Cuando, momentáneamente, dejamos de pensar, nuestra racionalidad pasa a segundo plano y algo nuestro, que se hallaba obturado por el pensamiento, puede aparecer. Al “soltarnos”, irrumpe algo menos controlado de nosotros mismos. Por ejemplo, cuando hablamos o nos reímos espontáneamente; cuando dejamos que las asociaciones fluyan, o cuando hacemos algo intuitivamente. Observemos a un jugador de fútbol que va a patear un penal. Primero se para próximo a la pelota y piensa. Seguramente está eligiendo una estrategia en función de sus habilidades y de lo que sabe o imagina del arquero. Luego se suelta y comienza la carrera, ya sin un pensamiento consciente que controle cada movimiento, confiando en sus destrezas adquiridas y en su intuición, patea. Si logra ejecutar adecuadamente la estrategia elegida, será gol. Algo similar puede ocurrir cuando incorporamos hábitos “saludables”, como, por ejemplo, una dieta equilibrada. Para que funcionen bien debemos incorporarlos, pero luego es necesario “hacerlos nuestros”, de modo que dejen de ser simplemente una recomendación científica. Si esto ocurre, la culpa o la presión interna que aparecen cuando no los cumplimos pueden neutralizar, en parte o incluso totalmente, sus potenciales beneficios. Sin embargo, aun cuando los sigamos a rajatabla, podríamos hacerlo precisamente para evitar la sensación de culpa que provocaría no acatarlos.
Jorge Ballario
jballario@coyspu.com.ar