San Martín vive en un loop. En una especie de déjà vu permanente en el que cambian los jugadores, los técnicos, los dirigentes, los presupuestos y las ilusiones, pero hay algo que se mantiene casi igual: los desenlaces amargos.

Esta semana volvió a aparecer una escena que parece salida del mismo guion. Nicolás Ferreyra habló de la falta de una base en el equipo, de los cambios constantes, de la dificultad para encontrar una formación que se sostenga y de cómo eso termina afectando la confianza. Horas después, la CD decidió apartarlo del plantel profesional.

La discusión puede quedarse ahí, en Alejandro Orfila, en Ferreyra, en si el capitán debía hacer públicas sus opiniones, en si el DT cambia demasiado o si debería sostener determinados nombres. Pero lo concreto es por qué a San Martín le cuesta tanto construir una base.

Todavía no sabemos cómo terminará la historia de esta temporada porque el “Santo” sigue teniendo posibilidades y el fútbol tiene esa maravillosa capacidad de romper cualquier pronóstico. Pero es imposible no mirar hacia atrás porque año tras año la historia es casi idéntica.

Desde hace muchos años el “Santo” tiene dificultades para construir una base futbolística, una base dirigencial, una base económica y también una base institucional. Todo parece demasiado atado a la coyuntura. A quién llega, a quién se va, a cuánto dinero hay, a qué técnico se contrata y a qué jugador se consigue. Y así todo vuelve a empezar. Justamente ese es el loop.

Un DT nuevo, un plantel nuevo, un proyecto nuevo y una ilusión nueva. Pero sobre todo la sensación de que, para conseguir el objetivo, hay que acertar casi todo. Puede funcionar, porque esto es fútbol. Pero en La Ciudadela deberían preguntarse más seguido qué se hace diferente para que el resultado sea diferente a los anteriores.

Porque un proceso es construir una estructura que pueda sostener una idea cuando los resultados no acompañan. Es tener una política deportiva; saber qué fútbol se quiere jugar, elegir jugadores de acuerdo con esa idea y no solamente por su nombre, tener una estructura de scouting, trabajar las inferiores, profesionalizar áreas y generar conocimiento. Pero, sobre todo, conseguir que ese conocimiento no desaparezca cada vez que cambia una directiva. Y ahí está uno de los grandes problemas del “Santo”: faltan dirigentes que sepan de fútbol.

Dirigentes que entiendan el fútbol profesional, que sepan cómo se construye un plantel, que conozcan el mercado, que sepan elegir un DT, que entiendan qué necesita un equipo y qué necesita un club. Y si no lo saben, que tengan la capacidad de rodearse de gente que sí lo sepa porque de esa manera podrán librarse de esos paracaidistas del fútbol que están buscando una oportunidad de hacer negocios que sólo les sirven a ellos.

San Martín necesita construir una dirigencia especializada. Una clase dirigencial capaz de pensar más allá del próximo mercado de pases y de entender que el club no puede vivir en una sucesión de apuestas. Porque eso es lo que parece ocurrir.

Se arma un plantel, se apuesta a un técnico, se incorporan jugadores y se espera que todo encaje rápido. Si funciona, perfecto; y si no, se cambia. No importa si una decisión va de la mano de la otra o si el entrenador saliente y el entrante tienen una misma ideología.

Es como jugar al PC Fútbol, pero en la vida real y un club de fútbol no puede funcionar como un videojuego.

De un tiempo a esta parte San Martín parece acumular frustraciones, pero no siempre consigue transformar esas frustraciones en aprendizaje institucional. Y ahí aparece Tucumán, porque esto tampoco es solamente un problema de San Martín.

Hay una carencia dirigencial que atraviesa al fútbol tucumano. Hay dirigentes, pero lo que cuesta encontrar es una verdadera clase dirigencial formada para conducir clubes profesionales. Dirigentes de cepa, que entiendan que un club no se construye en un año, que sepan que hay decisiones que no van a dar resultados inmediatamente, que puedan sostener una idea cuando llega la primera tormenta, que sepan delegar, profesionalizar y, sobre todo, escuchar.

San Martín, por su dimensión, es probablemente el club que más sufre esa carencia. Porque tiene una hinchada enorme, una historia enorme y una expectativa enorme. Pero aún no tiene una estructura que esté a la altura de todo eso.

Y ahí también hay una responsabilidad del hincha porque, si San Martín quiere dejar de depender de una billetera fuerte, de un empresario, de un dirigente providencial o de la ayuda de un Gobierno, necesita construir una base propia. Y esa base tiene que ser el socio.

No puede ser que un club de la dimensión de San Martín no consiga construir una masa societaria mucho más grande. Los 10.000 socios no deberían ser un objetivo extraordinario, sino el piso de una institución que pretende tener una estructura importante en el fútbol argentino.

Ser socio no garantiza un ascenso, pero miles y miles de socios pueden garantizar algo mucho más importante; que el club tenga una base económica e institucional propia.

Y justamente por eso resulta llamativo que, mientras San Martín todavía intenta encontrar esa base dentro de la cancha, la discusión sobre quién conduce el club ya vuelva a ocupar un lugar central.

Oscar Mirkin lleva apenas nueve meses al frente de la institución y esta semana confirmó que analiza impulsar una modificación del estatuto para extender su mandato hasta diciembre de 2027, cuando originalmente debería finalizar en junio de ese año.

No hay que confundir las cosas. Nueve meses no alcanzan para juzgar una gestión completa, y tampoco hay nada de malo en que un dirigente quiera continuar si considera que tiene un proyecto y los socios deciden acompañarlo. Pero el dato sirve para volver a la pregunta inicial.

¿Por qué San Martín vuelve una y otra vez a discutir alrededor de los nombres? El problema no debería ser cuánto un mandato, sino qué queda cuando los dirigentes se van. Porque si cada dirigente llega con su propia idea, arma su propio equipo de trabajo, toma sus propias decisiones y después otro dirigente vuelve a empezar de cero, San Martín seguirá viviendo en el mismo loop.

Tal vez Ferreyra tenga razón o tal vez sea Orfila quien la tenga. Pero el punto es que San Martín volvió a convertir un problema de fondo en una discusión de nombres.

Cambia el capitán, el técnico, el presidente o el plantel. Pero la historia, casi siempre, es la misma.