Las reformas electorales se promueven para beneficiar y tranquilizar a unos políticos y para perjudicar e incomodar a otros muchos. Excusas para impulsarlas siempre hay, ya sean ideológicas o económicas. Nada es inocente en las propuestas, ingenuos no hay; sí hay necesidades políticas. La iniciativa del Gobierno nacional para introducir cambios en las reglas electorales del año próximo no escapa a esta realidad. Hay intereses en juego detrás de la eliminación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) más allá de las justificaciones económicas, y si bien se pueden hacer rápidas lecturas sobre las razones y sus implicancias, también se pueden exponer curiosidades que resultan de analizar el texto de la iniciativa general de la Casa Rosada. Como, por ejemplo, señalar que Javier Milei no desea competir en una interna abierta con nadie y que le rehúye al debate cara a cara con los adversarios presidenciales, como ya veremos.

Sin primarias, Milei se garantiza ir por le reelección sin competencia interna e imponer su voluntad y caprichos electorales en cada distrito provincial; pero, además, complicaría a un peronismo disperso que sobrevive en tribus territoriales, ya que lo privaría de una herramienta electoral que siempre le sirvió para ordenar su interna. Se entiende así que el justicialismo rechace hoy la eliminación de las PASO, creadas durante la primera gestión de Cristina Fernández. En esa trampa no quieren caer en un PJ hoy debilitado por sus propias divisiones y por proyectos personales enfrentados.

El color violeta

El hecho de eliminar las PASO le facilita al Presidente ir solo a la contienda electoral definitiva a través de La Libertad Avanza, como único dueño de la franquicia. Es decir, puede salir en solitario por su partido -como lo hizo en las PASO de 2023-, sin tener que soportar una contienda con socios en una eventual coalición. Sólo le interesa un color preponderante, el violeta. Así impondría su candidatura; o la de su hermana, Karina Milei, de última, emulando la acción de 2007 de otra dupla política fuerte en la escena nacional: Néstor Kirchner-Cristina Fernández.

Milei evitaría que el PRO u otros partidos aliados presenten candidatos que le disputen la postulación presidencial -¿se atreverían la hoy díscola Patricia Bullrich o el distante Mauricio Macri?- en esa probable coalición oficialista. ¿Amarillos y ex amarillos contra violetas? Otra para la pochoclera. Sin embargo, la propuesta de eliminación de las PASO diluye esa alternativa, situación que de concretarse pondría en aprietos políticos al PRO de Macri, pues debería resolver qué postura adoptar en la encrucijada: decidir si enfrenta por fuera al jefe de Estado o si se convierte en furgón de cola del mileísmo, sin imponer ninguna condición. La estrategia del libertario obliga a sus posibles socios o simpatizantes a sumársele y a acatar sus condiciones. Sin embargo, los eventuales aliados deberían preocuparse seriamente por si optan acompañar la reforma porque corren el riesgo de quedar fuera de la lista de la LLA si aparecen con exigencias que no les simpaticen al Presidente. Si ayudan a voltear las PASO, sí que darán un gran salto de fe, pues deberán rezar y esperar que el libertario no los traicione luego, dejándolos afuera.

La eliminación de las PASO es justificada por Milei a partir de su concepción anarcocapitalista -detesta al Estado- y de su pragmatismo economicista del “no hay plata”. En ese marco, como lo sostiene, correspondería que el Estado no subsidie las campañas proselitistas de los partidos políticos ni que pague elecciones para que la gente exprese su opinión en las urnas, pues sería un gasto innecesario. Apuesta a la inversión privada para un mercado electoral. Sin embargo, al sistema democrático le hacen bien las votaciones, lo revitalizan; una elección para conocer la opinión del soberano no debería ser un gasto sino una inversión, una apuesta al fortalecimiento de la vida en democracia; como lo son las inversiones en salud y en educación. Se suele decir seamos democráticos, ¡qué se vote! Pero no, para la gestión nacional hay que mantener el equilibrio fiscal, a como dé lugar.

