En el fútbol hay equipos que tienen el libreto muy bien aceitado. Se meten atrás, se encierran cerca de su arquero, defienden con los 11 jugadores, renuncian a la pelota, esperan una contra salvadora, y cuando consiguen ponerse en ventaja empiezan a cuidar el resultado como si fuera una caja fuerte. Todo eso es parte del deporte y no está nada mal. Pero el problema empieza cuando un equipo directamente decide no jugar; y no hace falta ser demasiado observador para darse cuenta cuando eso ocurre.
El arquero agarra la pelota y empieza su ritual antes de hacer un saque de arco. La acomoda, la vuelve a acomodar, mira para un lado, luego para el otro, da algunas indicaciones a la distancia y espera; aunque nadie sabe exactamente qué espera. Cuando finalmente parece que va a sacar, descubre que quizás podría demorarse unos segundos más y el juego sigue detenido.
Después viene el lateral y la pelota nunca está donde debería estar. El jugador la busca, la alcanza, se toma un tiempo para limpiarla, mira a sus compañeros, camina, vuelve sobre sus pasos, le pide autorización al juez, se arrepiente, cambia de destinatario, y recién entonces, si no aparece otra excusa en el camino, la pone en juego otra vez.
Hay una falta y alguien queda tendido en el campo; porque siempre hay alguien que se tira y demora en reincorporarse.
Los cambios merecen un capítulo aparte. Porque durante muchos años vimos al jugador que tenía que salir cruzarse media cancha caminando, y no porque no pudiera correr. Sabía que cada segundo que tardaba en dejar el campo era un segundo menos de partido, y eso era lo que realmente le importaba.
Mientras pasan este tipo de acciones, el hincha mira el reloj y se desespera. Porque una cosa es que el rival te gane y otra cosa muy distinta es que el rival consiga que el partido desaparezca.
Esa es, quizás, una de las mayores frustraciones que puede experimentar alguien que va a un estadio de fútbol. No que su equipo juegue mal o pierda. Ni siquiera que el rival se defienda con todos atrás. Lo desesperante es sentir que uno de los dos decidió que su mejor estrategia consiste en evitar que la pelota ruede.
Durante años, además, el fútbol encontró una forma bastante particular de convivir con esa situación. A todos les molestaba, pero toleraban esa situación.
El arquero hacía tiempo en el minuto 15 y el árbitro le advertía. Volvía a hacerlo en el 28 y el árbitro le hablaba. Otra vez en el segundo tiempo y llegaba una nueva advertencia. Y cuando por fin aparecía la tarjeta amarilla, ya iban 89 minutos.
A esa altura, más que una sanción, parecía una formalidad. Pero sobre todo una pérdida de tiempo cuando el duelo estaba a punto de terminar. Era como si el árbitro necesitaba dejar constancia de que había visto todo, aunque hubiera decidido hacer poco.
Justamente ahí aparece una parte incómoda de esta discusión, porque muchas veces los árbitros terminan acompañando esas estrategias.
No necesariamente porque quieran favorecer a alguien, pero sí porque la tolerancia también puede convertirse en una forma de complicidad. Si un jugador entiende que puede demorar una, dos, tres, cuatro y 10 veces antes de recibir una sanción, el mensaje es bastante claro. Es algo así como un “adelante, hacé tiempo, que después vemos”.
Las medidas que buscan desarticular a los que hacen de las "mañas" un culto
Por eso resultan interesantes las medidas que el fútbol empezó a tomar para intentar recuperar algo que, de a poco, parecía estar perdiendo: el tiempo de juego.
Durante el Mundial se hicieron más visibles algunas decisiones destinadas a evitar las demoras en los cambios. El jugador ya no puede convertir su salida en una caminata interminable. Sale por el lugar más cercano y tiene como máximo 10 segundos para dejar el campo. Se terminaron las mañas. Una regla simple, casi obvia, pero que durante años pareció innecesaria porque todos habíamos naturalizado algo absurdo.
Ahora la International Football Association Board (IFAB) estudia nuevas alternativas para evitar otra de las grandes especialidades del fútbol moderno: las lesiones tácticas. Especialmente, las de los arqueros (cuando el guardameta requiera atención, el DT deberá elegir a un jugador de campo para que permanezca un minuto afuera; y durante ese período, su equipo jugará con un futbolista menos).
Porque el fútbol puede discutir durante horas cómo hacerlo más rápido, más dinámico y más atractivo. Puede cambiar formatos, inventar torneos, modificar calendarios y multiplicar competencias. Pero hay una cuestión bastante elemental: primero tiene que lograr que se juegue.
El hincha no pide que el rival salga a atacar, tampoco exige que juegue lindo. No pretende que renuncie a defender una ventaja porque entiende perfectamente que en el fútbol también se sufre, se aguanta y se resiste.
Lo que no debería tener que aceptar es pagar una entrada, sentarse en una tribuna y pasar buena parte de la tarde viendo cómo un equipo intenta que el partido dure lo menos posible.
Defender un resultado es una estrategia, pero hacer que el fútbol desaparezca, es otra cosa muy diferente.
El fútbol puede ser feo, trabado, defensivo e injusto. Pero hay algo que nunca debería convertirse en su principal virtud: ganar un partido consiguiendo que se juegue cada vez menos.
Al final, quizás de eso se trate esta discusión. Conseguir que cuando vayamos a una cancha haya algo bastante básico para mirar: un partido de fútbol.