Por Raúl Courel para LA GACETA

Victoria Shi, que fue puesta en 2024 en la función de portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania, no es una persona sino una mujer virtual construida y operada con inteligencia artificial. De manera muy amable y empática, ella explica eso y promete la más precisa y completa información sobre todo lo que pasa, es decir: sobre todo lo que su ministerio informa.

Se lee en un comentario que en el futuro no será necesario depender de seres humanos para estar al tanto de todo lo que interesa saber. Esto es falso; la tal portavoz, por más precisa que sea en todo lo que informe, deja velado que sólo hace y dice lo que programan sujetos tan humanos y limitados como quienes la ven y escuchan; los reales agentes del hacer y deshacer de la vocera de marras, y responsables de sus consecuencias, son seres humanos de carne y hueso.

Imitando a la inteligencia artificial

La cultura contemporánea global está dominada por el ideal de procesar y resolver todo problema mediante cálculos hechos con la mayor precisión, rapidez y eficacia, sin errores ni ambigüedades. Se aplica también al éxito personal, que requeriría trabajar con la eficacia y productividad de las máquinas informatizadas respondiendo al ideal de que la propia vida sea programada como ellas. Ya en 1960 Lacan adecuaba a esta época el imperativo moral kantiano reformulándolo así: “actúa de tal suerte que tu acción siempre pueda ser programada”.

El propósito de programarnos como si fuéramos robots no está a la vista, sí el de lograr que la inteligencia artificial no sólo funcione como la humana, sino que la supere. Ingentes esfuerzos y dineros se destinan con pasión a construir máquinas que trabajen y produzcan con la mayor eficiencia en actividades hasta ahora reservadas sólo a seres humanos. La aspiración encubierta, sin embargo, es la inversa: que la inteligencia del hombre funcione como la artificial: precisa, manejando cantidades grandes de información sin errores ni equivocaciones, veloz al extremo. En el fondo está la idea de que lo inteligente es lograr una clara correspondencia entre los pensamientos y sus objetos, sin distorsiones ni metáforas. La idea es similar a la del paranoico, que éste sostiene con la certeza de que aquello que piensa coincide plenamente, sin diferencia alguna, con la realidad de las cosas, sin metáforas. Si así fuera el lenguaje humano no sería más que un sistema para transmitir datos sin alteración alguna, de modo que no serviría para crear sentidos nuevos, como es el caso.

Lo nuevo de una creación, en efecto, resulta de una operación metafórica, de lenguaje, que permite producir significaciones que no existían. Cabe notar que la inteligencia artificial también puede producir metáforas, puede crear arte y poesía con elementos de un universo de signos casi ilimitado. No es el caso de la inteligencia humana, cuyas creaciones se realizan con recursos simbólicos acotados, provistos por la historia singular de cada sujeto, su dasein, en términos de Heidegger. Esta limitación no es una insuficiencia, por el contrario, es condición sine qua non de la eficacia de nuestras creaciones en lo que respecta a su relación con nuestro cuerpo, vivo y hablante, bien dicho “nuestro”, gracias a la cual podemos distinguir entre sentirnos bien y sentirnos mal.

Las máquinas no gozan

La construcción de androides capaces de simular emociones choca, en efecto, contra un obstáculo fundamental: la ausencia de la experiencia del cuerpo humano, cuya variedad abarca una amplia gama de intensidades entre el placer y el displacer o, en otros términos, entre goce y falta de goce. Esta realidad inherente al humano sólo puede entrar en los algoritmos de la inteligencia artificial como datos, su realidad de goce queda excluida de partida, de manera que ésta no incide sobre los procesos informáticos en tanto tales. Se ve aquí la clara diferencia entre inteligencia humana e inteligencia artificial.

La IA trabaja livianamente, computa con la mayor rapidez inmensidad de datos y deriva de ellos todas las conclusiones lógicas posibles. No sucede lo mismo con la inteligencia humana: el equívoco, la vacilación y la duda, el gusto y el disgusto, el sentimiento de certeza y también la incertidumbre, el acuerdo y el desacuerdo con otras personas, la pasión por la verdad y también por la mentira, la exigencia de rigor y el rechazo al rigor, el deseo de contradecir y el de no contradecir, la satisfacción de razonar y la satisfacción de no razonar, participan e intervienen inevitablemente en el funcionamiento de la inteligencia humana, para bien y para mal. La IA no goza, no desea y no siente emoción alguna, pero todo lo que sale de ella responde a las maneras de gozar y de desear de sus dueños y de quienes la diseñan, programan y utilizan. Ella calcula, compara, infiere y planifica con extraordinaria eficacia, pero es ajena a las pasiones y conflictos que atraviesan a sus agentes, sus únicos responsables.

