“Fui equilibrista y payaso, pero siempre quise ser domador. Mis padres no querían que me dedique a esto, porque es algo muy peligroso. Pero cuando tenía 14 años, un domador brasileño que ya era viejo me enseñó todos los trucos que yo heredé en el puesto”, contó el entrenador Gustavo Yovanovich en la nota que se publicó el 10 de febrero de 2005 en LA GACETA sobre el Circo Australiano, que estaba en Tucumán. Él, como el cachorro de tigre que llevaba en sus brazos, había nacido en el circo. Dijo que enseñarles trucos a los animales era arduo. “Por estar cerca de los animales muchas veces me lastimaron. Domar un león no sólo es peligroso, sino también difícil, porque es un animal salvaje y puede llevar dos años hacerlo. Les enseño con pedacitos de carne, como si fuera un premio. Ellos responden bien, son muy inteligentes, mientras que a los monos es más fácil enseñarles porque imitan los movimientos humanos”. El gerente del Circo Australiano, Donato Bevilacqua, añadió que los animales eran parte de la gran familia circense. “Los tratamos con amor porque hasta merecen más atención. Además, creo que un circo sin animales es como un jardín sin flores”.
El entrenador Yovanovich dijo que pertenecía a la quinta generación circense. “Toda mi familia nació y murió acá. Yo no me imagino otra vida que la del circo”, Con él estaban sus tres hijas. Una ya era contorsionista y la más chica, trapecista. “Pero nunca obligaría a mis hijas a que se quedaran, porque creo que la elección es personal” acotó.
Recuerdos fotográficos: dos gemelos malabaristas se graduaron en Tucumán en 2001 y después llegaron al Cirque du SoleilEl gerente Bevilacqua contó que también había nacido en ese mundo de animales y malabaristas y dio el cierre de la nota y el título, que hoy mantenemos: “Vivimos de esto y para esto. Mientras exista un niño, el circo será eterno y nosotros también”.