dicaprio y David Thewlis en Total eclipse (1995), en la cual Arthur Rimbaud y Paul Verlaine eran parte de míticas y románticas veladas entre poetas. Cófrades de un lirismo compartido, en el que los autores se juntaban para leerse los unos a los otros, reafirmarse los unos a los otros, celebrar los versos del otro. Fumaban opio y bebían ajenjo. Escandalizaban a su sociedad: no eran referentes culturales distinguidos por el concejo deliberante. Tal vez, Diego se imaginaba veladas de pseudo bohemios en las que se cultiva la vieja -y muy argentina- costumbre de lamerse los pelajes del ego entre poetas. Sucede, pero no es el quid de la cuestión. Se me ocurrió responderle, en aquel entonces, que el lugar donde se reúnen los escritores son: los talleres (aunque quienes asisten pueden ser o no personas que cultivan la escritura, ya que en su mayoría son lectores hambrientos de material nuevo, o principiantes desesperados por la aprobación de una autoridad en la materia). Cuentan las leyendas que Liliana Heker te echaba de su taller literario si caías al encuentro con un budín. A los talleres se va a trabajar el texto, no a merendar en la contención amiguista.


Otra posible respuesta a “¿dónde se reúnen los escritores?”, era en los libros mismos: las antologías. En más de una ocasión, nos encontramos compartiendo catálogo editorial y páginas impresas con autoras y autores con quienes se establece una admiración patente, aunque jamás nos hayamos visto o abrazado en persona. Otra variante son las presentaciones de esos libros: pero no. Las presentaciones y lanzamientos de novedades son eventos del ámbito comercial. Reitero: pocos autores salteños se dedican a leer literatura salteña. Pocos prestan sincera atención a sus coterráneos y contemporáneos, en la práctica que Tom Wolfe denominaba ‘devolver el ascensor’. Por lo tanto, la respuesta crucial y más correcta para el amigo curioso era ésta: las ferias.


Las ferias son el verdadero núcleo que atomiza y expande la posible visión panorámica de una bibliografía y su comunidad. No prestar atención a lo que se escribe y publica en nuestra propia comunidad es ser cómplice del silenciamiento y el negacionismo. Una literatura diezmada y sellada por lo sectario no tendrá posibilidades de circular fuera de su círculo íntimo, un círculo vicioso en el que, como dijo el poeta, cada uno fue Caín y cada uno fue Abel.


El segundo recuerdo al que quiero remitirme es a nuestro gran poeta salteño (y del mundo), Leopoldo Castilla. En el marco del III Festival Internacional de Poesía de Salta (2025), durante la última jornada, le pedí me firmara una dedicatoria en mi ejemplar de El don del alabado (Editorial Nudista). No suelo leer las dedicatorias inmediatamente: las guardo para cuando leo en soledad. De la misma manera, cuando firmo un libro mío prefiero que el lector lo lea en la comodidad de su privacidad y no delante de mí. Cuestiones de pueblo del trópico. Entonces, hasta que no se vaciaron las botellas, hasta que no desarmé mi equipaje al regresar a Tartagal, no había visto lo que el Teuco me escribió. Decía: “Para Mario Flores: que la poesía nunca lo deje en paz”. He allí el núcleo duro de esta introducción. Sólo un verdadero lector puede desear que la poesía no nos deje en paz.


No hay nada peor que ser embajador de la paz. No hay nada más mediocre que escribir poesía pacifista por la liviandad del sentir.


Siendo un escritor de frontera, considero que las ferias son uno de los pocos bastiones de resistencia y empoderamiento (no emprendedurismo, palabra mucho y mal usada en nuestra actualidad postcapitalista), en que la palabra se funge como campo de batalla. Es en el ser en el lenguaje del otro donde esa frontera hace nexo y diálogo. Es decir, la verdadera conversación, la verdadera lectura.


No todo lo que se escribe es publicable, y pareciera que esta regla de oro, en nuestra era de ombliguismo y mansedumbre contemporánea, impele a libros cada vez más encerrados en sí mismos. ¿Qué más se propone una feria de libros que la máxima circulación de su material? Aventurar la ontología de una lengua que hace cuerpo, territorio y también política editorial. Nuestra gran narradora salteña, Lucrecia Martel (que no ha hecho libros sino películas, pero narraciones valiosas), ejemplifica esto en La mujer sin cabeza: ni completud ni revelación, sino la construcción constante del habla.


Dieciséis años para una feria de libros provincial no es poco, en una era en que es mucho más fácil suspender, no devolver las entradas y llamar a gendarmería. Otro modus operandi. Leer es también agradecer: gracias a las ferias de libros, a sus organizadores y auspiciantes, a sus autoridades y responsables funcionarios. Pero, por sobre todo, a quienes hacen (leen, corrigen, diseñan, maquetan, editan, imprimen, entrevistan, reseñan, comentan) del libro una realidad. El artefacto más hermoso que nos queda en la última era. Es mentira aquella romantización anticuada de que la pluma es más poderosa que un revolver: las represiones policiales lo prueban. Pero los libros están. Sólo hace falta leerlos.