La previsibilidad de una serie puede funcionar como un refugio emocional, según el planteo de la terapeuta Saba Lurie, fundadora de Take Root Therapy, el reputado centro de terapia y salud mental colectivo con sede en Los Ángeles, California (Estados Unidos). La terapeuta planteó que intentar evitar por completo esa emoción suele ser menos útil que reconocerla. 

El final de una ficción puede recordar otras despedidas, cambios de etapa o pérdidas, aunque la causa inmediata sea una historia imaginaria. Dar lugar a ese malestar no implica confundir la ficción con la realidad, sino aceptar que la experiencia emocional provocada por una obra puede ser real, describe un informe de Infobae.

Sin problemas

“Podemos sentirnos cerca de un personaje sin correr riesgos”, explicó Lurie. La exposición de emociones y vulnerabilidades en una historia televisiva puede producir una cercanía acelerada, sin la reciprocidad, la negociación o la incertidumbre que requieren los vínculos personales. Los personajes permiten vínculos sin los riesgos de la vida real.

Abordado desde la psicología y las neurociencias, se permite validar lo que siente la audiencia sin patologizar, explicándolo desde el funcionamiento de la mente y las emociones. ¿Por qué duele el final? Cuando una serie termina o un personaje muere, el cerebro experimenta lo que la psicología llama duelo parasocial. 

La pérdida del contacto cotidiano interrumpe el vínculo afectivo construido durante temporadas. Las neuronas espejo se activan cuando vemos a los personajes atravesar alegrías o traumas, reproduciendo en menor escala esa misma actividad neuronal en nuestro cerebro.

Si hay una narrativa bien desarrollada estimula la liberación de oxitocina (la hormona del apego y la empatía) y dopamina (relacionada con la expectativa y el sistema de recompensa). Esto explica por qué el espectador siente que los personajes son "amigos reales".

Los terapeutas observan que recurrir a una serie conocida funciona como un mecanismo de autorregulación ante el estrés o la ansiedad del día a día. Permitir la tristeza por un final o por la pérdida de un personaje es una vía segura para procesar emociones reprimidas de la vida real sin el riesgo de ese mundo real.

¿Cuándo se vuelve negativo?

En psicología y psiquiatría, un hábito o refugio emocional deja de ser saludable y pasa a patologizar cuando traspasa ciertos límites, por ejemplo usar la serie de forma compulsiva para evitar enfrentar problemas graves de la vida real (duelos reales no resueltos, crisis de pareja, problemas laborales, depresión o ansiedad clínica). La ficción deja de ser un espacio de descanso y pasa a ser un "anestésico". 

El consumo se vuelve problemático cuando interfiere de forma sostenida en el funcionamiento del individuo: deja de trabajar, estudiar o descuida la higiene personal por sostener maratones de consumo. El aislamiento social real (preferir sistemáticamente la interacción con personajes de ficción) y la alteración severa del descanso por la incapacidad de frenar la reproducción, también son signos que el vínculo con la ficción ya no es sano.

A nivel conductual, cuando la interrupción de la serie genera irritabilidad extrema, desregulación emocional severa, ansiedad incapacitante o una necesidad compulsiva de buscar "más dosis" de pantalla para sentir calma, el comportamiento ingresa en el espectro de las adicciones conductuales o del control de los impulsos.

Los finales multitudinarios

Cuando una ficción alcanzaba niveles masivos de audiencia o un fenómeno de culto, las productoras organizaban transmisiones en vivo del capítulo final. Un teatro o estadio, combinando la proyección en pantalla gigante con un show musical o la presencia del elenco en el escenario generaron convocatorias de miles de personas.

Ese fenómeno fue muy característico de la televisión argentina, especialmente entre la década de 1990 y los años 2010. Las ficciones más emblemáticas realizaron el cierre de sus transmisiones de esa manera: Chiquititas, Rebelde Way, Floricienta, Montecristo, Dulce Amor, entre otras, marcaron un modo distinto de procesar el fin de una ficción.

Cuando una serie termina en un teatro de manera multitudinaria, ocurren dos procesos psicosociales clave: la catarsis colectiva e intensificación del duelo parasocial y la generación del puente entre la fantasía y la realidad. Sentir tristeza por el final de una historia o la despedida de personajes queridos es una respuesta natural. Hacerlo en un teatro rodeado de miles de personas transforma una experiencia que habitualmente es individual o privada en un ritual colectivo ayudando a tramitar el "duelo" por el fin de la etapa.

Llevar a los actores al escenario frente a la pantalla gigante funciona como una transición suave para el espectador. Ayuda a cerrar el ciclo afectivo: ver a las personas reales despedirse del personaje le permite al cerebro del fanático hacer el "cierre" simbólico que la pantalla sola a veces deja incompleto.