“Sabían más que nosotras, que habíamos estudiado el tema”. Agostina Denise Carrizo y Bianca Luna habían preparado talleres para explicar los riesgos de las apuestas online. Cuando llegaron a los primeros años de la secundaria, encontraron algo que no esperaban: algunos alumnos de 12 años no sólo conocían las plataformas, sino que ya habían apostado, ganado y perdido plata.

La escena fue el punto de partida de “Un casino en el bolsillo”, una producción especial de LA GACETA sobre las apuestas online entre adolescentes. La investigación comenzó con seis estudiantes tucumanos y se amplió hacia las plataformas, las billeteras virtuales, los especialistas, la publicidad, las escuelas, el Estado, las empresas habilitadas y los circuitos clandestinos.

Los testimonios locales forman parte de un fenómeno registrado en todo el país. Según Kids Online Argentina 2025, elaborado por Unicef, uno de cada cuatro adolescentes de entre 12 y 17 años apostó alguna vez por internet. La proporción llega al 13% entre los 12 y los 14 años; seis de cada 10 conocen a alguien que apostó y el 40% nunca habló sobre el tema en su casa.

Otro relevamiento realizado en 2025 por el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina entre 11.421 estudiantes de 13 a 18 años mostró que el 16% había apostado, el 45% conocía a alguien que lo hacía y el 12% se había endeudado. Entre quienes jugaban, el 83% utilizaba billeteras virtuales y el 43% había recibido ayuda de intermediarios para ingresar. Además, ocho de cada 10 consideraban ineficaces los controles para impedir el acceso de menores.

Lo que saben los chicos

Denise Carrizo y Luna, del Colegio San Isidro Labrador; Trinidad De Camillo y María Lucía Lazzarano, del Colegio Pablo Apóstol; y Pedro Storari y Vladas Kazlauskas, del Colegio Sagrado Corazón, habían trabajado el tema dentro de sus instituciones. Sus testimonios permitieron observar el fenómeno desde un lugar al que los adultos no siempre acceden: las conversaciones entre compañeros.

Los seis describieron apuestas durante las clases y los recreos, cuentas prestadas, edades falseadas y usuarios proporcionados por terceros. También hablaron de una circulación selectiva de los resultados: las ganancias se comparten; las pérdidas suelen ocultarse.

Lucía contó que el hermano de una amiga había llegado a vender objetos de su casa a escondidas para pagar las deudas. “Me fui enterando de que iba vendiendo cosas: una puerta, muebles, sillas, decoraciones de la casa, sin que sus padres se dieran cuenta”, detalló.

El Mundial 2026 aceleró el proceso, según dijeron los estudiantes. Las apuestas sobre goles, tarjetas o córners modificaron incluso la forma de mirar los partidos: la Argentina podía ganar y algunos chicos reaccionaban como si hubieran perdido, porque el resultado no coincidía con lo jugado.

La plata y el diseño de las plataformas

El celular concentra todas las etapas. Ahí aparece la publicidad, se consigue el usuario, llega una transferencia y se carga el saldo. No hay que trasladarse, atravesar una puerta ni entregar billetes. Entre recibir plata y utilizarla para apostar puede haber apenas unos segundos.

“Al ver los números en una billetera virtual es como que pesa menos”, explicó De Camillo. El economista Nicolás Litvinoff profundizó esa idea: “La plata digital no duele”. Al no verla ni tocarla, el usuario puede perder dimensión del gasto, especialmente cuando todavía no trabajó ni tuvo que producir la plata que arriesga.

Litvinoff dijo que la educación financiera debería comenzar en la escuela primaria y continuar durante la secundaria. No solo para enseñar a ahorrar, sino de explicar probabilidades, riesgo, endeudamiento e interés compuesto para cuestionar la promesa de ganar plata fácilmente.

La facilidad de acceso, sin embargo, no explica por sí sola por qué alguien se queda scrolleando dentro de una plataforma. Augusto Salvatto, politólogo especializado en innovación y transformación digital, puso el foco en los mecanismos utilizados para retener la atención. “Todas estas plataformas están diseñadas para generar adicción”, advirtió.

Bonificaciones, notificaciones, recompensas y promociones personalizadas reducen las pausas que podrían llevar al usuario a detenerse. Aquello que antes exigía ir hasta un casino y mostrar un documento ahora está disponible a cualquier hora dentro del teléfono. Por eso, planteó Salvatto, no alcanza con exigir voluntad individual: las plataformas, los anunciantes y el Estado también deben asumir responsabilidades.

