Sergio Carrizo propone mirar la figura de Alfred Métraux más allá de su condición de pionero de la antropología y de la etnología en la provincia. Llegado en 1928, cuando la Universidad Nacional de Tucumán apuntaba a cimentar su proyecto con una dimensión universalista y cultural, Métraux desplegó una tarea extraordinaria. En apenas cuatro años creó un centro de investigación -el Instituto de Etnología-, impulsó una biblioteca americanista, organizó expediciones, reunió colecciones arqueológicas y etnográficas, identificó la cultura de La Candelaria y puso en circulación una revista que rápidamente alcanzó reconocimiento internacional.
Profesor de Historia y Especialista en Estudios Culturales, Carrizo está desarrollando una tesis doctoral focalizada en la figura de Métraux. Subraya que detrás del investigador riguroso había un humanista profundamente sensible al sufrimiento de las comunidades indígenas, comprometido con su destino y dispuesto a poner en juego su propia seguridad para auxiliarlas. Su paso por Tucumán también estuvo atravesado por conflictos, aunque dejó una huella que puede rastrearse en el patrimonio, las publicaciones, las instituciones y, sobre todo, en una manera de hacer ciencia basada en el trabajo de campo y en el cruce entre disciplinas.
Carrizo reconstruye esa trayectoria a partir de documentos, cartas y materiales dispersos, y plantea la necesidad de volver sobre una obra que, casi un siglo después, todavía guarda zonas poco exploradas.
- ¿Cuál es el contexto de la llegada de Métraux?
- La UNT, creada en 1914 y nacionalizada en 1921, había sido pensada con tres grandes características: una universidad técnica, una universidad regional y una universidad orientada al conocimiento global. Lo técnico ya estaba dado por la industria azucarera y el Instituto de Farmacia y Bioquímica; el carácter regional también estaba presente. Faltaba esa dimensión universalista y culturalista. Juan B. Terán, con la influencia de Ricardo Rojas, se contacta con Paul Rivet, uno de los grandes maestros de la antropología, la arqueología y la etnología de la época, y le pide que desde Francia envíe a alguien capacitado para desarrollar esa tarea. Europa estaba expulsando en ese momento a jóvenes académicos muy cualificados y Métraux aparece en esa circunstacia.
- ¿Todo se dio naturalmente?
- Métraux tenía una relación previa con la Argentina. Su padre era médico y una figura muy importante de la sanidad mendocina. De hecho, Métraux había vivido en Mendoza desde los seis años, conocía el país y hablaba muy bien castellano. Después terminó sus estudios en París, se doctoró en antropología y trabajó en Brasil con los tupí y sobre las migraciones tupí-guaraníes. Hacia 1927 o 1928 comienzan las tratativas para que venga a Tucumán.
- ¿Con qué proyecto arriba?
- Vino con el entusiasmo de un joven recién doctorado y con la posibilidad de armar una empresa muy prometedora. Le dieron las condiciones para crear un instituto de investigación, generar publicaciones y desarrollar expediciones. Él armó un plan muy detallado, en el Instituto tenemos los documentos de ese proyecto. Una de sus primeras preocupaciones fue crear una biblioteca americanista, porque decía que en Tucumán no había bibliografía suficiente. Así empezó a comprar libros, a organizar las expediciones y a diseñar toda la estructura de investigación. Llegó a Tucumán en diciembre de 1928 y, en menos de cuatro años, hizo cosas que a cualquier investigador o institución establecida le hubieran llevado muchísimo tiempo. Métraux armó un museo, reunió colecciones, identificó y denominó la cultura de La Candelaria, publica en Europa y creó la revista del Instituto de Etnología. La colección de esa revista está completa y yo la digitalicé; actualmente la estoy trabajando en mi tesis doctoral.
- ¿Qué lugar ocupaba el trabajo de campo en esa tarea?
- Era fundamental, algo que caracterizó a Métraux. No se quedaba quieto, hacía un movimiento constante entre Tucumán, Salta, Chaco y Bolivia. Su trabajo consistía en ir a las comunidades, meterse en el Chaco profundo para trabajar con chiriguanos, tupís, guaraníes, nivaclés y otras etnias que en ese momento ni siquiera estaban claramente identificadas. Hay que recordar que las fronteras entre Bolivia, el Chaco y Brasil no estaban claramente delimitadas y era una zona muy frondosa y difícil de recorrer. Hacia 1931 empezó a menguar su empresa por cuestiones de dinero y por el cambio institucional de la universidad.
