“Desde la cuna, yo navegaba en los sonidos y su mar de ondulaciones, porque antes de mirar el mundo me pise a oírlo… El cencerro de la vaca que venía cada siesta a la puerta de mi casa me rodeaba de un caliente resplandor; esa casa en la calle Monteagudo 82 donde el misterio zumbaba en los patios y las resonantes baldosas (...) Los ruidos domésticos y los cuchicheos en el aire fueron mis ángeles guardianes, el primer contacto con las fuentes de vida, con los manantiales del silencio y sus burbujas”. Así describía Leda Valladares su sensibilidad con el universo sonoro, cita Fabiola Orquera en el libro “Leda Valladares. El latido de las cosas”, en el que edita la obra de la poeta, etnomusicóloga y cantante tucumana que se había dedicado a fondo a la investigación de la música ancestral en viajes por Latinoamérica y por Europa.
Desde comienzos de los 60 había experimentado con los sonidos. En 1960 estuvo a cargo en Buenos Aires de la sonorización del poema “El camino” en el marco de la exposición sobre los 150 años de la Revolución de Mayo. Buscaba sonidos primigenios y mostrar la oposición entre el hombre conectado con el cosmos y el hombre contaminado por el materialismo. En 1964 lanzó el disco “Solamente”, excéntrico y experimental, que jugaba con el bolero, la canción francesa, el jazz, el blues y la música concreta e introducía el ruido ambiente para agudizar la percepción de la existencia. Ella definió estas canciones como ”baladas derivadas del blues, pero bastante criollas”.
Recuerdos fotográficos: 1964. Leda Valladares trajo “Un cuento de nunca acabar”En 1969 Leda, que residía en Buenos Aires, vino varias veces a Tucumán. En febrero ralizó grabaciones en la fiesta de la Pachamama. La imagen la muestra en visita al Archivo de LA GACETA, donde conversa con Ramón Leoni Pinto. Allí contó sobre sus búsquedas en lugares donde se mantiene vigente el espíritu de la tierra, libre de la influencia de la modernidad. En agosto regresó a LA GACETA, donde fue recibida por el subdirector Daniel Alberto Dessein. Dijo que “la raíz única y cálida está en patios y ranchos” y que lo más importante era esa ”canción desamparada” que estalla en la garganta carnavalesca de dos viejos amaicheños y taficeños y que nadie puede, apenas pisa el pavimento, reproducir en su fuerza y autenticidad, porque todo esto es “el espíritu que se libera con el grito”. En esos días dio charlas en la sociedad Sirio Libanesa sobre “La canción poética en el mundo” y también llevó a cabo un canto colectivo con alumnos en el club Estudiantes: enseñaba a todos una canción a partir de páginas antiguas del Noroeste y luego encaraba su interpretación masiva.