La experiencia europea del músico tucumano Cachín Selis incluyó estar detenido durante 15 días en la frontera francesa mientras regularizaba su situación de migración. Ese hecho, lejos de determinar su vida, le sirvió para escribir “Hotel Perpignan”, el musical unipersonal en estética de ópera rock que repondrá hoy a las 21 en la sala Juan Tríbulo del teatro Alberdi (Jujuy y Crisóstomo Álvarez).

“Con canciones e interludios le doy forma a una historia que ocurrió a mediados de 2016, mientras viajaba de Madrid (España) a Suvereto (Italia) para regularizar mi situación legal en Europa. En el medio, pasé por una estadía obligada en un Centro de Internamiento de Extranjeros en la ciudad francesa de Perpignan, que se transforma en el corazón de la puesta. El público se encontrará con una guitarra, un cajón flamenco, pedales y mi voz dentro de un diseño escenogáfico y lumínico que visten el relato”, avisa sobre el tono minimalista del planteo.

Septiembre Musical: el salero español vuelve al teatro San Martín

- ¿Lo planteas desde la estética del biodrama?

- Sí, pero más por una sumatoria de decisiones narrativas y simbólicas que por una elección inicial. Elegí poner el cuerpo en estricta soledad más como manifiesto escénico que por una caracterización biodramática. Reproduzco grabaciones de campo que realicé en ese lugar por su efecto narrativo y no por su valor como archivo. Centrarme en lo cotidiano se vincula con el temor de perderme en metáforas enroscadas y en una poesía inentendible antes que por la observación de lo pequeño como recurso.

- ¿Cómo fueron esos 15 días de detención?

- Fueron, apenas, un diminuto paréntesis dentro de un proceso migratorio largo y complejo, pero me sirvieron de disparadores de la obra. Ahí dentro viví un microcosmos de realidad migrante; eran ocho pabellones enormes con chicos de todas partes del mundo, de Europa del Este, Centroamérica y el Caribe, África, India, Sudamérica. Cada uno tenía sus propias historias, temores, anhelos y costumbres, si bien todos estábamos encerrados por la misma medida cautelar administrativa y no por causas penales. Pero muchos venían arrastrando largos prontuarios: un capomafia de Georgia que manejaba la droga y la prostitución en su zona de influencia desde adentro; mi compañero de celda Amador, ex miembro de un escuadrón de la muerte dominicana; o la bandada de armenios que se hacían bajar del avión cuando los querían mandar de vuelta a su país con tal de quedarse. ¡Preferían estar presos en Francia antes que libres en Armenia! Y entre todos, un tucumano de clase media que se hizo el vivo, no puso sus papeles en orden y terminó encerrado por un Convenio Schengen que no resuelve nada y mira hacia otro lado.

La Limonada Cultural es un encuentro con el arte joven

- ¿Qué sentimientos te atravesaron?

- El transversal fue la incertidumbre y, junto a ella, una angustia profunda, esa que se esconde un poquito más adentro de donde suele estar. ¿Podré volver a entrar? ¿A dónde me mandarán? ¿Qué va a pasar cuando se sepa? Esas eran las preguntas que me martillaban la cabeza, mezclado con el éxtasis que experimentaba mientras viajaba hacia Italia. Cuando nos frenaron me invadió la confusión, un absoluto terror y náuseas, la incredulidad y luego la calma cuando entendí las reglas de juego. Una curiosidad cuasi periodística mientras pasaban los días y una sensación de absurda bravura y arrojo cuando se despejó el panorama.

- ¿Cómo los llevás a escena?

- El tránsito tuvo dos etapas: la primera consistió en trabajar los textos y las músicas en soledad. Luego abrí el juego y Mario Ramírez asumió la dirección de la obra, desmenuzando textos, ahondando en las intenciones y construyendo puentes entre lo que digo y lo que se interpreta. Gabriela Papa está en el arte y el vestuario; Saulo Figueroa en la iluminación y Juan Marco Lamela Bianchi en el sonido.

- Definime qué es ser un inmigrante.

- Es ser humano, aceptar nuestra naturaleza transeúnte y que el movimiento forma parte del ADN. Es atravesar el miedo que nos hace rechazar el llamado a migrar cuando llega -porque siempre llega- y hacerlo con la certeza de que nuestra existencia se expande. También, con el alivio de que retornar al lugar de origen, porque el que vuelve no es el mismo que aquel que se fue; es otra persona. Siempre digo: “nunca me fui de aquí, sino que fui hacia allá”. Soy de aquí y ahora también soy de allá; soy éste y aquél. Soy migrante.

- ¿Qué te enseñan la distancia y los viajes?

- Enseñan cuán diferentes somos las personas en lo cultural y cuán idénticas en lo fundamental. A experimentar el gozo del anonimato y, también, que rápidamente puede transformarse en tu perdición. A caminar por el delgado límite que existe entre el orden y el caos; lo conocido y aquello por conocer. A que, con el paso del tiempo, se inicia un lento pero firme proceso de despersonalización ante la necesidad de presentarte todo el tiempo de nuevo -¿Qué cuenta uno primero? ¿Qué elige uno omitir?- ¡Todo el tiempo es borrón y cuenta nueva! Mágico y peligroso, si me lo preguntan. Enseña cuán solos estamos realmente, incluso rodeados de gente. Y todas esas enseñanzas maravillosas son las que hacen que retornar sea tan excitante. La exploración continúa, salvo que ahora es mi tierra conocida con una mirada renovada. Los afectos son los mismos, a la vez, cambiaron ¡El viaje nunca paró!

- ¿Hacer este unipersonal es exorcizar fantasmas que quedaron de entonces?

- No diría exorcizarlos, sino visitarlos y pasar tiempo con ellos.