- ¿Qué distinguía a Métraux de otros antropólogos de su época?
- Además de su capacidad académica y técnica, era una persona extremadamente sentimental. Tenía una relación muy profunda con lo que después algunos van a llamar “la nostalgia del Neolítico”. Es un hombre al que le afecta el dolor ajeno, porque se involucra y se compromete muchísimo. Varios investigadores hemos trabajado la idea de su “etnología de salvataje”, ya que suele mirarse a Métraux desde una faceta racional, académica, técnica; pero era también una persona profundamente sensible.
- ¿Esa sensibilidad modificaba su manera de hacer ciencia?
- Creo que sí. El tema de la subjetividad y la objetividad es muy complejo. Soy antropólogo y considero que en ninguna disciplina, ni siquiera en las artes o en el periodismo, es sencillo separar completamente una cosa de la otra. Métraux transitaba un momento en el que estaban cambiando los modelos. Pudo asimilar la complejidad de lo subjetivo en el trabajo de campo y en el trabajo antropológico, mientras otros seguían aferrados a una tradición en la que el investigador debía ser completamente objetivo. Y su compromiso no era solamente intelectual. Cuando se internaba solo en el Chaco llevaba vacunas para las comunidades. En una ocasión cruzó un río de noche para avisar a una comunidad nivaclé que el Ejército iba a realizar una redada. Métraux fue un humanista profundo.
- ¿Cómo fue su relación con Miguel Lillo?
- Muy mala. Lillo lo detestaba y Métraux también lo odiaba. Hay una carta de Métraux en la que cuenta que Lillo lo había citado a su casa a las dos o tres de la tarde. Métraux llegó con el calor de la siesta tucumana y encontró a Lillo durmiendo. Cuando se levantó, Lillo no le ofreció ni un vaso de agua ni le dijo que se sentara. Y concluye en la carta: “creo que no me soporta”. La verdad es que Lillo no tenía interés por la arqueología. La consideraba una disciplina menor, que consistía en juntar “cacharros”, y llegó a denominarla “culocacharrología”. Para él, la naturaleza era mucho más importante. Sin embargo, hay una situación paradójica. Rodolfo Schreiter, que era entomólogo y arqueólogo y una de las personas más cercanas a Lillo, trabajó muy intensamente con Métraux. Ahí aparece una relación indirecta entre ambos.
- ¿Qué sucedió finalmente con el proyecto de Métraux en Tucumán?
- Hacia 1932 empezó a estar en desacuerdo con la política universitaria y con la falta de presupuesto. Ya no le sostenían las campañas. Lo curioso es que, mientras tanto, la revista del Instituto de Etnología dio un salto internacional, ya que empezaron a leerla en todas partes y a pedir los trabajos. Así Tucumán se convirtió en una referencia etnográfica y etnológica. Bueno, cuando Métraux viajó a trabajar con los grupos de Chipaya, en Carangas (Bolivia), ya se estaba despidiendo de Tucumán. Se sentía incomprendido, sin recursos y sin apoyo. Entonces presentó la renuncia y le escribió a Paul Rivet para preguntarle si podía ofrecerle otro lugar. Rivet le habló de una misión francesa a la Isla de Pascua, donde necesitaban alguien que hablara castellano. Métraux formó parte de esa misión y después, a través de sus contactos en Estados Unidos, terminó incorporándose a la Unesco en la década del 50.
- ¿Volvió alguna vez a Tucumán?
- No. Regresó una o dos veces a la Argentina, pero no a Tucumán. Fue a Mendoza por cuestiones familiares y a Buenos Aires. Era muy cercano al círculo de Victoria Ocampo, de Borges y de otros escritores e intelectuales. Mantenía vínculos muy fuertes y una importante correspondencia con ellos.
- ¿Por qué todavía resulta difícil reconstruir integralmente su trayectoria?
