Durante décadas llamamos “lolita” a una adolescente sexualizada, provocadora, capaz de despertar el deseo de hombres mayores. La palabra se desprendió de la novela que le dio origen y terminó construyendo un significado propio, bastante alejado de Dolores Haze, la niña de 12 años que Vladimir Nabokov imaginó en 1955. 

"Lolita" es uno de los grandes clásicos de la literatura estadounidense del siglo XX y, como buena parte de la obra de Nabokov, tiene muchas capas posibles de interpretación. Es una novela sobre la obsesión, pero también sobre la manipulación, el lenguaje, la memoria y la capacidad de las palabras para modificar aquello que creemos estar viendo. Sin embargo, hay una historia que inevitablemente se impone sobre las demás: Humbert Humbert, un hombre adulto, cuenta aquello que pretende presentar como un romance con una niña de 12 años.

Y hay algo especialmente inquietante en la manera en que conocemos esa historia: solamente habla él.

Humbert tiene cientos de páginas para explicar su deseo, justificarlo, embellecerlo y tratar de convencer al lector. Dolores prácticamente no tiene voz. Sabemos de ella, de lo que supuestamente siente, de lo que quiere y hasta de cuánto participa de esa relación a través del relato del hombre que la desea. Él puede decir que lo provocó, que tomó determinadas iniciativas, que hubo deseo entre ambos. Puede construir incluso la imagen de una niña seductora.

De alguna manera, esa versión consiguió escapar de la ficción. “Lolita” terminó convertida en una palabra para nombrar precisamente a esa adolescente precoz y provocadora. La mirada del adulto terminó definiendo a la niña.

Más de setenta años después, otra ficción volvió a poner en circulación una discusión parecida. En "Moria", la serie de Netflix sobre la vida de Moria Casán, aparece una Sofía Gala de 15 años en una relación con un hombre de alrededor de 40. La escena empezó a circular en las redes y rápidamente dejó de discutirse solamente como parte de una serie. La escena generó una enorme cantidad de comentarios en las redes. Muchos se concentraron en cómo podía haberse permitido una relación semejante, dónde estaban los adultos responsables y qué papel había tenido su madre.

Mirar esas historias desde el presente inevitablemente modifica la forma de interpretarlas. Pero concentrar la discusión exclusivamente en quienes permitieron la relación corre el riesgo de volver a desplazar el foco hacia las mujeres: hacia la adolescente y hacia la madre. Y dejar bastante más desdibujado al adulto que decide mantener una relación sentimental o sexual con una menor.

No hace falta ir demasiado lejos para encontrar ejemplos que en su momento fueron narrados de otra manera. Brenda Asnicar tenía 17 años cuando comenzó su relación con Carlos Tevez, que tenía 27. La diferencia de edad era conocida y la relación ocupaba revistas y programas de televisión como cualquier otro romance entre famosos. Años después, al recordar esa etapa, Asnicar lo resumió desde otro lugar: “Era una menor de edad”.

Las edades no cambiaron. Cambió nuestra manera de mirarlas.

Durante mucho tiempo hubo incluso un repertorio de explicaciones para estas relaciones. Se decía que algunas adolescentes eran “muy maduras para su edad”, que preferían hombres mayores, que sabían perfectamente lo que hacían. La supuesta madurez de ellas servía, de alguna manera, para reducir la importancia de la edad de ellos.

Una adolescente de 15 o 17 años puede enamorarse profundamente de un adulto. Puede buscarlo, desearlo y estar convencida de que eligió esa relación. Negarlo también sería quitarle capacidad de decisión. Pero reconocer su deseo no vuelve equivalentes las posiciones. El adulto tiene más experiencia, autonomía y herramientas para comprender las consecuencias de ese vínculo. Puede existir enamoramiento y, al mismo tiempo, existir una profunda desigualdad de poder.

Hasta la legislación argentina muestra que el consentimiento no puede reducirse a una cifra. Por debajo de los 13 años no existe consentimiento sexual válido. Entre los 13 y los 16, el Código Penal contempla además situaciones en las que un adulto se aprovecha de la inmadurez sexual del menor o de una posición de preeminencia. La edad de consentimiento argentina suele aparecer entre las más bajas cuando se comparan legislaciones, pero decir simplemente que “desde los 13 se puede consentir” oculta buena parte de las protecciones que establece la propia ley.

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se amplía la mirada. El matrimonio igualitario, una ampliación de derechos entre adultos capaces de consentir, es legal en 39 países, el matrimonio infantil es legal en 110 países. Mientras tanto, UNICEF sigue advirtiendo que millones de niñas se casan antes de cumplir 18 años y que las diferencias de edad con sus parejas pueden profundizar su dependencia y reducir su autonomía. 

Revisar estas historias desde el presente no necesariamente exige organizar un tribunal sobre las familias que las permitieron décadas atrás. Las normas sociales también construyen aquello que una época considera tolerable, romántico o incluso deseable. Durante años el cine, la televisión, la música y las revistas presentaron al hombre mayor y la adolescente como una fantasía amorosa sin detenerse demasiado en la diferencia de poder.

Tal vez por eso lo más interesante de volver hoy sobre Lolita, sobre la escena de Moria o sobre aquellos romances de famosos no sea descubrir que antes sucedían cosas que ahora nos sorprenden. Sea advertir cuánto puede cambiar una historia cuando dejamos de preguntarnos qué tenía una adolescente para atraer a un hombre adulto y empezamos a mirar por qué tantos adultos encontraron natural sentirse atraídos por ellas.

Lolita fue publicada en 1955. Setenta años después seguimos discutiendo algo que Nabokov había colocado frente al lector desde el principio: cuando un adulto convierte a una niña en objeto de su deseo, puede construir alrededor de eso el relato más seductor del mundo. Puede llamarlo amor, romance o enamoramiento. Pero las palabras no hacen desaparecer la diferencia de poder.