El dato oficial difundido la semana pasada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) golpeó donde más duele. La pobreza alcanzó al 32,3% de la población en el primer semestre del año, unas 15 millones de personas, mientras que la indigencia afectó al 7,5%, cerca de 3,5 millones. En comparación con el segundo semestre de 2025, la cantidad de personas en situación de pobreza se incrementó en alrededor de 1,9 millones, y unas 538.000 se sumaron al universo de quienes no logran cubrir sus necesidades alimentarias básicas.
Si bien el número semestral es contundente, no es lo más preocupante. La Universidad Católica Argentina puso el foco en la trayectoria. Según las estimaciones trimestrales del Observatorio de la Deuda Social, la pobreza pasó de 26,9% en el tercer trimestre de 2025 a 29,9% en el cuarto, se ubicó en 30% en el primer trimestre de 2026 y saltó al 34,6% en el segundo. “El dato central no es solo el nivel semestral, sino el cambio de tendencia”, advirtió la UCA. La fase de reducción de la pobreza se agotó en la segunda mitad del año pasado y fue reemplazada primero por el estancamiento y luego por el aumento.
El deterioro no golpeó a todos por igual. El porcentaje de niños y adolescentes de 0 a 14 años en situación de pobreza es el más alto de todos los grupos etarios: 44,5%, con una suba de 3,2 puntos respecto de la medición anterior. Pero el mayor incremento se dio entre los jóvenes de 15 a 29 años, donde pasó del 32,6% al 36,9%. Es decir, la pobreza avanza con especial fuerza sobre las generaciones que deberían ser el motor del futuro.
La UCA identificó cinco factores detrás de este giro. El primero es el menor dinamismo de la actividad económica y el deterioro de la calidad del empleo, con caída del PBI, destrucción de puestos registrados y mayor presencia de ocupaciones informales y precarias. El segundo es el retroceso de los ingresos laborales: la Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores (Ripte) cayó un 2,7% real en el primer semestre y la desocupación promedió el 7,9%. El tercero es la reversión de los precios relativos que habían favorecido la caída de la pobreza: los alimentos y los servicios básicos comenzaron a aumentar por encima del nivel general. El cuarto es la menor capacidad protectora de las transferencias sociales, cuyas actualizaciones llegan con rezago. Y el quinto es la mayor presión de tarifas, alquileres y servicios, gastos difíciles de sustituir que dejan menos dinero disponible para comer.
El cuadro es claro. La recuperación de los ingresos que había acompañado la reducción de la pobreza perdió fuerza, los precios de los bienes esenciales volvieron a presionar y el empleo dejó de ser el sostén que se esperaba. Se trata de una tendencia que se consolidó en los últimos tres trimestres.
La pobreza no es solo una estadística. Es la vida cotidiana de millones que hacen malabares para llegar a fin de mes. Ignorar el cambio de tendencia o minimizarlo sería un error mayúsculo. La política económica puede jactarse de sus logros macroeconómicos, pero mientras la pobreza crezca, esos logros serán una promesa incumplida.