Un día de 1963 el músico Eduardo Falú viajaba a Japón y el pianista Ángel Guastavino le regaló la novela “Sobre héroes y tumbas” (1961) de Ernesto Sabato. “Leete la parte de Lavalle, que es desgarradora”, le dijo, según se cuenta en la revista “Gente” del 10/09/1970. Ese capítulo del libro relata la odisea de los hombres de Juan Lavalle, derrotado en 1841 en la batalla de Famaillá, que van en retirada –él, con su amante Damasita Boedo- hacia Bolivia, perseguido por los federales de Manuel Oribe. En Jujuy, un soldado enemigo hizo un disparo a través de la cerradura de la puerta de la vivienda donde se encontraba Lavalle y lo mató. Sus hombres siguieron la huida con el cuerpo para evitar que los federales le cortaran la cabeza y la pusieran en una pirca. En Huacalera (cerca de Humahuaca) debieron descarnar el cuerpo porque estaba en descomposición; los huesos limpios, el corazón y la cabeza fueron resguardados y llevados a Potosí. Veinte años más tarde, sus restos fueron repatriados y llevados al Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires.
Así surgió el “Romance de la muerte de Juan Lavalle” que, con guion y lectura con voz profunda de Sabato y musicalizado por Falú fue grabado en 1964, con participación de Mercedes Sosa.
El viernes 20 de octubre de 2000 Sabato y Falú lo presentaron en un escenario montado en las escalinatas de la Casa de Gobierno, frente a más de 2.000 personas en la plaza Independencia. Fueron acompañados en el “Romance” por la cantante Perla Aguirre y el Coral Santa Cruz. Hubo deficiencias de sonido por escaso volumen, acoples, bocinas de autos y ruido de motos, e incluso al comienzo no funcionó el micrófono de Sabato. Pero luego se arregló todo y el relato fue creciendo en la narración. “Las imágenes de la muerte, los bravos de Lavalle y la persecución no tardaron en dibujarse en el aire”, dice la crónica. “La imagen de la Quebrada de Humahuaca, surcada en su espinazo por el río Grande; la descarnadura del general, el fantasma de Dorrego y la huida hacia Bolivia se asentaron por instantes en los naranjos de la plaza”.
Un largo aplauso premió a los protagonistas. “Disimuladamente, los artistas dejaron solo a Ernesto Sabato en el escenario para que recibiera la admiración y el respeto de su público. Con el corazón herido por la emoción, Sabato se despidió de los tucumanos”.