A propósito de Franco Colapinto, Flavio Briatore y Lando Norris: en la Fórmula 1 los automóviles tienen frenos; las palabras, muchas veces, no. Un coche puede estrellarse en una curva. Pero una frase pronunciada por un campeón del mundo o por el hombre fuerte de una escudería atraviesa países, invade las pantallas, se repite hasta deformarse y puede lastimar aquello que las cámaras no muestran: el ánimo de un joven de 22 años. Franco Colapinto cometió en Bakú un error grave. Frenó tarde durante la relargada, perjudicó a Pierre Gasly, a Lando Norris, a Alpine y a sí mismo. No corresponde negarlo ni disminuirlo. Pero tampoco corresponde olvidar que Colapinto asumió inmediatamente su responsabilidad, pidió disculpas y recibió la sanción impuesta por la FIA. La verdad deja de ser justa cuando se toma solamente una parte de ella para convertirla en piedra. Hasta aquella tarde, el argentino había terminado las 14 carreras de la temporada. Había sumado 27 puntos, ingresado ocho veces en la zona puntuable y demostrado una regularidad que nadie puede borrar con un solo episodio. Un error no es una biografía. Por eso, cuando Lando Norris afirmó que una conducción semejante “no merece estar en la Fórmula 1” y reclamó la suspensión de Colapinto, dejó de formular una crítica deportiva para pronunciar, desde la ira, una sentencia de destierro. Norris tiene todo el derecho de lamentar una carrera perdida. Pero ser campeón del mundo no concede infalibilidad. Concede algo mucho más difícil: la obligación de medir las palabras. Ningún campeón llegó a la gloria sin equivocarse. Cada corona esconde también un museo secreto de frenadas tardías, curvas mal calculadas y decisiones que alguna vez perjudicaron a otros. La grandeza no consiste en no haber caído jamás, sino en conservar memoria de las propias caídas cuando es otro quien se encuentra en el suelo. Más preocupante aún fue la reacción de Flavio Briatore. Un dirigente puede corregir con firmeza dentro del equipo, exigir explicaciones y adoptar las decisiones que correspondan. Lo que no debe hacer es dejar públicamente a su piloto suspendido sobre el abismo, anunciando que evaluará “qué medidas tomar”, mientras las redes ya preparan su tribunal y su cadalso. La autoridad verdadera no abandona al hombre para castigar al piloto. Un jefe se revela no solamente cuando celebra el podio, sino cuando debe hacerse cargo de los restos después del accidente. Puede reprender puertas adentro; hacia afuera debe asumir la responsabilidad institucional de corregir sin destruir y de enseñar sin humillar. Resulta contradictorio que Alpine condene después -con razón- los insultos y el odio en las redes sociales si quienes poseen los micrófonos más poderosos no comprenden que sus propias palabras pueden aumentar la temperatura de esa multitud. También nosotros, los argentinos, debemos decirlo con claridad: defender a Colapinto no autoriza a insultar, amenazar ni agraviar a Norris, a Gasly o a Briatore. Ninguna bandera se vuelve más grande cuando se la utiliza para golpear a otro. Pero sería una ingenuidad fingir que el clima de las redes nace de la nada. Las palabras pronunciadas desde arriba caen sobre la multitud; después regresan convertidas en tormenta. Quienes tienen mayor poder sobre ese clima poseen también una responsabilidad mayor para no incendiarlo. Franco Colapinto tiene 22 años. Necesita afrontar las consecuencias de su equivocación, pero no una demolición pública. Necesita corrección, no destierro; disciplina, no escarnio; un equipo que lo forme, no un tribunal de micrófonos enfurecidos. Colapinto deberá aprender. Norris deberá moderarse. Briatore deberá demostrar que sabe conducir hombres y no solamente administrar automóviles. Y los aficionados deberemos defender sin odiar. No pido impunidad para Franco Colapinto. Pido proporcionalidad. En la próxima carrera, los automóviles volverán a la pista. Las piezas rotas podrán reemplazarse. Mucho más difícil será reparar la confianza de un joven si quienes debían orientarlo deciden herirla desde un micrófono. La Fórmula 1 necesita a los más veloces. Pero también necesita adultos capaces de comprender que, para conducir a más de 300 km/h hace falta coraje; y para hablar después de una derrota, hace falta nobleza.

Jorge Bernabé Lobo Aragón                                             

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