El 26 de septiembre se conmemora en la Argentina el Día del Cirujano, en homenaje al doctor Cosme Argerich, una de las figuras fundacionales de nuestra medicina. En esta fecha, vaya nuestro reconocimiento a todos los cirujanos de nuestro país. Pero hoy quiero detenerme en uno al cual considero excepcional: Enrique Finochietto. Fue mucho más que un gran cirujano. Creador, inventor, innovador y, junto con su hermano Ricardo, protagonista de una escuela quirúrgica que dejó una profunda huella en la medicina argentina y latinoamericana. Nacido en Buenos Aires en 1881, desarrolló una concepción de la cirugía que iba mucho más allá de la operación propiamente dicha. Observaba cada detalle del acto quirúrgico: la posición del paciente, la iluminación, la exposición del campo operatorio, la comodidad del cirujano y la posibilidad de disponer de un instrumento adecuado para cada necesidad. Cuando ese instrumento no existía, lo inventaba. Entre sus creaciones se encuentran la mesa de operaciones de Finochietto, articulada y capaz de adoptar distintas posiciones; el frontolux, una fuente de iluminación colocada sobre la frente del cirujano; diversos separadores, valvas, pinzas, portaagujas y otros elementos destinados a facilitar la cirugía. Pero su instrumento más famoso es, sin duda, el separador intercostal de Finochietto. Su mecanismo permitía mantener abierta la pared torácica durante una toracotomía y dejaba libres las manos del cirujano para trabajar dentro del tórax. Una solución sencilla, ingeniosa y extraordinariamente útil que trascendió las fronteras de nuestro país. Su aporte tampoco se limitó al instrumental. Finochietto desarrolló y perfeccionó numerosas técnicas quirúrgicas, especialmente en cirugía torácica y abdominal. Su actividad, sumada a la de su hermano Ricardo, dio origen a una escuela que formó generaciones de cirujanos y sistematizó el conocimiento quirúrgico de su tiempo. Hoy la cirugía ha cambiado radicalmente. La laparoscopía, la toracoscopía y las técnicas mínimamente invasivas han transformado la práctica quirúrgica. Las grandes incisiones y los abordajes abiertos, habituales durante buena parte del siglo XX, parecen pertenecer a otra época. Pero Finochietto no ha quedado completamente relegado a la historia. En ocasiones, una cirugía laparoscópica o toracoscópica debe convertirse en una operación convencional por una hemorragia, un tumor extenso, adherencias, dificultades anatómicas o una complicación inesperada. Y allí vuelven a ser fundamentales conceptos que Finochietto conocía muy bien: exposición, iluminación, posición del paciente, instrumental adecuado y capacidad para resolver lo imprevisto. Todavía puede encontrarse una mesa de Finochietto en un quirófano; un separador intercostal puede ser necesario para una toracotomía; un frontolux puede resultar útil cuando la iluminación del campo operatorio lo requiere. La tecnología ha cambiado, pero muchos de aquellos principios permanecen. La medicina moderna no siempre reemplaza completamente lo anterior. Muchas veces construye sobre sus cimientos. Por eso, en este Día del Cirujano, mientras recordamos a Cosme Argerich, también vale la pena recordar a Enrique Finochietto: un hombre que no se conformó con operar, sino que inventó las herramientas y perfeccionó las técnicas que necesitaba para hacerlo mejor. Su verdadero legado quizá no sea solamente un instrumento o una técnica. Es una manera de entender la cirugía: conocimiento, imaginación, precisión y capacidad para resolver. Porque las tecnologías cambian, pero cuando una operación se complica y hay que volver a los fundamentos, el cirujano sigue necesitando saber qué tiene entre sus manos y cómo utilizarlo. Por lo tanto, Enrique Finochietto todavía está presente.
Juan L. Marcotullio
Marcotulliojuan@gmail.com