La publicidad y los controles

Las apuestas no siempre aparecen bajo la forma de un aviso tradicional. Una historia de Instagram puede mostrar una supuesta forma de ganar plata y, a continuación, ofrecer un enlace hacia una página o un contacto de WhatsApp para pedir un usuario.

Los estudiantes buscaron influencers tucumanos para realizar una campaña preventiva, pero ninguno aceptó. “Ellos promocionan estas cosas y hacer un video diciendo que está mal sería contradecirse”, interpretó Denise Carrizo.

LA GACETA revisó publicaciones de creadores tucumanos: encontró bonos de ingreso, supuestas ganancias y accesos directos a sitios o números de WhatsApp. La figura conocida convierte el anuncio en una recomendación integrada a los contenidos que su comunidad consume todos los días. No parece una invitación a entrar a un casino, sino una propuesta para jugar, para entretenerse.

Desde Pálpitos, una de las empresas habilitadas en Tucumán, Ignacio Sagra aseguró que entre el 8% y el 10% de los intentos de registro de nuevas cuentas corresponde a menores. Según explicó, la compañía solicita datos personales y fotografías del DNI, bloquea las altas que no cumplen con la edad requerida y vuelve a controlar la identidad al momento de retirar la plata.

Esos procedimientos pueden impedir un registro directo, pero no eliminan otras vías: documentos de adultos, cuentas prestadas o páginas clandestinas. “En una plataforma ilegal puede alcanzar con un usuario y una contraseña”, comparó Sagra.

La diferencia es que en el circuito autorizado existe una empresa identificable y hay obligaciones de registro. En el clandestino, las ofertas llegan mediante mensajes privados, los sitios reaparecen después de los bloqueos y los responsables pueden permanecer ocultos.

Una cuenta por WhatsApp

Los estudiantes habían mencionado que los chicos sabían “cómo pedir las cuentas”. Faltaba comprender quién podía entregárselas. La respuesta apareció en el testimonio de P., un joven que trabajó como “cajero online” y habló con LA GACETA bajo reserva de identidad por temor a sufrir represalias.

P. captaba jugadores, creaba nombres de usuario y contraseñas, recibía transferencias y las convertía en saldo dentro de una plataforma. Dependía de una “cajera general”, pero nunca conoció al propietario del sitio. Según su relato, llegó a administrar más de 200 usuarios.

En la red que describió ante las cámaras de “Panorama Tucumano”, el programa político de LA GACETA, no se pedía DNI ni existía una comprobación formal de la edad. Dijo que algunas voces y fotografías le hacían suponer que trataba con menores. A veces se negaba; otras pedía la autorización de un adulto cuya identidad tampoco podía verificar. Admitió que, cuando necesitaba vender o reunir plata para afrontar un premio, aceptaba solicitudes “sin importar quién fuera”.

Para apostar dentro de ese circuito no hacía falta ingresar con datos propios ni superar un control de identidad. Alcanzaba con contactar a un intermediario, transferir plata y pedir un usuario.

Cuando el problema ya apareció

El Ministerio de Educación reconoció que se documentaron casos de apuestas online dentro de escuelas tucumanas. En diálogo con este diario, la ministra Susana Montaldo los definió como “llamados de atención”. Explicó que se trabaja desde una “pedagogía del cuidado”, con intervención de las familias y los equipos interdisciplinarios.

Los cambios de humor, el aislamiento, las mentiras, la necesidad constante de plata y el abandono de actividades pueden ser señales de que la apuesta dejó de ser ocasional. El psicólogo Alejandro Schujman advirtió que la respuesta no puede recaer en una sola persona: “Cuando un adicto se enferma, sólo se recupera en red”.

En Tucumán, los menores de 18 años tienen prohibido participar en juegos de azar. Los operadores autorizados deben identificarlos y verificar su edad. Sin embargo, la aplicación integral de la Ley 9.828, que creó un programa provincial de prevención y abordaje del juego problemático, continúa pendiente de reglamentación.

La investigación comenzó buscando indagar por qué apuestan los adolescentes. Las respuestas hablaron de plata rápida, pertenencia al grupo, fútbol, publicidad y plataformas disponibles las 24 horas. Pero el recorrido condujo hacia otra pregunta: quién les muestra la puerta, quién elimina los controles, quién recibe la transferencia y quién responde cuando las pérdidas dejan de ser un número dentro del celular.