- Porque los estudios sobre Métraux son muy fragmentarios. Es como si agarraran a Métraux en la Unesco, en la Isla de Pascua, en Bolivia o en el Chaco y estudiaran un aspecto particular, pero no hicieran la reconstrucción de toda su trayectoria académica e intelectual. Hay biografías que marcan ese recorrido, pero faltan estudios profundos de lo que fue haciendo en cada momento. Además, los materiales están dispersos. Hay pocas cosas de Métraux en Tucumán: cartas, documentos, parte de su legajo y su plan para el Instituto. La mayor parte de su correspondencia está en París, en los archivos del Museo del Hombre. Muchas veces hay que reconstruir sus ideas leyendo las cartas de Paul Rivet, porque allí aparecen las respuestas y los intercambios que mantenía con Métraux.
- ¿Qué dice esa correspondencia sobre el hombre que había detrás del científico?
- Revela a un hombre sufriente, recordemos qu terminó quitándose la vida en Francia. Se casó tres veces, era muy enamoradizo. Le dolían la miseria humana, la pobreza y la cuestión ética. En una carta cuenta que había llegado a un hotel en el Chaco y descubrió que le faltaban las camisas. Dijo que se las habían robado en Tucumán y hablaba de la “miseria y de la falta de ética” de los tucumanos. Es prácticamente la única referencia negativa que encontré sobre Tucumán, porque lo que le molestaba no era Tucumán en sí, sino la deshonestidad. Eso permite ver un costado más cotidiano y humano, pero también la idea de que su tarea tenía como fin salvar a las comunidades indígenas ayudándolas a sustentarse.
- ¿Cómo era esto?
- En 1932 preparó documentación para incorporarse a la Comisión Honoraria de Indios, que funcionaba en Buenos Aires. Armó un plan para los indígenas del Chaco y no le dieron importancia. Se molestó muchísimo. Afirmaba que había soluciones, como lo que se hacía en Estados Unidos, y se preguntaba cómo podía ser que no doliera que esa gente se estuviera muriendo. En su diario narraba cómo veía a chicos morir en sus brazos por desnutrición y parasitosis. Esa faceta lo atravesó durante toda su vida.
- ¿Cómo definirías, entonces, el legado de Métraux en Tucumán?
- Tras la partida de Métraux el Instituto tuvo continuidad. Va a cumplir 100 años, y no es poco. Está también el legado editorial, acompañado por el legado patrimonial. Cada vez que Métraux regresaba de sus campañas traía plantas, textiles, puntas de flecha, flechas, máscaras. Todo ese material arqueológico y etnográfico pasó a conformar un acervo que hoy es nuestro orgullo internacional. Tenemos entonces el legado editorial, el patrimonial, el arqueológico, el etnográfico y también el de una manera de hacer investigación: el trabajo de campo. Cuando se reabrió el Instituto de Arqueología, en 1985, se retomaron las propuestas de Métraux. Y hace dos años formamos, junto con Marcela Vignoli, el Laboratorio de Antropología, Historia y Etnografía Alfred Métraux, con la idea de retomar las raíces de ese tipo de trabajo de campo y de una concepción en la que se cruzan distintas disciplinas, como historia, antropología, arqueología y etnografía. Métraux dejó muchísimo en muy poco tiempo y eso hay que enfatizarlo. Pero, al mismo tiempo, creo que faltan manos para seguir estudiando todo ese legado.
› El protagonista
Alfred Métraux nació en Lausanne (Suiza), el 5 de noviembre de 1902; y falleció en París, 12 de abril de 1963. Fue antropólogo, etnólogo y referente de los derechos humanos. Tras doctorarse en Francia llegó a Tucumán (1928-1932). Realizó numerosos trabajos de campo a lo largo del continente. En 1941 se sumó al Instituto Smithsoniano (EEUU) y más tarde a la Unesco.
› El investigador
Sergio Carrizo es licenciado y profesor de Historia (UNT, donde ejerce la docencia). Es Especialista en Estudios Culturales, Diplomado en Teorías Antropológicas de América Latina y el Caribe, y Diplomado Superior en Antropología Social y Política (Flacso). Dirige el Laboratorio de Antropología, Historia y Etnografía Alfred Métraux (Facultad de Ciencias Naturales, UNT).