Hay un chiste malísimo que intenta hacerse pasar por culto, pero con muy poca suerte. Dice:
—¿Adónde te diriges, Aristóteles, con ese cucharón? —A casa del maestro.
Hay mil versiones. Esta no menciona lo obvio, que el maestro es Platón, y de ahí sale la escasa gracia del asunto, un juego de cocina escondido detrás de dos nombres rimbombantes. Pero no vamos a desperdiciar así nomás el vínculo entre Aristóteles y la cuchara. Trataremos de descubrir qué relación conceptual y sesuda puede existir entre ambos. Y si no existe, la inventamos.
Aristóteles fue un genio entre genios, lo que tiene un mérito adicional. No es lo mismo ser buen tenista en cualquier época que serlo mientras juegan Federer, Nadal y Djokovic. Entre sus muchas genialidades señaló una distinción que todavía usamos sin darnos cuenta, la que hay entre el acto y la potencia. Una semilla no es un árbol, pero puede llegar a serlo, es un árbol en potencia. Un bloque de mármol no es una estatua, aunque pueda convertirse en una. Hay un modo de ser que consiste en lo que las cosas ya son y otro que consiste en aquello que pueden llegar a ser.
Ahora bien, Aristóteles tenía claro que no todo puede llegar a ser cualquier cosa. Una semilla de naranjo puede convertirse en naranjo, pero no en caballo. Cada cosa tiene sus posibilidades y no otras. Muchos siglos después, Julio Camba, periodista satírico genial de España, hablaba de eso que hace que algo sea lo que es y nombró al que ejerce el oficioo, el sustanciero. Leamos la geniaxl lectura que nos une a Aristóteles con las sopas:
“El sustanciero era un hombre que… iba de casa en casa haciendo oscilar a modo de péndulo un hueso de jamón que llevaba pendiente de una soga y decía a grito pelado: ‘¡Sustancia! ¿Quién quiere sustancia para el puchero? Traigo un hueso riquísimo’ “.
El sustanciero habría sido un oficio antiquísimo, hijo de la desgracia. Su tarea era entonces llevar un hueso de jamón que sumergía durante un tiempo determinado, para dar gusto a la sopa. Varias abuelas lo daban por cierto, como doña Margarita, que recordaba al saboreador vociferando “¡Saboree, saboree!”.
Hagamos algún esfuerzo de conceptualización local. El caldo de nuestras abuelas era, al menos en la mayoría de los casos que he registrado una sustancia distinta de lo que se entiende en estos días por “sopa”. Era algo que se cocinaba una vez por semana y después dormía en la heladera dentro de un recipiente del tamaño de un tacho de gasoil y duraba toda la semana. En la superficie se formaba una nata de grasa que había que retirar con el mismo procedimiento utilizado para pescar en el Ártico. De aquel magma esencial se sacaba una porción y se la calentaba en una ollita. Recién entonces se agregaba arroz, que terminaba hinchado como tutuca, o fideos cabello de ángel, verdaderamente celestiales si uno tenía la suerte de pescarlos.
Lo que permanecía en la heladera era el caldo. La sopa se hacía cada día, cuando algo caía dentro de él. No eran lo mismo el caldo, el consomé, la sopa y el puchero. Las palabras distinguían proporciones, consistencias y estados diferentes del mundo.
Hoy asociamos “sopa” con “instantaneidad”. Hay sobres de zapallo con romero, crema de zapallo con nuez moscada y choclo con perejil. Parecen la carta de un restaurante, aunque sigan cayendo de un sobre. Hay otras atrocidades, pero ninguna como el llamado noodle, fideos prefritos, horneados, amaestrados y todo, un engrudo cosmopolita e imperialista. El noodle no es sopa en acto ni en potencia. No es cabello de ángel ni fideo a la manteca, no es nada. Es, repitamos, todo.
Se dirá que hacemos que Aristóteles opine de asuntos mundanos y bajos, pero no era del todo ajeno a estas formas del gusto. Al punto que decidió a quién dejar su escuela de una forma genial. Aulo Gelio cuenta que, cuando estaba por morir, dos discípulos podían sucederlo al frente de su escuela: Eudemo de Rodas y Teofrasto de Lesbos. Pidió que le llevaran vino de las dos regiones. Después de su veredicto se decidió por Teofrasto.