La IA ha calado muy extensa y hondamente en el funcionamiento de las sociedades contemporáneas con una velocidad inaudita, hecho que impide considerarla simplemente como un desarrollo tecnológico más. El psicoanálisis ve en ella un síntoma de la subjetividad de esta época, en la que reconoce una marcada pérdida de centralidad de la palabra y una mayor desatención a lo inconsciente, que acompañan al predominio de la racionalidad técnico-científica. Con esta perspectiva, antes de indagar acerca de qué y cuánto puede producir la IA, conviene preguntarse qué de la propia existencia como seres humanos esperamos satisfacer con ella.

IA y democracia

Peter Thiel, lo tenga o no presente, sigue el ideal de que un cálculo informático preciso y completo es capaz de producir previsiones perfectas. Ha hecho de ello una concepción política, filosófica, histórica y antropológica que sostiene que la humanidad está entrando en una etapa en la que sólo organizaciones no condicionadas por acuerdos democráticos decidirán, con absoluta libertad, todos los desarrollos tecnológicos que la creatividad humana sea capaz de pergeñar. Espera que, de este modo, la humanidad se supere a sí misma, eliminando de raíz el cúmulo de dificultades, conflictos y embrollos que se producen en nuestras sociedades, todavía demasiado humanas. Propone un transhumanismo basado en una amalgama, finalmente física, entre los frágiles cuerpos humanos y máquinas androides que revolucionará para mejor la realización de cualquier trabajo. Mediante las adecuadas interfases, la voluntad consciente dispondrá de medios que satisfarán la ambición de actuar sobre la naturaleza de maneras hoy inimaginables, vaya uno a saber hasta qué confines.

El desarrollo de plataformas de inteligencia artificial aplicadas a sistemas de vigilancia y a operaciones militares, que Thiel lidera, provee herramientas de control social masivo que maximizan el alcance de las decisiones políticas, limitando cada vez más el papel de la intervención humana en situaciones puntuales que involucran, cada una, consideraciones éticas únicas, no generalizables. Estos portentos informáticos están a nuestro alcance, piensa Thiel, a condición de que las ignorancias, equivocidades y vacilaciones de nuestra limitada inteligencia, según decíamos, se supediten a las conclusiones que se derivan de los extensísimos y a la vez estrictísimos cómputos de la IA. Para semejante propósito, cree que es preciso liberar la voluntad creadora del mar de restricciones que las sociedades y los sistemas jurídicos han establecido, alimentados por ideales que llamamos democráticos.

Una posición menos antidemocrática que la representada por Peter Thiel es la del catedrático español Daniel Innerarity. Sus reflexiones parten del reconocimiento de que las democracias contemporáneas atraviesan una profunda crisis de representación y considera que están técnicamente incapacitadas para afrontar problemas cuya complejidad supera los procedimientos tradicionales de decisión política. 

La inteligencia artificial, piensa, puede contribuir a mejorar las deliberaciones democráticas: el crecimiento exponencial de la información compartida permitirá reducir drásticamente la distancia entre representantes y representados. Innerarity realmente cree que las tecnologías de procesamiento y análisis de la información pueden hacer que las instituciones democráticas funcionen con eficacia. No tiene en cuenta, sin embargo, todo aquello que no depende de la extensión ni del rigor del cálculo sino de estructuras afirmadas en la sociedad de las que los ciudadanos no quieren saber y, no menos importante, de las aspiraciones singulares de los sujetos puntuales, cuya suma nunca configura un conjunto coherente. 

En lo medular del lazo entre líderes y liderados y entre gobernantes y gobernados, más allá de coincidencias expresas de objetivos, razones e intereses, intervienen fantasías, deseos, identificaciones, satisfacciones, rechazos e ideales inconscientes, que los hay, que ninguna tecnología puede relevar ni, a fortiori, computar.

Innerarity y Thiel se complementan, ambos comparten la fascinación por las certezas que ofrecen los artificios informáticos y desconsideran las incertezas de las conflictivas dialécticas humanas, pero mientras el primero ve en la IA la posibilidad de compartir el poder distribuyendo información que enriquecería el debate democrático, el segundo, no haciéndolo, propone concentrarlo en unos pocos. Eso sí, ambos participan de la cándida ilusión de que la inteligencia artificial les permitirá entender de verdad, más allá de lo que pretenden, qué quieren realmente. Esto debido a que están sujetos a lo inconsciente, tanto como cualquiera.

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Raúl Courel - Psicoanalista tucumano, psicólogo egresado de la UNT, ex decano de la Facultad de Psicología de la UBA. Es autor de El Psicoanálisis en el impasse de la civilización occidental.