Hay ascensos que se festejan durante una jornada y descensos que se sufren durante mucho más tiempo. Sin embargo, entre una cosa y la otra existe una realidad que el fútbol suele mirar poco: qué tiene un club detrás de un equipo. El descenso de Tucumán Central, consumado este fin de semana, no debería ser solamente una noticia deportiva. Tampoco debería reducirse a una mala campaña, a un plantel que no pudo competir o a una temporada que salió mal. En cambio, debería servir para abrir una discusión necesaria sobre cómo crecen y se sostienen los clubes tucumanos.

Hace apenas unos meses, el “Rojo” de Villa Alem había conseguido algo extraordinario. Fue campeón de la Liga Tucumana y llegó por primera vez en su historia al Federal A. El ascenso fue legítimo y merecido. Pero llegar a una categoría superior no significa haber construido todavía las condiciones necesarias para permanecer en ella. Y justamente ahí está el verdadero desafío.

En el fútbol argentino estamos demasiado acostumbrados a celebrar los ascensos como si fueran el final de una historia. Pero para muchos clubes del interior son apenas el comienzo de otra mucho más difícil. Cambian los presupuestos, los viajes, las exigencias de infraestructura, la logística y la competencia. Y cuando las diferencias económicas se vuelven tan grandes, la pasión y el esfuerzo dirigencial muchas veces dejan de ser suficientes.

Tucumán Central tuvo un respaldo económico extraordinario para conseguir aquel ascenso. Cuando ese apoyo desapareció, el club quedó obligado a sostener una estructura para la que quizás todavía no estaba preparado. Su dirigencia decidió asumir el desafío y competir. Lo hizo como pudo, con el acompañamiento de sus socios y con recursos mucho más limitados que los de buena parte de sus rivales.

El descenso duele, pero sería un error mirar solamente el resultado porque la pregunta que debería quedar después de esta historia es ¿cómo hacemos para que un ascenso no sea una aventura de una temporada? Tucumán ya tiene ejemplos de clubes que llegaron muy alto y después no pudieron sostener ese crecimiento. También tiene otros que encontraron la manera de permanecer y construir desde allí. La diferencia no siempre estuvo en tener mejores jugadores, sino en haber conseguido transformar un buen momento deportivo en un proyecto institucional; porque el dinero puede armar un plantel, un dirigente puede empujar un sueño y un sponsor puede financiar una campaña. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, construye un club.

Para eso hacen falta inferiores, infraestructura, socios, sponsors, dirigentes capacitados, ingresos genuinos y, sobre todo, planificación. Hace falta, también, que los clubes tengan herramientas para crecer y no solamente la obligación de competir. Pero sobre todo hace falta que quienes conducen el fútbol tucumano entiendan que acompañar ese crecimiento es una responsabilidad colectiva y no una ayuda circunstancial cuando el problema ya apareció.