Por Presbítero Marcelo Barrionuevo

Vivir la fe en tiempos de prueba es, en el fondo, aprender a permanecer cuando no comprendemos. Precisamente por eso la mujer cananea del Evangelio es tan actual: no abandona a Jesús cuando la respuesta no llega inmediatamente.

1: La prueba no significa ausencia de Dios

Una de las primeras tentaciones ante el sufrimiento es pensar: “Dios me ha abandonado”. Pero la fe cristiana nos enseña algo distinto: Dios puede estar presente incluso cuando no lo sentimos.

El silencio de Dios no equivale a la ausencia de Dios. La cruz de Cristo es la revelación definitiva: el Padre no abandona al Hijo ni siquiera cuando aparentemente todo parece perdido.

En la prueba, la pregunta cristiana no es solamente “¿Por qué Dios permite esto?”, sino también “¿Dónde está Dios conmigo dentro de lo que estoy viviendo?”.

2: La fe se vuelve más pura

Cuando todo va bien, podemos confundir fe con bienestar. La prueba purifica esa fe. Es fácil decir “creo en Dios” cuando las cosas salen como esperamos. La fe madura aparece cuando podemos decir: “Señor, no entiendo lo que está sucediendo, pero sigo confiando en Tí”.

Esta es quizás la forma más profunda de la fe. La mujer cananea no tiene garantías. Tiene solamente una certeza: Jesús puede salvarla.

3: En la prueba hay que aprender a permanecer

La cultura contemporánea nos enseña rápidamente a escapar de aquello que incomoda. La fe, en cambio, enseña a permanecer.

Permanecer en la oración. Permanecer en la Iglesia. Permanecer junto a las personas que amamos. Permanecer fieles a nuestros principios. Permanecer junto a Jesús aunque no haya respuestas inmediatas.

Aquí aparece una palabra fundamental: perseverancia. San Pablo dice: “La tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; y la virtud probada, esperanza” (Rom 5,3-4). La prueba puede convertirse, entonces, en un lugar de crecimiento espiritual.

4. La prueba puede convertirse en fecundidad

Este es quizás el punto más profundo. No siempre podemos elegir la prueba que nos toca. Pero podemos elegir qué hacemos con ella. Podemos convertirla en amargura o en entrega. En aislamiento o en comunión. En desesperanza o en esperanza. En pregunta contra Dios o en búsqueda más profunda de Dios. El cristiano no busca el sufrimiento. Pero cuando el sufrimiento aparece, descubre que puede unirlo a Cristo crucificado y ofrecerlo por amor. Así la cruz deja de ser solamente algo que padezco y puede convertirse en algo que ofrezco.

Una frase para transmitir

Podrías plantearlo en una homilía o retiro de esta manera: “La fe en tiempos de prueba no consiste en entenderlo todo; consiste en seguir confiando en Alguien. No consiste en no llorar; consiste en llorar sin soltar la mano de Jesús. No consiste en tener todas las respuestas; consiste en saber a quién acudir cuando las respuestas no llegan”. Y la mujer cananea nos deja una última enseñanza extraordinaria: La prueba no fue el lugar donde perdió la fe. Fue precisamente el lugar donde Jesús pudo revelar la grandeza de su fe.

Por eso, ante nuestras propias pruebas, quizá la oración más sencilla sea: “Señor, aumenta mi fe. Cuando no comprenda, que confíe. Cuando tenga miedo, que permanezca. Cuando me sienta solo, que recuerde que Tú estás conmigo. Y cuando no pueda caminar, llévame Tú”.