Publicar un libro de poesía ya supone en estos tiempos dominados por la velocidad, por la sobreabundancia de imágenes y por el consumo fugaz de las palabras, un gesto de confianza en la pausa y en la posibilidad del encuentro. Candelaria Rojas Paz decidió llevar ese gesto un paso más allá, ya que acaba de publicar simultáneamente “Besos blancos para cada piedra” y “Después de todo”, libros editados por el sello independiente Invikta. Ambos nacieron de una escritura sostenida durante años, compartida hasta ahora principalmente en lecturas y espectáculos, y que finalmente encuentra su forma en la página.

Aunque dialogan entre sí, cada volumen propone una respiración diferente. Uno se interna en la intemperie, las heridas y aquello que todavía busca cómo ser dicho; el otro mira lo vivido desde la distancia del tiempo, entre el balance, la aceptación y el agradecimiento. En esta entrevista, Rojas Paz reflexiona sobre la decisión de lanzar dos libros a la vez, el valor de la poesía como forma de resistencia frente a la prisa y una escritura que, después de buscar durante años su propia voz, parece haber encontrado una manera más libre, frágil y valiente de habitar las preguntas de la vida.

Dos poemarios de vida de Candelaria Rojas Paz

- ¿Por qué esta decisión de publicar dos libros a la vez?

- Surgió de una necesidad muy íntima: la de reunir, ordenar y compartir una escritura que durante mucho tiempo fue creciendo en mí, y que solo había compartido en espacios de lectura, de espectáculos, de manera oral, desde mis 20 años. Son dos libros que dialogan entre sí, aunque cada uno tiene su propia voz y su propio recorrido. Sentí que ya no quería que esos textos permanecieran solamente en el ámbito de lo personal. Publicarlos es también una manera de ponerlos en circulación, de abrirlos al encuentro con otros y permitir que cada lector pueda encontrar allí algo propio.

- Elegiste un momento especial para hacerlo...

- Sí, vivimos una época de mucha velocidad, de imágenes y palabras que circulan permanentemente, pero donde muchas veces falta detenerse, escuchar y mirar con profundidad. Para mí, publicar estos libros es un pequeño acto de resistencia frente a esa velocidad. Es reivindicar la palabra, la memoria, la sensibilidad y la posibilidad de emocionarnos. Creo que los libros siguen siendo espacios de encuentro. Y hoy, más que nunca, necesitamos construir esos espacios: lugares donde podamos preguntarnos quiénes somos, qué recordamos, qué nos duele, qué soñamos y qué queremos dejar como huella.

- ¿Cómo se concretó esta iniciativa?

- Siento que publicar estos dos libros no es solamente cerrar un proceso personal. Es abrir una conversación con los demás. Y, en definitiva, eso es lo que más deseo de la literatura: que una palabra escrita desde un lugar profundamente propio pueda, de algún modo, convertirse en una palabra compartida, y hacerlo en una editorial independiente como es Invikta, con la calidad de su equipo y la dirección de Nacho Jurao, implica posicionarnos frente a las pequeñas revoluciones y a las grandes convicciones, tan necesarias en este tiempo. La poesía, como dijo claramente Rita Segato en su charla estando en Tucumán, durante el “Encuentro Nacional Poetas de la Zafra”, es el camino para reconstruir revolucionariamente la forma de comunicarnos y poner en acción los códigos más profundos de lo humano.

Candelaria Rojas Paz: “la poesía es la revolución misma del hombre, que viene vestida de metáfora”

- ¿En qué se parecen y en qué se diferencian “Besos blancos para cada piedra” y “Después de todo”?

