Veinte años después de su liberación, Giuliana Tedeschi volvió al campo de Birkenau, uno de los tres del complejo de Auschwitz, el lugar donde se produjo la mayor cantidad de crímenes de inocentes durante la ocupación nazi. Poco había cambiado aquel paisaje de desolación. Lo que fue triste y trágico se conservaba fiel a la memoria. Recorrió lentamente el barracón donde había dormido un año entero sobre tableros dispuestos en varios niveles, como sucedáneos de literas, y acabó asomándose a una pequeña ventana que la transportaría a lo más sombrío y crudo del genocidio: allí estaban aún las ruinas del crematorio, donde fueron reducidos a cenizas cientos de miles de prisioneros. Desde esa misma ventana, relató entonces, solía observar las llamas sobresaliendo de la chimenea. “¿Qué es ese fuego?”, había preguntado con inocencia a sus compañeras más antiguas en los primeros días de cautiverio. “Somos nosotras que nos quemamos”, le responderían con una sincera naturalidad.

Las mujeres de Auschwitz no sólo fueron objeto de las mismas vejaciones que el resto de los prisioneros, sino que también se convertirían en un artículo comercial. En una cosa rentable. Tanto las que acababan de llegar, y tenían la fortuna de no ser seleccionadas de inmediato, como las que más tarde serían enviadas a las cámaras de gas, debían someterse a la humillación de ver afeitadas sus cabezas. Se usaba el pretexto de la desinfección e higiene para evitar la proliferación de piojos, y aunque hasta cierto punto esto era cierto, se trataba, sobre todo, de una excusa insuficiente y abominable. En realidad, el cabello era parte de una transacción: se lo enviaba a Alemania para fabricar uniformes militares, cuerdas, mechas para activar bombas, calcetines térmicos o almohadas.

Contaban las SS con poderosos aliados, empresas conocidas y muchas de ellas hoy a pleno funcionamiento, que hicieron del horror uno de sus mejores negocios. Eugen Kogon, ex prisionero en Buchenwald y luego profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Munich, escribió en su libro El Estado de las SS: “Muchos eran los hombres de negocios que tenían relaciones de proveedores con las SS de los Lager, los industriales que solicitaban trabajadores a las oficinas administrativas y económicas de las SS, y a los empleados de las oficinas de empleo que (…) estaban al corriente de que muchas sociedades explotaban mano de obra esclava”.

En el caso del cabello, se descubrió que la firma Schaeffler se ocupó de su procesamiento y comercialización en productos por entonces insospechados de llevar cabelleras de prisioneros asesinados entre sus fibras. Schaeffler es hoy un gigante que está presente en más de 50 países, emplea a 110.000 trabajadores y su valor en bolsa ronda los 12.080 millones de euros. Pese a sus referencias y para indignación de los ciudadanos decentes, en 2024 recibió 420 millones de euros en financiación de la Unión Europea, es decir, de ese mismo conglomerado de 27 países que lleva como estandarte destacado la defensa de los derechos humanos.

Los hermanos Schaeffler, Wilhelm y Georg se hicieron con la empresa en 1940, en un mercado de saldos creado a partir de expropiaciones forzosas. Había pertenecido a una familia judía encabezada por Ernst Frank, que debió liquidar su negocio ante la persecución del partido nazi y, ya sin alternativas, acabar huyendo. Las investigaciones confirmaron que los hermanos obtuvieron en el período de guerra suculentos beneficios y, en particular, los insumos para su sector textil de la infame crueldad de Auschwitz. Las pruebas son contundentes: en 1946 se encontrarían casi dos toneladas de cabello humano en la planta que la empresa tenía en Kietrz. Ese mismo año, Wilhelm Schaeffler fue detenido. Se lo acusó de participar en el embargo y robo de bienes del estado polaco y de la comunidad judía, pero no, curiosamente, de sus delitos más graves y escandalosos. Cumpliría una condena de cuatro años y diez meses. Regresaría a Alemania en 1951 para reintegrarse a la empresa ya refundada en Baviera. No fue hasta 2009 que historiadores independientes revelarían que se había enriquecido con el uso de mano de obra esclava y el cabello de los prisioneros para sus productos. Precisamente en estos se encontrarían rastros del gas Zyklon B, utilizado en las cámaras de gas.

La industria al servicio del exterminio

Ese gas, por su lado, habla de otra historia de una perversa alianza de conocidas firmas con el crimen nazi. Sería el grupo IG Farben, conformado por BASF, Bayer y Hoeschst, el que desarrolló, suministró y hasta aumentó la mortalidad del pesticida a base de cianuro de hidrógeno. En principio, se trataba de un producto de uso agrícola y de desinfección, destinado a acabar con las plagas (casi un mensaje en sí mismo) Pero más tarde, y a pedido del régimen, IG Farben “perfeccionó” el gas para que las víctimas no detectaran el veneno hasta que ya no hubiera vuelta atrás. Para ello, le quitó el llamado “agente de advertencia irritante”, un olor químico potente que actuaba como método de seguridad para avisar de posibles fugas. Todo un progreso en la industria de la maldad y la muerte.

