Hay emprendimientos que duran menos que sus impuestos. La situación es más habitual de lo que parece. Una persona empieza a vender un producto, abre un pequeño negocio o prueba una actividad paralela a su trabajo habitual. Se inscribe, cumple con los trámites necesarios y comienza a trabajar. Quizás le va bien durante un tiempo, quizás no, hasta que por distintos motivos, decide dejar esa actividad. Deja de vender, cierra el local o simplemente cambia de rumbo y sigue con su vida. El emprendimiento terminó. O, al menos, eso cree. Porque existe una diferencia importante entre dejar de realizar una actividad y dejar de estar inscripto fiscalmente por ella. Y esa diferencia, que en su momento puede parecer apenas un trámite pendiente, muchas veces se descubre bastante tiempo después y de una manera poco agradable. En Tucumán esto ocurre con cierta frecuencia con el Impuesto sobre los Ingresos Brutos. Personas que dejaron una actividad hace meses o incluso años continúan inscriptas porque nunca formalizaron su baja. El negocio ya no existe, no hay ventas ni clientes, pero fiscalmente aquella situación sigue abierta. Las consecuencias no siempre aparecen de inmediato. Mientras la inscripción permanezca activa continúan ciertas obligaciones, como la presentación de declaraciones juradas, y su incumplimiento puede generar multas. Sin embargo, suele haber otro momento bastante más efectivo para advertir el problema: cuando el efecto comienza a sentirse en el bolsillo. Un día ingresa una transferencia a una cuenta bancaria o a una billetera virtual y aparece una retención de Ingresos Brutos. Entonces surge la pregunta inevitable: “¿Por qué me retienen si hace años que no tengo ese negocio?”. La sorpresa puede ser aún mayor cuando el movimiento ni siquiera tiene relación con una actividad comercial. Puede ser un amigo que devuelve dinero, el reparto de los gastos de un asado, un regalo de casamiento o cualquier otro movimiento cotidiano. Se esperaba recibir un importe y se recibe algo menos. En algún registro, aquella actividad que ya había quedado atrás todavía sigue vigente. La explicación, en muchos casos, no está en esa transferencia. Está varios años atrás, en una actividad que terminó en la realidad, pero quedó fiscalmente abierta. También existe otra versión del mismo problema. Tal vez la persona nunca dejó de trabajar, pero su situación cambió. Puede tratarse de un profesional cuya actividad se encuentra exenta por ley, de alguien a quien hoy corresponde una alícuota diferente o, simplemente, de un contribuyente cuya realidad económica ya no tiene demasiado que ver con la que tenía cuando realizó aquella inscripción. La vida cambió, pero su situación fiscal quedó congelada en una fotografía anterior. Esto no implica cuestionar los regímenes de retención ni que el fisco exija el cumplimiento de las obligaciones que corresponden. Los sistemas funcionan sobre la base de la información que tienen registrada y, justamente por eso, mantenerla actualizada también es responsabilidad de cada contribuyente. En el fondo, hay una cuestión bastante más simple: solemos ser mucho más cuidadosos con los trámites cuando iniciamos una actividad que cuando decidimos terminarla. Y en materia impositiva hay una realidad poco atractiva, pero bastante cierta: dejar pasar el tiempo rara vez resuelve un problema administrativo. Lo que en determinado momento podía solucionarse ordenando una situación termina, con los años, convirtiéndose en declaraciones juradas pendientes, multas, retenciones y, muchas veces, bastante más trabajo del que hubiese requerido resolverlo oportunamente. Por eso, quizás no haga falta esperar a la próxima retención para hacerse una pregunta bastante sencilla: ¿mi situación fiscal refleja realmente lo que hago hoy? Estamos acostumbrados a hablar de cómo empezar. Cómo emprender, cómo animarse, cómo transformar una idea en un negocio. Y está bien que así sea. Pero existe una parte bastante menos atractiva de emprender de la que se habla poco: saber terminar. Los negocios cambian. Los proyectos pueden funcionar, fracasar, transformarse o simplemente cumplir un ciclo. Nada de eso es extraño. Lo que sí resulta difícil de justificar es que, años después, una actividad que ya no existe continúe generando consecuencias simplemente porque nunca se formalizó su cierre. Porque algunas etapas pueden terminar solas.

Juan Nicolás Marcotullio

juanmarcotullio@hotmail.com.