- Creo que se parecen en algo esencial: ambos nacen de la necesidad de mirar aquello que, a veces, pasa inadvertido. Una piedra, un paisaje, una ausencia, un cuerpo, una memoria. La poesía aparece cuando algo de eso nos toca y ya no podemos seguir de largo. Pero son libros que llegan desde lugares diferentes. “Besos blancos para cada piedra” tiene, para mí, una relación más intensa con la intemperie, con aquello que duele y que todavía está buscando una forma de decirse. “Después de todo”, en cambio, tiene otra respiración. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque aprendí a mirarlo desde otro lugar. Hay algo de balance, de aceptación, incluso de gratitud. Si tuviera que decirlo de una manera sencilla, diría que uno mira las heridas y el otro mira también lo que creció alrededor de ellas.

- Hay alusiones a paisajes, estaciones, frutos, bichos, viajes... ¿Qué representan para vos?

- No son decorado. Nunca lo fueron. El paisaje, para mí, también tiene memoria. Una estación puede ser un estado del alma, un fruto puede contener una infancia, un animal puede aparecer como una forma de revelación. Los viajes, incluso cuando no implican grandes distancias, tienen que ver con ese desplazamiento interior que hacemos cuando algo nos cambia. Me gusta pensar que la naturaleza sabe cosas que nosotros todavía no sabemos nombrar. Por eso aparecen tanto los árboles, los frutos, los bichos, la tierra, el clima. Son una manera de conversar con lo que está vivo y también con lo que ya no está. A veces escribo sobre una piedra y en realidad estoy hablando de una persona. O hablo de un paisaje y estoy hablando de mí.

- Varios de los poemas de “Después de todo” están dedicados. ¿Sentís que es uno de esos momentos de la vida en los que se imponen los agradecimientos?

- Sí. Y quizás el agradecimiento aparece cuando una empieza a comprender que nadie llega sola hasta ningún lugar. Hay personas que nos dejan una palabra, una herida, una enseñanza, una casa, una pregunta. Algunas permanecen y otras se van, pero de alguna manera siguen formando parte de lo que somos. Las dedicatorias de “Después de todo” son también una forma de decir: “esto que escribo no me pertenece del todo”. Hay una multitud de presencias detrás de cada libro. Personas que amé, personas que me acompañaron, personas que me enseñaron incluso desde la distancia. Después de todo, agradecer también es una manera de reconocer nuestras raíces.

- ¿En qué momento de tu proyecto literario llegan estos libros? ¿Cómo definirías a tu voz poética de hoy?

- Llegan en un momento en el que ya no siento que tenga que demostrarle nada a la poesía. Eso, para mí, es una libertad enorme. Durante mucho tiempo una escribe buscando una voz. Ahora siento que la voz aparece cuando una deja de perseguirla. Mi poesía de hoy está más atenta a lo pequeño, a lo que permanece debajo de las palabras. No necesito que todo sea explicado. Me interesa más sugerir, abrir una puerta, dejar una imagen latiendo. Creo que mi voz poética se volvió más consciente de la fragilidad y, al mismo tiempo, más valiente. Hay una mujer que mira hacia atrás, pero no para quedarse allí. Mira para entender qué hizo con todo aquello que le tocó vivir. Quizás por eso “Después de todo” tiene algo de conversación con la propia vida: no desde las certezas, sino desde las preguntas que aprendimos a habitar.

- ¿Por qué es impensable una vida sin poesía?

- Porque la poesía no es solamente escribir poemas. La poesía es una manera de estar en el mundo. Es detenerse cuando todos pasan rápido. Es mirar una sombra sobre una pared y preguntarse de dónde viene. Es encontrar belleza donde aparentemente no la hay. Es poder nombrar aquello que nos sucede cuando todavía no sabemos explicarlo. Una vida sin poesía sería, para mí, una vida con menos capacidad de asombro. Y no hablo solamente de la poesía escrita. Está en una conversación, en una canción, en alguien que nos espera, en una mesa compartida, en una calle después de la lluvia. Está en esos pequeños milagros que dejamos de mirar porque tenemos demasiada prisa. Quizás por eso sigo escribiendo: para no acostumbrarme del todo a estar viva.