Sin rockstar vs “zurdo”

Vaya otra curiosidad; de aprobarse la iniciativa reformista, por ejemplo, el Presidente evitaría un eventual debate final presidencial con Axel Kicillof, si es que el bonaerense resulta electo candidato presidencial por el peronismo. ¿Él no quiere enfrentarse o lo desaconseja su entorno? Tal vez prefiera mantener la disputa personal a nivel de las redes sociales, donde se siente cómodo para decir lo que quiere, sin límites para descalificar, antes que tener que someterse a un reglamento para el debate presidencial.  

De caer el debate público, el mandatario nacional se perdería la ocasión de enrostrarle todos los epítetos e insultos que le dirige al mandatario de Buenos Aires cada vez que se sube a un atril, o bien de discutir sobre sus diferentes concepciones políticas, ideológicas y económicas. ¿Por qué no querría que esa instancia democrática se produzca? ¿Acaso no se anima a que le digan nuevamente “gatito mimoso” o que lo presionen “por sí o por no”? O simplemente le huye a ese debate y a Kicillof en particular. Si fuera así habría que concluir que él, como “proyanqui”, le tiene miedo al “enano soviético”, como despectivamente califica al peronista. Si no, no se entiende el porqué de este proyecto reformista en particular, cuando el debate presidencial en Estados Unidos -país que desvive al mandatario nacional- es vital para su democracia. En esa circunstancia, allá por 1960, el demócrata John Kennedy destruyó al republicano Richard Nixon.

Hasta resulta paradójico lo de Milei, porque expone y encumbra a Kicillof como su principal rival político -un error estratégico que cometieron sus antecesores-, pero le escapa a un eventual debate político, cara a cara, que, de buenas a primeras, haría explotar el rating televisivo. No habría, entonces, pochoclos para la pelea política del siglo -como se la podría vender- entre el “rockstar” y el “zurdo economista”.

¿De dónde se desprende esta observación? Repuesta: del propio texto oficialista enviado al Congreso; allí, escuetamente, y perdido entre las decenas de párrafos, se menciona: “Artículo 30: sustitúyase el Capítulo IV bis del Código Electoral nacional, ley 19.945 y sus modificaciones por el siguiente: Capítulo IV bis, de la campaña electoral. Artículo 64 bis: la campaña electoral es el conjunto de actividades desarrolladas por las agrupaciones políticas, sus candidatos o terceros, mediante actos de movilizaciones, difusión, publicidad, consulta de opinión y comunicación, presentación de planes y proyectos, debates a los fines de captar la voluntad política del electorado, las que se deberán desarrollar en un clima de tolerancia democrática. Las actividades académicas, las conferencias y la realización de simposios no serán consideradas como partes integrantes de la campaña electoral”.

Sin debates

Tácitamente, sin mencionarlos, se eliminan de cuajo los debates presidenciales obligatorios que se dispusieron explícitamente a través de la ley nacional 27.337, en noviembre de 2016. No hay ni una referencia a la eliminación en la propuesta, como si hubiera sido hecho a propósito para no quedar tan en evidencia. Los hicieron desaparecer sin mencionarlos; fueron desterrados como obligación electoral y parte del sano ejercicio democrático. Léase como se quiera, cautela, prudencia o miedo al debate; pero, además, que Milei en el proyecto pida “tolerancia democrática” es cuanto menos llamativo.

Puede que las PASO caigan o no -hasta ahora no hay números seguros en el Congreso para avanzar en esa línea- y que no prospere la eliminación de los debates entre candidatos presidenciales. Si esto último no cae, a esperar el posible mano a mano entre dos políticos de diferentes miradas económicas que se detestan. Claro, para los comicios aún falta bastante; mucho puede pasar, como que algunos candidatos conocidos se borren y que otros nuevos aparezcan.