Juzgados por un tribunal británico en Hamburgo, sólo los distribuidores del gas recibirían la pena máxima: tanto Bruno Tesch, dueño y fundador de Tesch & Stabenow (Testa) como Karl Weinbacher, director ejecutivo y mano derecha de Tesch, fueron ejecutados en la horca el 16 de mayo de 1946. Se probó que habían recomendado a las SS el uso del gas para aniquilar personas. Mientras tanto, en los juicios de Núremberg, 24 directivos de IG Farben fueron procesados por esclavitud y asesinato masivo. No obstante, sólo 13 recibieron una condena que acabó siendo un escarnio para las víctimas y sus familiares: ninguna superó los ocho años. A principios de 1950, casi todos estaban en libertad beneficiados por indultos y reducciones de condenas.

Nada era casual en esta liviandad. Dos de los más prominentes científicos de IG Farben desempeñarían más tarde un papel destacado en la guerra fría trabajando en proyectos secretos de Estados Unidos. Por un lado, Otto Ambros, estrecho colaborador de las SS, sería contratado por el Departamento de Energía para colaborar en el desarrollo de armas químicas, en particular gases nerviosos. Por el otro, Friedrich Hoffmann, también protagonista de la maquinaria criminal nazi, colaboraría con la CIA en investigaciones sobre sustancias tóxicas, venenos para asesinatos selectivos y agentes psicotrópicos destinados a anular la personalidad. Su “obra maestra” sería el exterminador Agente Naranja, utilizado profusamente en Vietnam. No sólo mató o dejó secuelas a más de 3 millones de personas en su momento, sino que arruinó la vida de tres generaciones causando enfermedades mortales y deformaciones en los recién nacidos, además de contaminar por décadas los campos de cultivo y el agua de ríos y arroyos. Tanto Ambros como Hoffman formaron parte de la llamada Operación Paperclip, un programa especial de la inteligencia norteamericana que se extendió hasta 1959; ese programa consistió en la incorporación de 1.600 científicos, ingenieros y técnicos alemanes de la lista Osenberg, una selección de las mentes más brillantes del Tercer Reich.

Los ingenieros de la muerte

El tercer gran aliado de la política de exterminio en Auschwitz se llamaba J.A. Topf & Söhne, la empresa alemana que instaló un total de 46 hornos para incinerar a gran escala los cuerpos de los prisioneros después de que pasaran por las cámaras de gas. Y no sólo los hornos, también se ocupó de los sistemas de ventilación, ambos perfeccionados constantemente en “eficiencia” y “rapidez” según aumentaba el ritmo de la matanza. Los edificios de los crematorios serían construidos por los prisioneros, luego víctimas de su propia obra, y la instalación y supervisión de los hornos estaría a cargo de ingenieros de la empresa.

La correspondencia corporativa con las SS resultaría una prueba irrefutable de esta sociedad siniestra. “Siempre felices de estar a su servicio”, se lee al final de cada comunicación. En la gran cantidad de documentos se puede constatar el incomprensible orgullo de los ingenieros por los avances logrados por sus hornos de muflas múltiples al reducir el consumo de energía aprovechando el calor de los cadáveres en combustión. La empresa normalizaría a tal punto su negocio que llegó a considerar esta industria macabra como un producto digno de ser registrado. Así, en 1943, con el descaro de los impunes, presentaría una solicitud para patentar un “horno de incineración continua de cadáveres para uso masivo”.

Al acabar la guerra, los “ingenieros de la muerte” fueron condenados por los soviéticos a 25 años de prisión. Sin embargo, ya en 1955 estaban todos en libertad tras un intercambio de presos entre Alemania y la URSS. Los propietarios no comparecerían ante la justicia: Ludwig Topf se suicidó el 31 de mayo de 1945; mientras tanto, su hermano Ernst Wolfgang Topf nunca sería juzgado y se dedicaría a vender sistemas de calefacción.

En sus memorias, quizás inspirada por el infierno descrito por Dante, ese espacio que por tan cercano a todos nosotros acaba pasando desapercibido, Giuliana Tedeschi escribiría sobre su experiencia: “Hay un lugar en la tierra que es un vasto y desolado desierto, un lugar poblado por sombras de muertos en su multitud, un lugar donde los vivos están muertos, donde sólo existen la muerte, el odio y el dolor”. Ese lugar, sin dudas, ha sido Auschwitz.

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Walter Gallardo – Periodista tucumano radicado en España.